martes, 14 de junio de 2011

Pienso, no mucho, pero pienso...


1. Lo obvio. El pensamiento se hace con palabras. ¿Es posible pensar sin hablarnos en silencio a nosotros mismos? Por supuesto que no. Todo pensamiento es un diálogo de Pedro con Pedro, de Juan con Juan, de María con María. Una de las formas que conoce la literatura.

2. Todos formamos parte de innumerables colectivos. En mi caso, del colectivo docente, del colectivo de la cooperativa de viviendas, del colectivo de los hinchas de Peñarol, del de los que toman medicamentos todos los días, del de los que toman medicamentos para la gastritis, del de los que compran en determinado almacén… Cada colectivo al que pertenezcamos se comerá un pedacito de nuestra individualidad.

3. El Campeonato Metropolitano de Básquetbol debe ser una de las experiencias más rudas del deporte universal. Las “canchas” en realidad son gimnasios. Un metro separa la línea de la “cancha” de la dura pared del gimnasio, de suerte que si el jugador no controla sus movimientos, terminará escrachado contra esta última. Si se salva de eso, deberá cuidarse de la marca acérrima y bruta de los integrantes del equipo contrario, cuando no del propio equipo, o de los mismos jueces, que pasan pechando.

4. Hace poco soñé que venía un tsunami. El agua de la gran ola era marrón y venía a una velocidad nunca vista. Entró por la ventana y entonces recordé que en el dormitorio, en la cama, estaba mi hija. El agua lo inundaba todo, pero el nivel no subía más allá del colchón y de alguna manera yo tenía la certeza de que mi hija no corría peligro. En cambio, me miraba sonriente, fascinada.

5. ¿No les da la sensación de que el tema de la edad de imputabilidad está mal discutido? Insisto: uno es de determinada forma un día y, al otro, sólo por cumplir un año (ya sea 18 o 16), ¿es distinto? No, no, no. Entonces el asunto se discute mal. La edad no es la clave sino el grado de racionalidad que queda de manifiesto en el crimen. Me remito a Dante, que se remitía a Aristóteles.

6. Pensando en este tema de los 18 me acordé de un conocido mío que se pasaba amenazando a otro. Cuando cumplas 18, ese mismo día, te doy una paliza para que aprendas a respetar, para que no seas tan tarado, guacho estúpido. Cada tanto los veo por la calle y me pregunto si la amenaza se habrá concretado. Ambos parecen estar bien, por ahora.

7. Tengo un partido político que me identifica. Me molesta mucho cuando coincido con opiniones de gente de los otros partidos políticos… lo que muy a mi pesar ocurre bastante seguido… ¡Diablos!

8. Jueves de noche. Acá estamos, respirando territorio chileno que ha volado por los aires y nos llega en forma de ceniza. Pronto llevaremos a Chile en nuestra sangre.

jueves, 17 de marzo de 2011

DIÁLOGOS CONMIGO MISMO SOBRE EL MUNDO


Japón: el problema comenzó con un fenómeno natural e impredecible, pero ahora el riesgo cierto es el de una catástrofe nuclear, y eso sólo ha podido ser porque el hombre ha hecho cosas que, a todas luces, no ha debido hacer. ¿A quién se le ocurre poner semejantes reactores nucleares en un lugar con tamañas afecciones naturales? Era sólo cuestión de tiempo para que pasara algo así. Sólo había que esperar que el terremoto fuera de la intensidad adecuada, o que el tsunami se decidiera a llegar, y si no hubiese sido un huracán o lo que fuere. Incluso el hombre, la guerra, los atentados. Si alguna potencia nuclear entrara en guerra con otra potencia nuclear, ¿qué cree usted, amigo Peña, que bombardearía primero? No se necesita ser Napoleón para dar esa respuesta: lo primero serían los reactores. Usted me dirá, claro, que ahora no hay mucha perspectiva de otra guerra de proporciones tan grandes como las de 1914 o 1939. Yo le respondería, querido amigo, que eso también es cuestión de tiempo.

Hay amargura y desazón en sus palabras, Peña. Hay desesperanza y desilusión…

Y me lo dice a mí… Ahora mismo tengo el corazón en la mano… mire esos dos hijos a los que intento criar para que vayan a ese mundo del que tengo tan pocas esperanzas… Siento mucho dolor. Porque los reactores nucleares que producen energía lo hacen para que haya más industria, más comercio, más consumo, más cosas, más…, más…, más… Al hombre le parece que todo es poco. Esa tragedia, esos muertos, esos hombres ingenieros que están en el reactor tratando de apagar las fugas… todo eso es producto de la misma lógica de siempre: no soy porque soy, soy porque consumo, soy porque tengo, soy porque me compro eso, porque alguien me ha hecho creer que necesito andar en un auto cada vez más rápido, tener una casa hipertecnologizada, vivir más de cien años, veranear en vaya a saber qué lujosa isla creada de la nada. Uf… Me han hecho creer que necesito reactores que algún día van a explotar y van a envenenar todas y cada una de las miserables cosas que he de comprarme de aquí en más.

Me parece que le va a costar salir hoy de este ánimo tan fúnebre.

¿Y qué quiere que haga, Peña? ¿El mundo se viene abajo y usted quiere que salga a tirar cohetes? Mire a mi hija dormidita en el coche… mire a mi hijo mirando sus dibujitos favoritos de dinosaurios… ¿qué quiere que haga, amigo?

domingo, 9 de enero de 2011

LITERATURA Y OTRAS COSAS DE LA VIDA


Literatura, erial, vergel, Arvelo Torrealba, Voltaire, Mauron, Morin, cooperativa de viviendas, mito sucinto y víboras.

Vivir en una cooperativa de viviendas tiene sus cosas hermosas y sus cuestiones de compromiso. Dentro de estas últimas se encuentra el hecho de que cada mes debemos realizar dos horas de trabajos de variada especie para el bien común. Eso implicó que entre las 11:15 y las 13:15 de este sábado 8 de enero quien suscribe, azada en mano, se viera enfrentado a varias vicisitudes tanto externas como internas.
La primera de estas vicisitudes fue la soledad. Mis compañeros de cuadrilla ya habían hecho su trabajo en el correr de la semana y disfrutaban ahora del descanso, los más afortunados en el este del país. Pero la soledad es un estado del que no rehuyo. Más bien que lo busco. Claro que es mejor trabajar en equipo, pero bien…
Mientras limpiaba pajonales, pastizales, chilcas y cardos de la linda de la cooperativa, en la que esta tarea era menester pues pronto acudirán alambradores a colocar el tejido encolumnado que nos separará del campo, me puse a pensar justamente en eso: que nuestra cooperativa da al campo, que no hay nada más allá que no sean vacas y potreros. Como en estos días, además, he revisitado mi relación con el campo, se me ocurrieron varias asociaciones totalmente arbitrarias que aquí dejo plasmadas, por no decir plantadas.

I. El francés Charles Mauron, teórico de la psicocrítica, plantea la pertinencia del estudio literario de determinada obra u autor a través de lo que él denomina su mito sucinto. Este mito sucinto estaría formado por una serie de imágenes, ideas, formulaciones, conceptos, etc., recurrentes (circularmente recurrentes, podría decirse) en la obra en cuestión. Para explicarlo no se me ocurre mejor imagen que aquella otra propuesta por el filósofo (también francés) Edgar Morin, del bucle recursivo, aunque sería una especie de bucle recursivo inconsciente en el que cabría todo lo enumerado antes en relación al mito sucinto.
Esto del mito sucinto y mi trabajo con la azada chocaron en una constatación: la importancia que tiene para mí el ambiente de campo, las faenas manuales, lo poco o mucho que pueda haber aprendido en ese contexto. Y esto no tiene más remedio que reflejarse en mi propia y muy escueta obra de la siguiente manera: en Eldor, por ejemplo, la mayoría de sus cuatro o cinco relatos rescatables se desarrolla en el medio de bosques, arroyos y colinas. En La noche que no se repite hay un intento de robo a una estancia en la zona de Raigón. En Ya nadie vive en ciertos lugares toda la acción se desarrolla en una población de carácter rural. “Monturas”, el cuento aparecido el año pasado en el Cultural, es un cuento de ambiente campero, de tropas y ranchos. Hete aquí mi humildísimo mito sucinto.

II. En eso algo negro y rápido pasa entre mis piernas y se pierde en los pastizales de al lado del alambrado del vecino, un hombre que ordeña a mano y después reparte leche en un carro, a la vieja usanza. El miedo al ataque de algún bicho me volvió a la realidad. Se podrán imaginar que aquello podría haber sido cualquier cosa. Lo más probable es que fuera un apereá. Sin embargo en mi cabeza sólo una criatura tomó forma y esa forma era la de una serpiente. ¿Por qué? Porque hemos encontrado varias en estos dos años, incluso una de ellas en nuestro porche. No es nada descabellado pensar que una de ellas podía estar allí, acechando. Y habiendo leído a Quiroga…
La imagen de la serpiente se me enroscó con unos versos del venezolano Alberto Arvelo Torrealba (se quien ya se comentó en este blog): “y va pisando el erial como quien pisa vergel”. Así iba yo, pisando lo silvestre con el cuidado de quien pisa un cantero plagado de hermosas violetitas de los Alpes. Enseguida la palabra vergel me retrotrajo al final de Cándido y a aquel “hay que cultivar el vergel” con el que el sabio de Voltaire culmina su sátira.
A estas alturas el delirio me ganaba, y todavía faltaba media hora para que terminara la jornada.

III. Por suerte vino Roberto, un vecino, a conversar y a sacarme de mis elucubraciones. Quedamos charlando sobre las horas en secundaria (Roberto, Robertito para los amigos, es profesor de matemáticas). Le pedí que me sacara una foto que atestiguase el momento en el que tantas y tan variadas cosas habían pasado por mi cabeza. De fondo un ternero, que por extrema casualidad acertó a pasar en el momento justo por el lugar indicado.

IV. Voy a dejar las herramientas después de dos horas. Abro la puerta del galpón y ¡zás!: una víbora entre las maderas de un encofrado que ya no usaremos jamás. Bueno, ahí estabas…mito sucinto de mi existencia… Dejé la azada al costado de la puerta y me apresuré a salir. Avisé, claro, a los encargados de los espacios verdes de la cooperativa, pero nadie pareció darle importancia.

lunes, 3 de enero de 2011

ESCRIBIR


Hay una especie de felicidad irracional en el acto de escribir. Ahora mismo experimento esa satisfacción por más que lo que escribo sea esto y no otra cosa. Creo que esa satisfacción irracional tiene una explicación que puede hurgarse, no obstante, en los anales filosóficos del Siglo XX. Me quedo entonces con la formulación de Cassirer del hombre como animal simbólico (en oposición-evolución con aquella otra formulación aristotélica): la razón, de alguna manera, explica lo irracional.

El hombre tiende hacia el símbolo con la misma voracidad genética (a falta de mejor término, claro) con la que ha tendido a vivir en comunidad. Por eso, al experimentar este goce, no hago más que mantenerme fiel a un llamado de la especie.

No hay aquí nada fijo ni claro, nada que soporte la más mínima prueba empírica, nada agarrado a otra cosa que no sea la subjetividad mía. Estas palabras son verdad sólo para mí y para un mí hoy. Porque el acto de escribir y la literatura en general son cuestiones estrictamente fenomenológicas. Lo que para algunos en algún lugar es bueno, para otros en ese mismo lugar o en otro, o para el mismo aún en otro tiempo, puede no serlo. Por esta sencilla razón opinar sobre literatura, es decir, opinar sobre un fenómeno, es opinar sobre la relación de un yo particular transido por las estructuras a priori, delineado por las a posteriori, que además es capaz de producir o desentrañar sentidos. Pocas cosas en el mundo suelen quedar en un espacio tan etéreo, místico y filosófico como la crítica literaria.

El fenómeno de lo que llamamos “Literatura uruguaya” (en adelante sin comillas ni mayúscula) despierta en autores diversos distintas opiniones más o menos irresponsables. Partamos entonces de que a un escritor puede interesarle mantener esa idea que ha vagado en algunas páginas y en muchísimas más conversaciones de boliche de que no existe tal cosa como la literatura uruguaya. Claro que antes habría que definir eso que no existe, soslayando a pura fuerza el problema ontológico que ello implica. Diríamos que en lo académico la literatura uruguaya es aquella iniciada hacia fines del Siglo XVIII (obviamente que entonces no había ni siquiera una leve conciencia de “lo uruguayo”) por algunas jerarquías eclesiásticas, cuyos últimos resoplidos hemos encontrado ahora mismo, en este auge de emprendimientos editoriales que parece llevar a la conclusión de que los escritores escriben para los mismos escritores, es decir, para que otros como ellos los lean, los critiquen, los defenestren, los alaben. Esta afirmación, claro, adolece de la misma irresponsabilidad de la primera citada al comienzo del párrafo. Pero es tan válida como aquella y como el pensamiento de que esta es mejor que aquella, pues quien no sea capaz de ver, de visualizar que sí hay una literatura uruguaya, tampoco será capaz de ver, de visualizar, ninguna literatura española, iberoamericana, rusa. Porque no va en la cantidad ni en la calidad.

Creo que la negación de la literatura uruguaya, la negación sin más, no ya su crítica ni la actitud negativa hacia ciertos autores, movimientos o épocas, es una expresión de deseo fundante. Es decir, hasta aquí, hasta que vine yo a escribir, no hubo literatura uruguaya. Aunque también podría ser una actitud de despecho ante la joven que no termina de aceptarnos, pues muchas veces tal afirmación se encuentra en labios de escritores de poco peso, con poca difusión, cuya ambición sería el aplauso de un público cuya ignorancia hacia ellos y sus escritos es sistemática.
Escribir raro es fácil. Hacerse pasar por escritor raro o enfant terrible de una generación es espectacularmente sencillo. Hoy, en nuestro contexto, basta poner un par de palabras violentas, los correspondientes órganos sexuales y un poco de droga y ya se logra esa actitud. Y vale. Hay un público para todo. Mínimo, por supuesto, pero lo hay.

Volviendo a la cuestión fenomenológica de la literatura: ¿qué hace que un texto parezca notable a unos y execrable a otros? Partiendo de la formulación kantiana, si lo que no cambia es el objeto, lo que marca esa diferencia es el sujeto. Hace más o menos un año una novela de Alejandro Ferreiro a mí me pareció poco menos que brillante mientras que a uno de mis mejores y más confiables amigos relacionados con las letras le resultó “una bosta”. Cuando estas cosas pasan tiendo a desconfiar de mis propias habilidades para detectar lo estético en un libro, sin reparar en que esa detección no es cuestión de “habilidades” racionales sino de sensibilidades educadas o no en ciertos aspectos vitales, psicológicos. Es decir, con mi tendencia al misticismo, a la noche, a lo espiritual, a lo alegórico, es bastante esperable que una novela que mueve esas fibras cuente con mi anuencia. No sólo me puede gustar sino que debe hacerlo. Por idénticas razones, sobre todo porque somos distintos sujetos, es también esperable (y aún más: inevitable) que el mismo objeto reciba aquella metáfora entrecomillada arriba de mi amigo.

Decía entonces, retomando, que una de las posturas más sencillas del escritor es plantarse del lado transgresor y vanguardista y apostar a una literatura cuyo cometido final no sea el mensaje (el símbolo, por volver a Cassirer) sino el canal. Para esta literatura de vanguardias la función poética no importa tanto como la metalingüística. O por plantearlo de mejor manera, la primera está subordinada a la segunda, y como la segunda tiene potestades determinativas sobre la primera, ya no es imprescindible que el mensaje se entienda –mucho menos que se disfrute en el más puro sentido hedonista del término- sino que cumpla con una labor de desestructuración lingüística y, sobre todo, estética. Lamento decir que esta actitud de lo que en algún momento pudo tomarse como valentía ya tiene cien años, mínimo, si nos apegamos a la formulación del primer manifiesto futurista del tan mentado y tristemente célebre fascista italiano apellidado Marinetti. Descuento que quienes anden por estas páginas habrán tenido alguna aunque sea mínima relación con este escritor y sus consecutivos manifiestos, por lo que no me extenderé más en su consideración. Hay muertos que no deseo despertar.

Cuando defiendo el perfil subjetivo de la literatura no estoy más que haciendo lo que se corresponde con mi más íntima convicción. Aún cuando a veces use y abuse de generalidades, rechazo las opiniones generales al hablar de literatura. Rechazo las recetas, las formulaciones tales como: “lo que un autor debe hacer hoy es…”, “la obra que se espera de una generación debería…”, o la notablemente convencida “esto es la literatura”, y así. Tales cosas sólo me revelan cuán distinto es el grado de pensamiento reflexivo que a la tarea de escribir le han dedicado los que las emiten. Otra cosa distinta es decir: “a mí me interesa un escritor que…”, o, tal vez y mejor: “a mí no me interesa un escritor que…”, o “para mí la literatura es no otra cosa que…”. Pero siempre, por delante, el sujeto.

Siempre está la cuestión del tiempo. El del escritor puede llegar a ser importante, no lo niego. Pero, en todo caso, el de este escritor no es más importante que el de cualquiera de sus ocasionales lectores. Cuando me ha tocado firmar libros después de alguna presentación siempre escribo “Gracias por el tiempo”, que es el tiempo que el lector tendrá que dedicar al libro, a lo que alguna vez fue un pensamiento mío, dejando de ver a su hijo, dejando de enamorar a su hombre, dejando de…

¿Por qué escribir?
Mis abuelos tenían un modesto campo con ocho o nueve vacas en un paraje rural a quince kilómetros de San José. Los ranchos eran de barro y había que sacar agua del pozo con un balde y su rondana. Se araba a bueyes, se cazaban liebres y se cuidaban los maizales de los chanchos jabalíes. Cada tanto una víbora aparecía en el patio. En julio y en agosto se carneaba un chancho y una vaquillona y se coagulaba la sangre y se hacían morcillas, codeguines y chorizos que después se dejaban secar colgados de unos varejones en el galpón donde hacía años se pudría un viejo tractor rojo. Me encantaba ir allí de vacaciones y durante los fines de semana. Salía los viernes de tarde y volvía los domingos a la noche. Con mis abuelos vivía el Pocho, un peón que habían criado desde gurí y que nunca los había dejado, ni en las buenas ni en las malas. No hablábamos mucho. Más bien como que cada uno estaba en sus pensamientos y poco más. Yo ordeñaba dos o tres vacas, llevaba la leche hasta el galpón del queso, la echaba en unos latones. Enseguida venía el Pocho y prendía un fuego bajo un trípode hecho de troncos de eucalipto curados y tiznados del que colgaba un tacho. Vertía allí la leche, hacía la cuajada y me dejaba revolviendo el queso por dos horas. Dos horas en las que no veía a nadie, en las que no conversaba con nadie. Escribo, entre otras cosas, para un día poder ponerme en paz con aquel niño rústico que tenía dos horas para pensar y no tenía el lenguaje para hacerlo. Su mirada se perdía entre los grumos de la cuajada que debía mantener sin apelotonar revolviendo desde abajo hacia arriba.
Es decir, escribo para que el sujeto que soy integre al otro que fui.

jueves, 25 de noviembre de 2010

MICRODESVARÍOS


Presupuesto
Una desgraciada mujer murió virgen. Esa misma tarde fue a dar con su alma a las puertas del cielo. San Pedro la paró en seco. ¿Usted es tal y tal?, le preguntó. Sí, respondió ella. ¿Su principal mérito es haber muerto virgen?, cuestionó el portero. Efectivamente, contestó ella. Pues bien, dijo el espíritu del apóstol, eso podrá ser un mérito allá abajo… Lo que es acá, Virgen ya tenemos. Y la mandó al Infierno aduciendo una posible duplicación de cargos y otras inconveniencias presupuestales.

Caín Abel estaba haciendo labores de carpintería. Quería hacer un cerco para separar las ovejas suyas de las de Caín, que eran muy belicosas. Entonces, martillando, le erró al clavo y se dio en el pulgar. Pegó con la mano un tirón hacia atrás, pisó una tabla que golpeó en lo alto de la cerca derribando otra tabla que fue a darle justo en la cabeza. Caín, que lo había visto todo, contó esto frente al Supremo. Pero el Supremo no le creyó.


Cambiante La mujer le dejó a su esposo una carta en la heladera que decía: “Cuando vuelvas trae leche, pan, huevos, azúcar y arvejas. Te amo mucho.”
Para la noche el hombre llegó a su casa sin nada. Me olvidé, explicó. Siempre el mismo inútil, respondió ella, ¿por qué no le habré hecho caso a mi madre?

Descenso Primero bajó Armstrong. Estiró las piernas después de tan complicado viaje y caminó por la superficie lunar para desentumecerse. Al rato bajó Aldrin y se puso a dar saltos de alegría. Collins los había quedado mirando desde el ojo de buey del módulo. La sangre le hervía. Estaba a dos metros de la luna… ¡y no lo dejaban bajar! Al diablo, dijo, yo voy igual. En ese momento le pasaron una llamada telefónica. Era su esposa que quería que le llevara una piedrita de la luna como souvenir. Entonces recordó que su mujer tenía un amante y que la llamada era una pura farsa orquestada por los agentes de publicidad de la NASA para ser transmitida a millones de crédulos en nombre de las buenas costumbres y el más acérrimo puritanismo. Y decidió quedarse sin pisar la luna para no ser cómplice de tanta hipocresía.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

SOBRE LA POLÉMICA

La tele dice 23:22 en el lugar que marca el horario. Mi día hoy comenzó a las 05:50. Alejandra está entrando al octavo mes y ya tiene contracciones. Debo trabajar y en los ratos libres encargarme de Santiago, que intuye todo. Aclaro, entonces: estoy cansado. Por eso soy capaz de decir cualquier disparate. Vayamos al grano.
Un par de posts en distintos blogs han generado muchos comentarios últimamente. Confieso que tras la lectura de ellos y de los correspondientes comentarios mi primera reacción fue la virulencia. Pero supe contenerla a tiempo. En caliente, no habría respondido de mí. Para mi sorpresa, hoy de tarde, hace un rato, encuentro que el asunto se había complicado con citas a diversos escritores y comentarios de muchos otros bloggers, presumo que también escritores. En fin, se armó una polémica que me causó, otra vez, una enorme sensación de injusticia y una virulencia aún más jodida y que ahora contengo apenas.
Por eso y por muchas otras cosas, en lugar de ensañarme con alguien, con muchos, voy a tratar simplemente de decir lo que pienso sobre algunas cuestiones aludidas vaya a saber uno por quién.
1- Transgresión. Yo qué sé… hay escritores que transgreden y están buenos. Hay escritores que transgreden y son atroces. Yo no defiendo la transgresión. No creo que tenga un valor en sí misma ni creo que el escritor que transgreda deba ser evaluado de forma diferencial por la crítica o quién sea. No me interesa el tema.
2- Literatura versus vida. Me parece que estamos frente a una falsa oposición. Entre las múltiples teorías que cabría mencionar me quedo con aquella que plantea una idea ontológica bastante simple (mi clase favorita de ideas, creo): uno es su texto y su contexto. El escritor es muchas otras cosas además de escritor. Yo, por ejemplo, que supuestamente sería un escritor, además trabajo en la docencia, me gusta jugar al fútbol, estoy casado, no bebo, ahora ni siquiera me drogo, crío a mi hijo lo mejor que puedo en los valores en los que fui criado y de los que muchas veces renegué, ocasionalmente (intentando no morirme joven) salgo a correr y disfruto muchísimo cuando con mis otros amigos escritores jugamos ese legendario partido de fútbol en Minas. Este año la alegría más grande que me deparó la literatura fue que estos amigos me dieran un humilde pero significativo trofeo de mejor jugador entre aplausos y risas. No exagero. Lo que sentí en ese momento juro que no lo sentí en ninguna presentación de novela que me haya tenido por autor.
3- Por lo último mencionado, no creo que la literatura sea más importante o menos importante que cada una de esas otras cosas que nos gustan y nos hacen bien. Ahorramos para comprar un auto decente y lo hicimos. ¿Por qué eso está mal?
4- Mi texto, el texto de mi vida, los hechos que componen mi historia, ínfima por cierto, todo eso ha sido escrito por mí y por mis amigos. A mí me duele cuando se jode a uno de mis amigos de forma gratuita. Me duele cuando es otro de mis amigos el que lo hace. Es una especie de angustia que no puedo evitar, una opresión en el pecho, un sentimiento de profunda injusticia que me hace ponerme del lado que fue jodido. No me gusta que pasen estas cosas, que es lo mismo que decir que no me gusta que alguien, en el uso pleno de su más leal saber y entender, priorice la expresión de su más crudo pensamiento por encima de la amistad. Y que quede claro que no estoy hablando de criticar la obra o esas cuestiones. Estoy hablando de gestos de los hombres y de cómo esos gestos los definen.
5- Dani Umpi. ¿Transgresor? ¡Qué carajo me importa a mí esto! Para mí Dani Umpi es la imagen de un tipo feliz. Si para eso escribe novelas cada tanto, baila como mujer, versiona cumbias, sale con sus “amigas” o estudia pandereta, mis respetos. Usted, amigo Dani, ha logrado lo que yo más ansío: ser feliz. Es decir, espero que lo sea. Al menos se lo ve así.
6- Postura de escritor intelectual. Alguna vez la intenté y pasé vergüenza. No sé cómo las personas que la intentan no se dan cuenta de lo feo que quedan. En esta vida lo que hay que ser es hombre. O mujer. U homosexual. Es decir, para decirlo de una vez, en esta vida hay que ser sujeto. Y el sujeto es una cosa mucho más amplia que el escritor intelectual. El escritor intelectual es una mínima parte de ese sujeto.
7- Yo escribo por… Porque me gusta escribir, me divierte mucho escribir. Me llena de ilusión escribir. Creo que nací para escribir por una sencilla razón de la que nunca he hablado pero que ahora mismo viene a cuento. Corría el año 2002. Estaba leyendo de forma incontenible a Tolkien en medio de profundos problemas familiares que aquejaban a mis padres y a mi hermano, asociadas estas cosas a una enfermedad que terminó por unirnos más. Como catarsis escribía cuentos de un extraño planeta. En el 2003 decidí enviarlos al concurso literario de la IMM. El día que los iba a presentar, personalmente, llegué a Montevideo como a las diez, un poco angustiado porque en el viaje había estado pensando en mi abuelo muerto hacía poco. Desde la terminal me fui a 18 y comencé a recorrer esas pocas cuadras hasta la intendencia. Había mucho tránsito. En determinado momento veo que una pareja mira una vidriera con atención. La niña que los acompaña se suelta de la mano de su madre y empieza a correr hacia la calle. La mujer, sorprendida, grita algo. Yo corro hacia la niña y la agarro desde atrás cuando ya había dado dos pasos en la calle. Se la entregué a la mujer que me quedó mirando y dijo algo que no entendí y seguí caminando. En ese momento sentí que todo lo que había escrito bien podía ser una gran cagada, pero había valido la pena.
8- También escribo porque sueño con este futuro: Alejandra, Santi, Aynara y yo vivimos en un lugar que da a la costa en una linda casa con algunos toques rústicos. La compramos con la plata que me dan mis libros. De mañana temprano salgo a correr por la arena. Llevo a mis hijos a la escuela. Escribo de diez a doce, máximo. Me divierto mucho cuando lo hago. Preparo la comida y paso a buscar a Ale que está trabajando y después a Santi y a Aynara. De tarde leo mucho y sin presión y sin estrés. Leo sólo a quienes me gustan y puedo hacer alguna excepción con algún clásico que no deba faltar. De noche intento que Dios me escuche. Trato de no ser injusto ni hijo de puta con nadie. Estaría bueno también ver alguna película, ir al cine, hacer algún asado cada tanto con amigos. Es decir, la creme de la creme de la no transgresión. Lo bravo va a ser que mis libros me den alguna vez todo eso… Mientras tanto, a laburar. Ah… me olvidaba: ¡tengo una canoa! ¡Salgo a remar dos o tres veces por semana y hago una travesía de quince días una vez al año!
9- La literatura es un medio. Nunca un fin en sí mismo. Nunca un monstruo etéreo que se fagocita a sí mismo en su autoconciencia y en la ilusión de la autoconciencia de su “importancia”.

La tele dice 00:14. Me voy. Mi día empieza en seis horas.

sábado, 6 de noviembre de 2010

MEMORIA (I)


Recuerdo un cochecito de bebé dando vuelta la esquina de Treinta y Tres y 18 de julio. Ese es mi primer recuerdo. El bebé soy yo y jamás podría decir por qué ese es mi primer recuerdo o por qué mi madre tira del coche. Alguien se para y conversa algo con ella. La vista se me cierra y podría imaginar lo que viene después, pero jamás recordarlo y mucho menos comprenderlo. He aquí la tragedia del tiempo. El tiempo y la memoria son como dos placas de piedra que se frotan. Pero la piedra del tiempo es más dura porque hace más tiempo que está en el mundo. La piedra de la memoria es frágil como un caracol con el caparazón partido por el pie descalzo de un niño que recién empieza a caminar. Y un niño que recién empieza a caminar es tan frágil como el aire tibio de una tarde silenciosa. Sin embargo nada de esto le ocurre al tiempo. Nada de nada le ocurre al tiempo, está allí para ser él el que ocurra. Se para en la memoria y le dice ilusa, sigue intentando, si quieres, tu ilusión.

Aquel niño fue bueno, creo. Es decir, el niño que fui. Es decir, debió haber sido bueno para sobrevivir a la niñez, en el supuesto caso de que la haya sobrevivido. Pero hay algo en ese niño, es decir, en aquel niño de hace treinta años, en aquella hermosa bolita de carne con patitas lisas de piel tirante, hay algo allí que no reconozco. Miro la foto de mi propio ser cuando tenía tres, cuatro años, cinco años… Mis mezquindades estaban allí desde entonces, ocultas, en potencia, escondidas tras esa sonrisa de torta de cumpleaños, de piñata, de bicicleta traída por los reyes. Mis mezquindades actuales y las otras. Las que fui perdiendo y las que fui ganando. Esa cabeza era como un nido que empollaba algo que ahora es y algo que ya ha sido. Ignorándolo, claro, porque aquel niño de la foto, aquel otro yo que desconozco, tiene tres, cuatro o cinco años y no sabe lo malo que es crecer y la malo que puede ponerse el mundo y después lo bueno y otra vez lo malo y más allá lo bueno, otra vez, a la vuelta de la esquina. De otra esquina, claro, no de aquella de mi primer recuerdo. De otra. Ni mejor ni peor. De otra.

Recuerdo que una vez aquel niño trepó por las canteras del Parque Rodó con su madre y con su abuela. Habían ido al médico porque… sería largo de contar… pero contémoslo entonces, pues; las cosas largas a veces son las mejores para contar. A su abuela la había picado un bicho hacía tiempo. Qué bicho, nunca se supo, aunque todo el mundo asumía que había sido una araña. La infección se iba y volvía, se iba y volvía, hacia atrás y hacia delante, como una hamaca en un cuento de ciencia ficción. El médico quedaba lejos, muy lejos de aquel remoto paraje de Tranqueras Coloradas, en San José, pasando Raigón. El médico quedaba en una inmensidad inabarcable de espacio que se llamaba Montevideo. Hacia allí fueron y el niño jugó y no corrió porque no lo dejaban correr por aquellas calles, pero sí trepó por la ladera de pasto y tomó una piedra del tamaño de un pie de bebé y la arrojó hacia abajo y vio cómo iba a dar a la cabeza de su abuela. Y después el niño fue zurrado como pocas veces por sus mayores y vio sorprendido cómo se secaba el chorro de sangre en el pelo de su abuela y lloró y sintió culpa. Y la culpa no lo ha abandonado desde entonces, porque aquella vez fue la primera vez que la sintió, y cuando la culpa se siente por primera vez, se siente para toda la vida. Sin embargo otros dirán que eso es relativo. Pero como aquí no estamos para hablar de otros…

Hay una escena rara en la vida de ese niño que fui: se lo puede ver con una remera roja que le hace panza, los cachetes redondos y plegados en una sonrisa liviana. Tiene pantalones negros y medias negras y alpargatas de su tamaño, pero alpargatas feas, con cordón, porque si no las pierde, y debe bailar en alguna fiesta escolar al compás de alguna canción típica. O tal vez sea lancero de una batalla de otro tiempo, un lancero de Artigas, o un negro que toca el tambor o que pasea una negra, tal vez un héroe feliz, tal vez un gaucho. Algo fue ese niño pero no lo recuerdo. Entonces pienso algo que más o menos tiene la siguiente forma: ¿cómo es que he sido y no sé lo que he sido? Dirán los detractores, o sea yo mismo, que esa es la ley de la existencia, es decir, desconocerse de una vez y para siempre, perderse en la memoria y a pesar de la memoria, deshilacharse poquito a poco siendo que es uno mismo quien tira de la hebra, dejar escapar el hilo de la cometa para que se vaya lejos, lejos, lejos. Mi memoria se fue lejos, lejos, lejos. A un lugar al que no se llega y del que tampoco puede volverse.