martes, 10 de febrero de 2009

APUNTES DE MI OTRA VIDA







EN LOS LAGOS DEL NORTE



Pocos días antes de recibirme vi en el anaquel de una de las dos librerías de San José el libro La tribu de los lagos, de Kathleen y Michael O´neal Gear. Son ellos una pareja de antropólogos que ha investigado la prehistoria de las poblaciones Hopewell, nativos que vivieron hace unos dos mil años en las inmediaciones del río Mississippi y, sobre todo, en las cercanías de lo que hoy son los Grandes Lagos. La tapa del libro mostraba una canoa de madera que asomaba su punta hacia el agua mientras del otro lado podía verse una isla con pinos que se alzaban coronando la imagen. El impacto visual me dejó noqueado: yo había estado allí. Si bien no en uno de los Grandes Lagos, sí en el Lake of the Woods, más pequeño pero igualmente inabarcable, y más al norte (lo que es información relevante, ya que las temperaturas a esas latitudes son de frío extremo durante el invierno). Había ido a pasar un verano trabajando en un campamento, Camp Stephens, donde la actividad principal era el canotaje (salíamos en grupos de ocho personas con mapas, brújulas, alimentos, primeros auxilios, etc., durante cinco o seis días, a un lago del tamaño de cualquier departamento del Uruguay y que tenía más de diez mil islas, y quedábamos fuera de contacto con la civilización, salvo en caso de absoluta emergencia), adornado de otras subsidiarias como escalada, rapel, arquería, etc., etc. La imagen de la tapa era la imagen de ese lugar cuando yo ya me estaba por venir, en la estación que ellos llaman con excelente tino “fall”, en la que la naturaleza adquiere de un día para el otro una tonalidad rojiza.
El libro tiene 980 páginas. Se narra allí la historia de Nutria, Cráneo Negro, Perla, Piedra Estrella y Araña Verde en su viaje de peregrinación hasta “Agua que ruge” (las Cataratas del Niágara), su huida de los Khota (nativos también, pero un poco menos razonables) y su encuentro con cierta máscara del “poder”. En fin…, uno espera confiado que los autores, que manejan una sólida base científica según investigué, no le estén vendiendo el obelisco, aunque, si ese fuera el caso, está muy bien vendido, hay que decir.
Supe en cuanto lo vi que tenía que leerlo, pero decidí esperar a terminar mis estudios. Al otro día de mi último examen ya lo tenía en mis manos. No pretendía que me gustara por su valor literario sino por mi propia experiencia previa (imagino que obras tal vez malas tendrán también su público por esta misma razón). Esperaba de alguna manera que el libro me transportara a un mundo de agua, islas, osos y canoas que yo ya conocía y al que aspiro a volver algún día con mi hijo. Y eso se cumplió con creces. Y se cumplió en uno de los momentos más importantes del libro, que paso a referir. Tres de los personajes principales vienen huyendo de los guerreros Khota. La situación se desarrolla en lo que hoy conocemos como el Lago Michigan y para escapar no les queda más remedio que internarse hacia el centro de la vasta superficie de agua, directamente en la tormenta. El relato de esa noche está tan bien logrado que asombra. Una de las cosas más importantes que habíamos aprendido en la “training week” del campamento era que debíamos evitar, a como diera lugar, la situación de vernos rodeados de una tormenta en un “open lake”, es decir, sin islas de referencia a las que acudir de inmediato. Claro que de la teoría a la práctica suele distar mucho y a mí (como a todos los que habíamos salido al lago ese verano) la situación me había sucedido un par de veces en las que habíamos tenido mucha suerte. Y es que el oleaje de un “open lake” es como el oleaje del mar, sin exagerar, y uno no ve tierra en kilómetros, y cuando eso te pasa con siete adolescentes de quince años que están a tu cargo, te podés llegar a poner nervioso. Uno de los recuerdos más escalofriantes que tengo de aquellos tiempos es ver una canoa con dos de mis acampantes darse vuelta como a quinientos metros de donde íbamos el resto (nos había separado el oleaje, justamente). La incertidumbre hasta que pudimos llegar, recogerlos, darles vuelta la canoa (sin otro punto de apoyo que nuestras propias canoas, lo que es una maniobra que, por más que se practique en la “training week”, siempre es complicada), fue tal vez la más grande de las incertidumbres que me hayan acometido.
Y recuerdo otra que me mandé: siempre nos habían dicho que jamás durmiéramos fuera de las carpas, que los osos, que esto y lo otro. Una noche de travesía estábamos en una isla que se llamaba Big Mosquito (en verano el mosquito es el “provincial bird” de Ontario). Había allí una gran piedra que se alzaba sobre uno de los extremos de la isla y desde la que se podía saltar en una divertidísima caída hacia el agua de unos seis o siete metros sin el menor riesgo (siempre y cuando no cayeras de piernas abiertas). En esas anduvimos durante la tarde, después comimos temprano en el campamento y volvimos a subir para ver una pequeña aurora boreal que cambiaba de formas muy rápido. Uno trajo su sobre, después otro y así nos fuimos quedando dormidos hasta la mañana siguiente. Cuando regresamos a las carpas encontramos, a pocos metros de ellas, unas cuantas deposiciones de oso bien fresquitas, probablemente de la noche. Se puede decir que nos salvamos raspando de un encuentro que podría haber sido complicado.
En fin, todo esto para contarles que leí un libro que fue la causa de muchos recuerdos.

domingo, 1 de febrero de 2009

EL "MENTIRITA" (para DGB)


Como muchos de ustedes ya saben, vivo en una cooperativa de viviendas que aún no tiene un año de inaugurada. Eso significa que debimos trabajar dos años y medio como peones de albañil. Les puedo asegurar que existen pocas criaturas tan particulares como un albañil. El código de “ética” de la albañilería es uno de los más firmes y corporativistas que conozco, y podría resumirse en la siguiente sentencia: “hacé el trabajo con la mínima rapidez necesaria para no quedar regalado, y nunca tan rápido como para dejar regalado a tus compañeros”. Cuando un “rápido” aparece, enseguida se le arriman dos o tres de los que ya estaban en la obra y, mediante una suerte de acoso verbal constante (“¿adónde vas con ese auto?”, “¿se le hace tarde al mocito?”, “vo´, decile a aquél que le van a pagar el mismo día que a nosotros”, etc., etc.), logran tironearlo hacia abajo, dejarlo en el pelotón. Pasado el tiempo, él mismo se convertirá en un inspector de velocidad de otros nuevos que pudieran aparecer con excesivo entusiasmo. A nosotros los cooperativistas, que si bien éramos peones, también éramos “patrones”, ese código nos caía bastante pesado, porque dilataba el tan ansiado momento de ocupar nuestras casas. Yo, por mi parte, comprendía bien que si se apuraban, el trabajo se les terminaba antes. Llegado el caso, con una familia por delante, yo haría lo mismo, pensaba.
En ese contexto, quiero hablarles de Jorge Rodríguez (y por suerte debe haber cientos de albañiles que se llamen así). El hombre debía tener unos cincuenta años, era petiso, tenía una chivita desprolija y cuando hablaba rápido nadie le entendía. Lo pusieron de peón de mano a alcanzarle material a “la Mulita”, una especie de sen en el arte de la albañilería, que se jubiló enseguida que inauguramos y a quien le regalamos, por su apodo, una mulita tallada del mercado de los artesanos. Pero eso no tiene nada que ver. Vuelvo con Rodríguez. Resulta que una mañana uno de los que estaban trabajando en el módulo 17 dijo que se iba para las termas. Otro dijo que ya había ido, que estaba bárbaro, y así se empezó a hablar de viajes y esas cuestiones. Uno, Rocco, había trabajado en Paraguay, planteando así el destino más lejano que alguno de los que allí estaba podía imaginar (yo, para no parecer un bobón creído, no comenté nada de mis meses de trabajo en Canadá y en Perú, típica falsa modestia uruguaya). Rodríguez había escuchado todo con una especie de atención expectante, esperando nervioso a que por fin le llegara su turno. Y cuando le llegó se despachó con que había estado trabajando nada menos que en Noruega, y no sólo en Noruega (pocos sabían dónde era eso), sino que en los mares de Noruega, en una plataforma de petróleo de cierta compañía.
Acá conviene aclarar que el albañil es, por lo general, un hombre muy educado. Cuando se va a reír de alguien con quien todavía no tiene confianza no lo hace de forma evidente. Mira unos segundos hacia abajo, retuerce la boca en un rictus de contención, alza la vista, busca la mirada cómplice de algún otro, al que mira de soslayo, y dice algo así como: “¡Pahhh…, era grande esa mojarra, que no cabía en el balde…!”
Durante unos días le siguieron buscando la boca a Rodríguez. Le hacían hablar acerca de cómo era la vida en la plataforma, de sus tareas (supuestamente lo habían llevado como cocinero porque alguna vez había hecho un curso en UTU y tenía buenas referencias de una panadería conocida de San José), de los lugares que había visitado y, sobre todo, del sistema de prostitución que se generaba en los pueblos costeros como consecuencia de la existencia de esas plataformas. Sin que Rodríguez se diera cuenta, se reían de él. Lo habían apodado “el Mentirita”, pero él no lo sabía.
Cuando lo supo, se calentó. Dejó de hablar con varios de sus compañeros que, como lo conocían un poco más, bromeaban sobre él ya en voz alta. “Mentirita” pasó a ser un vocativo más en un mundo donde ya había un “Mulita”, un “Rocha” (el albañil en cuestión había nacido allí), un “Torcido” (no había más que verlo) y un “Jujuy” (onomatopeya de su forma de reír).
Pero el hombre se calentó tanto que un día se apareció con una carpeta con un contrato firmado con la tal compañía. Además mostró fotos donde aparecía con una impecable vestimenta de cocinero de primer mundo, todo de blanco y sin la más mínima mancha, rodeado de una serie de máquinas increíbles e indescifrables.
Silencio total. Tapón de boca, como se decía hace un tiempito.
De ahí en más el misterio rodeó al Mentirita. ¿Cómo había llegado hasta Noruega? ¿Cómo había hecho para gastarse toda la plata que había ganado (él hablaba de unos cien mil dólares de ahorro en dos años)? Y sobre todo, ¿qué hacía un tipo “preparado” como él metido de peón de albañil?
Si bien el status de Rodríguez subió un poco con respecto a sus compañeros, algo no cambió: por más que la cosa había probado ser cierta, el apodo quedó. Todos le decimos así si lo vemos por la calle, y en cualquier obra que vaya a entrar de seguro arrastrará ese mote como Sísifo arrastra eternamente la piedra.
El mundo de los albañiles es muy, muy, muy interesante.
Créanme.

jueves, 15 de enero de 2009




Ritos de iniciación a la uruguaya

Debo tener un alma romántica de esas que se pasan viajando hacia lugares exóticos o añorando el tiempo pasado con tal de no estar en el presente. O al menos en determinados presentes, como ese que llega a través del canal 10 y me muestra a un muchacho de unos dieciséis años, totalmente borracho, que dice que acá en La Paloma no se puede creer la cantida´ de mujere´ que hay, vo´, impresionante, las mujere´, y mientras lo dice le sisea la lengua, o mejor dicho se le arrastra como una babosa pesada dentro de la boca.
No sé si lo que me causa más espanto es que ese muchacho puede ser mi hijo dentro de quince años (¿habrán hecho algo mal sus padres?), o que ese muchacho de seguro era yo a hace justo quince años. Creo que un ansia enorme de demostrar mi hombría me corría en aquel momento por las venas (que no por las neuronas, por cierto), y la forma era dominando la ingesta de cerveza (es decir, pareciendo un bebedor avezado) y hablando como si supiera de mujeres, como si las mujeres fueran un objeto de estudio o de propiedad.
A la vez me puse a pensar en cuál sería la razón para que pasaran esa nota en un informativo central. Enseguida recordé que el título de la nota era algo así como “Descontrol en las costas de Rocha”. Bárbaro… A pesar de lo que pueda pensarse, a pocos como a mí puede encontrar el descontrol para su defensa. A mí me gusta eso del “descontrol” (pienso en un recital de Manu Chao que fuimos a ver con Alejandra en el 2005, pienso en nuestra economía doméstica), pero tal vez sea de esos tipos que, en el medio de cierto acontecimiento, dicen “vamos a organizarnos”. O sea, relajo, pero con orden. O sea, que nadie muera, que a nadie se provoque, que no se abuse de nadie. Que haya lo que tenga que haber, pero que a nadie le resulte negativo.
Lo que yo percibí esa noche frente a las noticias es que nadie podía hacerse cargo de que lo negativo (un coma etílico, una sobredosis, un paro cardíaco, una agresión en barra, una violación) no sucediera. No había diversión colectiva (alcohol, drogas, sexo, o como quiera cada uno) sino algo que se me antojaba egoísta e inhumano. Inmediatamente saltó a mi cabeza eso de los ritos de iniciación. Claro, si se trata de eso, de última. Mientras los masai tienen que salir con dieciséis años a matar un león para subir al segundo grado como guerreros, en Uruguay los jóvenes tienen que hacer algo bastante menos, ¿cómo decirlo?..., jugado.

miércoles, 7 de enero de 2009

DICCIONARIO URUGUAYO (un poco desordenado...)


Desde el archivo va este diccionario por entregas. Es del 2004 y parte del 2005. Otra vida, casi...




J. Décima letra del abecedario. Una de las tantas que pasan desapercibidas la mayoría de las veces. No suele presentar grandes méritos, a decir verdad.
Jabalí, n. zool. Dícese del mamífero paquidermo (por lo tanto, y aunque nos resistamos a creerlo, pariente del elefante) considerado como cerdo salvaje (igual que algunas personas). Igual de salvajes resultan ser aquellos que, con perros, fusiles, escopetas, sables, ametralladoras y otras escopetas de caño recortado, se internan en los montes de para darle caza.
Jabalina, n. zool. Dícese de la hembra del jabalí, que usualmente es arrojada a distancia por forzudos deportistas en disparatadas competencias atléticas.
Jabato, n. zool. Producto que surge del cruce de las dos definiciones anteriores.
Jabón, n. Elemento elaborado con determinadas materias grasas que sirve para eliminar del cuerpo otro tipo de materias grasas. El famoso artista norteamericano Michael Jackson posee toda una colección de estos implementos. En su caso particular, no cabe duda de que son jabones de tocador.
Jaez, n. Dícese de los adornos que se ponen a las caballerías como símbolo de ostentación. Un ejemplo local podrían constituirlo los jinetes gauchescos improvisados (verdaderos adornos humanos) que debemos sufrir año tras año en el día del gaucho.
Japón, n. Lugar perteneciente a la mitología oriental, donde cuenta la leyenda que viven seres acostumbrados a trabajar mucho y sobreponerse a todo tipo de adversidades, tales como bombas atómicas y bloqueos económicos estadounidenses.
Japuta, n. zool. Pez hembra de los acantopterigios que se cría en el Mediterráneo, es comestible, y su madre no goza de muy buena reputación.
Jaque, n. Lance del juego del ajedrez mediante el cual se amenaza al rey por parte de alguna de las piezas contrarias. Si el rey es uruguayo, se le dice jaque mate. Y supongo que si es paraguayo le dirán jaque tereré.
Jaqueca, n. Especie de dolor de cabeza pronunciado que le sobreviene a los jugadores de ajedrez después de una partida complicada.
Jefe, n. Nombre que el ser humano ha dado a una de sus subespecies, cuya característica principal es la de ordenar que otros hagan el trabajo sucio.
Jerga, n. Palabra muy usada por los payadores para hacer de pie a otra muy parecida con la que rematan la payada.
Jibaku, n. Voz japonesa con la que se significa el abandono de la vida al servicio de la patria. Sirve para denominar, por una suerte de desvarío semántico, al torpedo tripulado que los japoneses solían utilizar en la segunda guerra (creo que los japoneses están todos locos). Sería imposible trasplantar este tipo de actitudes guerreras al soldado uruguayo, pues éste no sabe lo que es un torpedo. Lo más parecido que podríamos obtener aquí sería un “caballo tripulado”, con la casi imposibilidad de que desde su choque contra el objetivo enemigo sea provocada la muerte del tripulante por amor a su patria.
Jirafa, n. zool. Animal perteneciente a las mitologías de los pueblos africanos cuya paradigmática virtud es la de poseer un cuello muy largo, es decir, al igual que mucha gente en este país, mucho cogote.
Joven, n. Grupo etáreo caracterizado por su propensión a los viajes forzados al exterior.
Jubilado, n. Destino al que los jóvenes se acercan día a día.
Juicio, n. Lo que ha de sucedernos una vez se descubra quiénes hemos sido realmente. Al juicio que ostenta determinadas condiciones estéticas se le denomina Juicio Divino.
Julo, n. Res o caballería que va delante de las demás en el ganado. También es un vocablo muy usado por los payadores para facilitar la rima con otro muy parecido y que comienza con C.
Jurar, v. Acción por la cual uno se asegura que lo que va a decir es realmente una mentira. De lo contrario, no habría necesidad de jurar.
Justicia, n. Virtud más que utópica por la cual deberíamos dar a cada uno lo que se merece.
Justificación, n. Documento presentado ante quien corresponda para explicar, por medio de una mentira, que no hemos realizado lo que deberíamos haber hecho hace ya algún tiempo.
Juzgar, v. Vieja costumbre de nuestro país que nos permite involucrarnos (casi siempre sin autorización) en la vida, las decisiones, las creaciones y los comportamientos de los otros, siempre desde un lugar de impunidad. Nos consuela el hecho de que los demás hacen lo mismo con nuestra vida, nuestras decisiones, nuestras creaciones y nuestros comportamientos.


martes, 30 de diciembre de 2008

¡¡¡NOS RECIBIMOS!!!



Allá por mediados de 2004 empecé a dar exámenes libres en el IPA. Había dado clases de inglés durante algunos años, tres o cuatro, y la verdad es que quería hacer otra cosa. Fui, con miedo, con un poco de recelo, juntando los programas y preparándolos. Ayer, 29 de diciembre de 2008, di mi último examen: Estética Literaria.


Pero para que yo haya podido dar ese examen y terminar esta carrera, varias personas tuvieron que intervenir. A ellas va dedicado este post, una suerte de humilde homenaje a todos los que, de una forma u otra, me tendieron una mano y me ayudaron a seguir.


A las profesoras Carolina Sacco y Cristina Callorda, que aceptaron que entrara a sus clases con espíritu analítico.


Al profesor Enrique Palombo, que me aconsejó durante tres años en Didáctica.


Al profesor Gustavo Martínez, fundamental a la hora de estos últimos exámenes, alguien que, sin conocerme, accedió a analizar para mí, sólo para mí, un poema de Mallarmé.


A la profesora Rosario Molina, cuyos materiales fui heredando de a poco.


A la profesora Andrea Peppe, que me obsequió la llave para mi último examen.


A la profesora Patricia Isbarbo, una mente dedicada a desentrañar la gramática para ayudar a estudiantes confundidos.


A las profesoras Alicia Gil y Carmen Lepre.


A los profesores del IFD de San José. A sus funcionarios (particularmente Francisco y Mauricio, que me bancaron mucho en biblioteca).


A la gente de mi trabajo en la A.C.J. de San José, Ana G., Marta, Lucía.


A mi amigo Pablo Almeida, que para un cumpleaños me regaló mi Parker de la suerte.


A mi compañero Fernando Esteche, que ya está llegando.


A Emmanuel, que ve las cosas desde arriba.


A mi amigo Leonardo Cabrera, sparring charlístico de temas poco frecuentes (como la literatura).


A mis amigos Leonardo De León y Damián González Bertolino, siempre atentos, siempre cerca.

A la red de blogs que anda en la vuelta y funciona como disparador de todo tipo de reflexiones (especialmente a F. de P.: ahora sí, sale una entrevista...).

A la Chicha, que me prendió velas durante más de treinta exámenes y que me ha querido como a un hijo durante más de treinta años.


A mis abuelos muertos, aunque vivos. Al Gordo Acosta. Al Pocho.


A mis padres: abuelos de mi hijo, que descubrieron con él que no había límites para el amor.


A mi hermano, que va por el camino de la historia.


Y finalmente, a esos dos de la foto: Alejandra y Santiago.


Alejandra..., hace tres años, cuando había salido la cooperativa y había que construir nuestra casa y yp tenía que elegir entre trabajar y estudiar, me dijiste que no dejara de estudiar, que no era necesario, que vos trabajabas por los dos, que vos me ponías en la mutualista, que yo hiciera las horas en la construcción y que estudiara. Hoy tenemos una casa, un hijo, y yo pude estudiar. No sé qué decirte, Alejandra. Gracias, gracias, gracias. Y aquella palabra que viaja de la Tierra a Marte en un cuento de Ray Bradbury que leímos juntos: AMOR.


Santiago: si por algo entré a ese examen fue porque existe algo con tu nombre. Santi: ahora sos todo de papá -o casi- porque a la hora de la teta...



Amigos: estoy muy feliz. Comparto con ustedes mi felicidad.


Este 2008 ha sido el mejor año de mi vida, si es que la felicidad puede medirse así. Les deseo a todos un 2009 como cada uno lo quiera.


pd: en la foto que ilustra este post estamos los tres que nos recibimos en el Campamento Artigas, a punto de andar en botes, quince días antes de mi último examen. Ya no tengo el pelo largo... me lo han tuzado...

sábado, 6 de diciembre de 2008

LETRAS URUGUAYAS

Les presentamos a una nueva estrella en la constelación de escritores uruguayos.
Saludos a todos.

jueves, 4 de diciembre de 2008

MONTURAS


Bueno..., cuestiones de tiempo me han impedido reciclar el blog con la asiduidad que es esperable. Acá voy dejando "Monturas", el último cuento que escribí como mero ejercicio de estilo gauchesco. Es de hace un par de semanas, por lo que todavía es querido por su autor. Lectores atentos sabrán encontrar esas cuestiones artificiosas de todo ejercicio, y sabrán también disculparlas.



I
La tarde se iba con el sol. Detrás del monte de eucaliptos pastaba una vaca mansa que se sacudía las moscas con la cola mientras dejaba que un hornero le trepara por el lomo y le comiera los bichos colorados. Cada tanto, por jorobar nomás, la vaca estiraba la cola más de lo debido y el pájaro debía pegar un saltito leve para esquivar el marronazo de pelos y abrojos que se le echaba encima. Pero era sólo un juego.
Desde lejos el hombre que venía a caballo vio que los perros empezaban a ladrarle. Revolvió algo, un bultito, entre los cojinillos del recado y, cuando se acercaron, se los arrojó. Los bichos quedaron mordisqueando unos pedazos de salchichón rancio y el hombre siguió la vuelta del monte sin parar mientes en la vaca y el hornero.
-Ya me viene saliendo caro este negocio- se dijo para sí-. Vamo´a tener que cortarlo. Estos perro´ comen mejor que mis peone´.
El rancho al que el hombre iba era una construcción cuadrada, de barro blanqueado con cal y techo de paja mal quinchado. En una de esas la vaca se le pegó al caballo como haciéndole yunta, hasta que el hombre sacudió el rebenque y se asustó la vaca y voló el hornero.
El hombre ató el caballo en unos transparentes que daban al costado de la casa. Le aflojó la cincha y se quedó esperando un rato mientras fumaba. Cuando terminó ya los perros habían devorado la pitanza y venían por más.
-No se ceben, carajo –rió el hombre.
Se detuvo en la enramada y relojeó el paisaje. Debían ser las seis y media. El sol estaba por irse del todo y el fresco del día comenzaba a tornarse en un frío seco, sin perdón.
El hombre se limpió el barro de las botas en el alambre del tejido que atajaba a las gallinas. Después fue hasta el brocal del pozo y agarró el jarro del agua. Bebió del balde recién sacado y llamó:
-Juana.
Desde adentro se abrió la parte de arriba de la puerta. Salió una mujer grande, de unos treinta años, acompañada de un niño de ocho o nueve. El hombre le clavó la vista al gurí como si fuera el mismo diablo. La mujer adivinó la incomodidad y enseguida explicó:
-El padre no quiso llevarlo esta vuelta.
El hombre caviló unos instantes.
-M´hijo, va a tener que dirme a buscar tabaco y grapa al boliche de los Campaña.
El niño lo miró con sorna.
-No tengo caballo- le dijo-. Se lo llevó el tata.
-Eso es lo de meno’, Tomasito. Yo le presto el mío. Está ahí, en lo’ transparente’.
Póngale la cincha y vaya nomá’. Y cómprese una cuestión d’esas pa´ tomar.
-Ya voy.
La madre, mientras tanto, había abierto la parte de abajo de la puerta y ahora metía unas astillas en la cocina.
-Vamo´a matear antes –dijo, y puso la pava en el agujero de la plancha de hierro. El hombre asintió, pero no bien oyó que el caballo salía al trote, agarró a la mujer por la cintura, le sacó el delantal, le levantó el ruedo de la pollera, hurgó en su entrepierna y terminó por tirarla arriba de la mesa.
Cuando se acordaron de la pava, ya no tenía agua.
II
Era una noche oscura, sin luna. Iba a caer la helada. El hombre sintió ladrar los perros y largó el pan y la taza de leche que le habían dado como si fuera el postre.
-Ahí viene el gurí –dijo.
-No me gusta esto cuando está el gurí- dijo Juana.
-¿Y a usté le parece que a mí me gusta? Se lo tendría que haber llevau. Le dije que lo juera llevando pa´que juera aprendiendo.
-Sí. Pero no quiso llevarlo. Lo dejó.
El trote del caballo se detuvo en los transparentes. Pero pasó un rato y nadie aparecía.
-Que demora el gurí con ese tabaco –dijo el hombre.
-Acá me tiene –dijo una voz desde la puerta. Pero no era la del gurí.
Juana, que se había puesto de espaldas a la puerta y revolvía en la bolsa de los marlos, sintió la voz de su esposo y con ella un frío intenso que le corría desde los pies hasta el cerquillo.
-Aníbal...- dijo-. ¿Qué hacés acá?
Aníbal la miró con el rostro inexpresivo, lánguido, como si no estuviera sintiendo nada de nada, como si fuera una piedra o un árbol.
-Es mi casa, ¿no?- dijo, y echó la mano al cinto.
El otro hombre, que tenía los ojos abiertos como dos ventanas en una noche de verano, se llevó la mano al facón.
-Tranquilicesé, López –dijo Aníbal-. Le traigo el tabaco.
López sonrió forzado.
-Aura..., la grapa la tengo ahí ajuera, en el racau... La va a tener que venir a buscar usté mismo.
-Vos querés peliar –dijo López.
Aníbal miró a la mujer, que se había apartado a un rincón y hacía como que acomodaba unas ollas tiznadas.
-Mirá, Juana, lo que dice don López. Dice que quiero peliar. ¿Y vos que decí´?
Juana lo miró pero enseguida bajó los ojos. López seguía sentado, pero había acomodado las piernas como para saltar rápido si el asunto lo ameritaba.
-No quiero peliar..., no. ¿Por qué? Si podemo´ entenderno´. Mire don López, yo le anduve en el caballo sin permiso. Se lo pedí al gurí cuando lo vi llegar al boliche. Es que la tropa se demoró, sabe, y güe..., paramo´ en el boliche y me lo veo llegar en su caballo... Lo agarré sin permiso.
Aníbal hizo una pausa, dijo que qué frío que estaba. Desarmó el paquete de tabaco Toro de López, armó, prendió y fumó.
-Y se ve que no soy el único que anda en caballo ajeno. Y mejor así..., no hay por qué ser celoso´e la montura... Digo yo... ¿Qué me dice, López?
López, más tranquilo, le pidió el paquete de tabaco, armó y prendió. Aprovechó para mandarse otro trago de leche.
-Digo que hay cosas p´arreglar. Entre usté y yo, Aníbal.
-Puf..., si habrá. Sí señor. Mire, vamo´a entenderno´, pa´que la cosa salga bien pa´ tuitos. Toy trabajando mucho, don López, y me paga poco. Si eso se arregla, la cosa cambia... Y hablando de cambio, ¡qué lindo animal ese tordillo! Trotea qu´es una bendición. No lo quise galopear porque estaba escuro..., pero me imagino lo que ha de ser.
-Si es eso –dijo López-, la cosa se arregla fácil.
-Cómo no... Entre hombres la cosa se arregla ansina. ¿No Juana? Una montura por otra.
La mujer se había quedado callada. Aprovechaba la conversación de los hombres para limpiar una olla de esmalte que se le había tiznado en la mañana, cuando había hecho dulce.