
El benemérito crítico literario X comienza su día. Va al baño y siente mucho dolor al orinar, pero no dolor físico sino dolor moral, pues en ese acto se va para siempre algo que hasta entonces lo constituía y que él toma por una gran pérdida. Le gustaría no orinar para que su yo no se diluyera en el Universo de esa forma tan poco honorable, pero ante ciertas cosas no puede. Acto seguido va al espejo, se mira y se golpea la cabeza, pues ha olvidado cambiarlo por uno más grande que refleje mejor su consagrada imagen.
Desayuna, aunque no sabemos qué.
Mientras lo hace revuelve archivos en su laptop. Después busca con cuidado el nombre de su próximo blanco.
En este sentido, X es terrible. No olvidemos que en algún lugar puede leerse que “estudió filosofía en la FHCE”. Claro que no terminó los estudios, pero ese pequeño detalle no parece afectarlo a la hora de considerarse como una de las luminarias más importantes, si no la única, del pensamiento contemporáneo. Si alguien le dice algo, dirá que eso no era para él y que la dejó porque las viejas estructuras lo vencieron y él estaba para otra cosa. Si entonces se le pregunta acerca de por qué incluye esa información en tal lugar, él dirá…bueno… algo dirá, algo demasiado inteligente, por supuesto, porque el quedarse en silencio no es nunca su actitud.
Digámoslo de una vez: la gran mayoría de la gente piensa que X escribe mal. Por lo tanto sólo una pequeña minoría piensa que X escribe muy mal. Él no se encuentra en ninguno de los dos grupos mencionados, así que constituye su propia categoría sin ninguna dificultad, pues él no necesita de nadie.
No necesita de nadie, es verdad, pero igualmente hay algunos de nosotros dispuestos a batirle el parche, vaya uno a saber por qué secreto designio cultural o psicológico.
X no se considera sólo un crítico. Él se considera, sobre todo, escritor. De hecho figura dentro de una clase de escritores llamada “los cirujanos”, o algo así. Temibles. Hay otras categorías tales como los “inocuos”, los “amigos de lo ajeno”, los “glam”, los “librerianos”, “los que se salvaron del naufragio”, “los automasturbatorios” y así… todas ellas generadas por poderosos agentes de la inteligencia cultural.
¿Qué si le han dicho a X que escribe mal? Vaya… sí, claro. Se lo han dicho. Pero X no deja que eso le afecte. Muy por el contrario, cuando recibe una crítica, X, lejos de guardarse a silencio, se desmaña de felicidad bajo el lema “cuanto menos me entiendan, mejor será mi obra”. Porque en esto X es admirablemente tajante: no quiere mejorar.
X no tiene lectores. X forma sus propios lectores. Los forma sometiéndolos a la rigurosa y exigentísima tarea de leer sus artículos, prólogos y reseñas, tras lo cual muchas personas débiles de espíritu han vomitado, metafórica y literalmente.
A X no le interesa generarse un lugar. A X le interesa ocupar el lugar que otros han generado antes. ¿Quiénes serían esos otros? Los nombres irán y vendrán, así que lo mejor será abstraer algunas características comunes de estos antecesores de nuestra sin par figura: 1) estar desconformes, 2) seguir desconformes, 3) hacer de la disconformidad una ciencia, o al menos una disciplina, 4) nunca conformarse sólo con estar desconformes, 5) conformarse sólo consigo mismos. Básicamente eso.
Muchos moralistas inoportunos le han llamado la atención a nuestro héroe por algunas aparentes contradicciones en las que suele incurrir. Por ejemplo, a X no le gusta la editorial BO, lo que no es impedimento para que haya enviado sistemáticamente sus libros al concurso literario organizado por tal editorial. A X no le gusta la periodista cultural Y; sin embargo envía prolijamente encuadernados sus mejores esfuerzos en el terreno narrativo al concurso en el que Y es la jefa del jurado. Ignoramos el porqué de estas contradicciones, pero prevenimos al lector de estas líneas: a X no le gusta que le recuerden esto. Además, tamaña afrenta jamás podrá ir en desmedro de la probidad ética de nuestro homenajeado. Y por si acaso alguna vez pueda ir, que vaya a la cola de otras que irían antes.
Muchos de nosotros creemos que X es ciertamente inteligente. Claro que X no puede rebajarse a demostrarnos su inteligencia en las cosas que escribe, por eso creeremos siempre y sostendremos en consecuencia que escribe mal a propósito. También creemos que su inteligencia radica, sobre todo, en elegir bien a los blancos de sus ataques. Siempre elige escritores mejores que él. Algunos mal hablados dicen que esta postura lo único que hace es asegurarle de pique un amplísimo target... Eso sí… X no se mete con quienes piensa que son igual de mediocres que él. Esos irán cayendo solos, piensa. ¡Su llamado existencial es ir contra los mejores! Sobre todo contra aquellos que han tenido la desgracia de ganarle el consabido concurso justamente a él. ¡Carajo!
X es de los que piensa que citar a determinado autor y el impacto que ese autor generó en él basta para que la gente piense que él es tan brillante como el autor citado.
X piensa que las vanguardias no han pasado.
Para X son novedad algunas cosas que ocurrieron hace más de cien años.
Una vez X estaba leyendo un libro de su autor norteamericano favorito. Sintió ganas de soltar un gas. Aguantó la tacada apelando a sus intrincados mecanismos psíquicos, buscó un bollón, bajó sus pantalones, soltó el gas, lo encerró en el bollón, corrió a buscar su cámara digital, tomó una foto del bollón, la bajó en la laptop, la colgó en su blog y la desparramó en facebook a través de ocho o nueve links bajo el copete de “mi pedo leyendo a Pynchon”. A mí y a otras sesenta y cinco personas nos gustó eso.
Firma: Acólito de X
Nota: acompaña este breve, doloroso e ilustrativo testimonio la imagen del método crítico que X promueve en sus talleres on line de Crítica Selvática.