viernes, 26 de junio de 2009

FILOSOFÍA DE ALMACÉN


Hoy en este segmento: "EL TIEMPO: ¡QUÉ LO PARIÓ!"



ALGO QUE NO SE SABE BIEN QUÉ ES.
Es uno de los propósitos del ser humano organizarse en esta cosa que llamamos vida de la mejor manera posible. Un propósito loable y a contrapelo de la voluntad desintegradora que el mismo ser humano presenta en casi todas sus líneas de acción. Tal vez esa dificultad estribe en que el tiempo no es una “cosa” cabal, no es un objeto que pueda asirse, tomarse, apenas puede representárselo en un esquema mental más o menos complejo. Y esa representación conocida por todos nos plantea una formulación del tiempo en tres divisiones clásicas que, al entender de este humilde cronista, son sólo dos.
Esa tripartición del tiempo consta de los consabidos conceptos de “pasado”, “presente” y “futuro” (en adelante serán citados en su valor conceptual sin comillas) en los que todos confiamos más o menos bien y que tan apropiados a los efectos organizativos nos parecen.

¡SUÉLTAME PASADO!
Si nos vamos al pasado, he ahí el comienzo del problema. Sólo podemos viajar a ese tiempo a través de los recuerdos. Esos recuerdos, a su vez, se formulan a través de un complejo sistema de selección cuyo fin es mantener algunos y desechar otros. Los que se mantienen son una mínima porción de eso que correspondería a lo que fue de nuestras vidas. La representación por su parte suele venir en formato de imágenes acompañadas casi siempre de una formulación a través del lenguaje que ayuda a interpretar y resignificar esos recuerdos. Y ese es precisamente el problema. El pasado no es algo estático que “ya fue”. El pasado, como quería Sartre, se interpreta y se redimensiona, ¡incluso se inventa!, desde un presente en el que somos tal o cual cosa. Y esa tal o cual cosa termina, por supuesto, condicionándonos. Para poner un ejemplo simple, si me he convertido en escritor y profesor de literatura, los recuerdos que conciernen a cosas que puedan haber influido en tal vocación por las letras serán mucho más frecuentes que aquellos que me relacionan a un posible y aterrador pasado basquetbolístico del que casi, por suerte, no tengo memoria.
Hoy (hoy es jueves) ha coincidido conmigo en el ómnibus una maestra. Ha coincidido muchas veces, por supuesto, pero hoy yo venía pensando en mi niñez y esta maestra, que ahora es una persona mayor al borde del precipicio jubilatorio, fue importante cuando yo tenía ocho años. Hace veintiséis años, entonces, que fue importante. Mi recuerdo es de ella siendo practicante y recibiéndose con nosotros tras una clase sobre la fotosíntesis. ¿Por qué el hecho fortuito de recordar esto sucede hoy y no ha sucedido antes, cuando hemos coincidido tantas veces? Miro a la mujer a dos o tres asientos del mío y no puedo evitar sentir algo parecido a la lástima. Me miro a mí y me duele reconocer que, por supuesto, siento la misma cosa para conmigo, aún cuando soy todo lo feliz que puedo en un mundo de millones muriendo de hambre e incluso de amor.

¿DÓNDE ESTÁ EL PRESENTE?
La respuesta es sencilla: en ningún lado. No hay tal cosa. No existe. Una falacia. Parte del pasado y, entonces, pasado y nada más. Y remito al apartado anterior y al siguiente fragmento de una copla de Jorge Manrique que transcribo. Pero antes me gustaría aclarar que, mientras el lector pasea su vista y su entendimiento por la poesía, tendrá la ilusión de que la “está leyendo” desde el presente. Falso: cuando quiera acordar la habrá leído entera y todo eso junto con el resto de su vida será parte del pasado. Pero ahora, antes de leer los versos, es futuro, ¿no? Dice Manrique:

Pues si vemos lo presente

cómo en un punto s'es ido

e acabado,

si juzgamos sabiamente,

daremos lo non venido

por passado.

Non se engañe nadie, no,

pensando que ha de durar

lo que espera

más que duró lo que vio,

pues que todo ha de passar

por tal manera.

Ahora, como dije, como lo dijo el mismísimo Manrique, todo es pasado.

EL FUTURO Y EL MIEDO.
Llegó a mí por insospechados caminos del éter una idea acerca del futuro que esbozaré apenas. La idea es más o menos esta: el futuro es el período de tiempo más estrechamente relacionado al miedo. ¡Claro! ¡Si parece una obviedad! Pero es por cierto llamativo que el futuro en el que deberían anidar las esperanzas sea el mismo en el que nos ciñe con sus garras el miedo. Pero claro, es imposible que el miedo se proyecte al pasado (y ya dijimos lo que opinamos de esa falacia del presente, así que mal puede afectar una cosa a otra si es que esta otra no existe).
No estamos hablando de un simple miedo al futuro, de una simple proyección. Estamos hablando simplemente del miedo en todo su poderío formal: según esta formulación filosófica, todo lo que hacemos tiene como razón ontológica el evitar algún daño físico o mental. Entonces el simple hecho de presentarnos a un concurso de méritos para determinado ascenso, o lo de anotarnos para el sorteo de un empleo estatal, todo, es una suerte de conjura (aunque mínima, claro) inspirada por el miedo. Y aquí recuerdo el miedo más profundo que todos nosotros tenemos con respecto a nuestro físico: una muerte lenta y dolorosa a una edad injusta. A tal respecto decía mi abuela, que no era filósofa en el sentido que algunos dan al término pero sí en el sentido que le dan otros: “que me muera durmiendo, que pase de un sueño al otro”. Y tuvo suerte: fue lo que le pasó.

viernes, 19 de junio de 2009

LOS LIBROS DEL 2009


La idea de esta entrada es una derivación muy menor de otra idea mucho más pretenciosa. La idea pretenciosa, original, sería la de armar un inventario de libros y/u obras leídos/as durante el transcurso de una vida. En ese caso, y en mi versión particular, comenzaría por una de esas ediciones condensadas del Viaje a la luna de Verne. Después seguiría por toda la colección de Patoruzú, Patoruzito, Iron Man, Conan, novelas de Salgari y todas y cada una de las novelas del oeste atribuidas a Marcial Lafuente Estefanía.
Pero ese no es el propósito de esta entrada.
La idea, mucho menos abarcativa por cierto, es realizar ese inventario de lecturas sólo en lo relativo a lo que va de este año 2009. Hay dos razones que me impelen: a) recuerdo muy bien los libros y autores que llevo leídos este año, y b) quiero saber qué han leído y qué pueden recomendar o no recomendar mis amigos. Es, si se quiere, un fin loable, y espero que alguno se sume a la propuesta en los comentarios o en los blogs particulares. ¡Arriba el bien público!
Acá va la lista de mis leídos del 2009 (ómnibus a Ismael Cortinas y a Rincón de la Bolsa mediante):


LA TRIBU DE LOS LAGOS, de Kathleen y Michael O´neal Gear. Para los que estuvimos en paisajes similares a los que se describen en el libro, es un goce. 986 págs.

EL VIAJE DEL ELEFANTE, de Saramago. Muy buena novela. Me gustó el tono del narrador y la historia ínfima llevada al límite de lo que puede dar. Con una vaca flaca Saramago puso un tambo modelo (¡qué símil más horrible…, por favor…!). 220 págs. más o menos, ahora lo tengo prestado.

LA ODISEA, de Homero. Muy recomendable. Para el IPA había preparado La Ilíada y La Eneida (de Virgilio) pero esta otra no les va en saga, y las supera en algo que bien podría denominarse “humor” si no estuviéramos hablando de épica grecolatina. 600 págs.

CALIDAD BAJO SOSPECHA, DE Ana Grynbaum. 189 páginas.

CONFESIÓN DE UN ASESINO, de Joseph Roth. Notable novela, notable escritor. Recomiendo a pies juntos. 141 págs.

FUGA SIN FIN, de Joseph Roth. Notable. En serio. Una mejor que la otra, aunque no sé cuál es la una y cuál es la otra. 119 págs.

DÍAS DE OCIO EN LA PATAGONIA, de W. H. Hudson. La verdad que no me hacía ninguna gracia leerme un libro de Hudson sobre pajaritos y valles y montañas y ríos… Pero este es un libro de Hudson acerca del hombre y la filosofía. No confundir. Es un gran libro, tal vez el mejor. Al mismo nivel de la Tierra purpúrea, sin dudas. 191 págs.

FRANCISCO ESPÍNOLA: ESCUCHANDO LOS FOGONES DE PACO, de Gloria Salbarrey. Sobrepasa lo que se propone y lo hace muy bien. De lo mejor que se ha escrito sobre Paco. 211 págs.

PEDRO PÁRAMO, de Juan Rulfo. Excepcional (¡Qué descubrimiento me he mandado!). 122 págs.

BLUES DEL RAJE, de Renzo Rossello. Entretenida novelita policial que carga con eso de “a la uruguaya”. Pero se lee muy bien. 109 págs.

LA VIDA ES SUEÑO, de Pedro Calderón de la Barca. Sólo para fanáticos. Sólo para aquellos que no quieran morirse sin haber leído la que es considerada obra cumbre del siglo de oro español. 112 págs.

jueves, 4 de junio de 2009

EL GOL DE DAMIÁN


Pensaba escribir una pequeña entrada sólo para recomendar la lectura del alemán Joseph Roth y para dejar constancia de que Días de ocio en la Patagonia, de Hudson, es un gran libro. Y así como en la semana en la que murió Benedetti no había para nosotros otro tema, en esta semana en particular se nos impone el hecho de que Damián haya obtenido el premio de Banda Oriental.
Hace tres o cuatro años alguien me prestó un libro de Henry Trujillo y mientras lo leía iba pensando en la siguiente formulación aproximada: ¡qué poderoso efecto el de un libro, que convierte la posibilidad de admiración (agrego hoy: o de aborrecimiento) en algo permanente. Claro que no es un pensamiento nuevo ni mucho menos. Lo mismo me sucede con Roth y la Confesión de un asesino, o la Fuga sin fin. O el mencionado libro de Hudson.
Y aquí voy llegando lentamente al punto: Damián ingresa a un mundo de como cuatro mil libros, y ese mundo, que es el mismo mundo en el que están Roth, Hudson y varios más, es un mundo de posibilidades infinitas. Esto, por supuesto, no lo convierte en escritor. Mal podría convertirse uno en algo que ya es, que ya era hace tiempo y sin libro, y aquí me remito a Barthes y aquello del écrivain y el écrivant.
Mi relación con Damián comenzó no de la mejor manera, hay que admitirlo. Tuvimos un cruce de opiniones que no quedó en esas sino que se fue intensificando hasta que él mismo, en un gesto que yo interpreto como de una gran, gran caballerosidad anacrónica, tuvo la idea de invitarme a presentar Eldor entre sus alumnos de Maldonado allá por el 2006. Y ahí está…, cuando uno lo conoce ya está. El tipo es un gran tipo. Y presumo que la literatura lo ha hecho así.
Para terminar, ¿qué siento con esto del premio de Damián? En un mundo como este, un mundo un poco raro, donde lo literario va a contrapelo, siento que es como si hubiéramos armado un equipo de fútbol. Yo al arco no voy, así que ahí voy a poner a Leo de León, por una cuestión de que es el único poeta, y bueno, esto es como en la canción de Jaime Roos. Yo voy de tres, al raspe. De cinco trancador, de esos que perfectamente puede meter una plancha que le duela hasta a sus propios compañeros, con amarilla permanente antes de salir, Ignacio. Pero en la delantera, ahí mis amigos, ahí es donde tenemos la crema: Leo Cabrera por izquierda y DGB por derecha, con la variante de que los tipos se entienden tan bien que son capaces de cambiarse, armarse jugadas para ellos mismos y hacer cosas en las que uno parece el otro. La macana es que no les importa un pito ganar o perder. Ellos, los muy locos, juegan para divertirse. Menciono a todos para que nadie quede afuera: a Valentín (¿Valentín?) parece que lo perdimos en algún cuadro del exterior (¿y cuánto nos durarán Cabrera y González Bertolino antes de un pase millonario?). Y tenemos a un suplente de lujo que, como casi todos los suplentes, puede llegar a jugar mejor que cualquier titular y espera agazapado a que el técnico (una mezcla entre Raviolo y el maestro Tabárez) decida finalmente ponerlo: el Archiduque. Obviamente que nos interesa sumar jugadores y jugadoras, sobre todo en puestos donde a lo mejor estamos un poco perjudicados. Fernanda: la camiseta 10 es tuya cuando quieras.
Esta vez el gol le tocó a Damián, pero celebramos todos.

jueves, 21 de mayo de 2009

VÍBORAS, AUTOS, MIRADAS Y ACCIDENTES

VÍBORA I

Estábamos con mi suegro trabajando. Me estaba ayudando a construir una explanada de ladrillo al costado de la vereda de nuestra casa en la cooperativa de viviendas que, como ustedes ya sabrán, queda en los confines de San José, en una zona apartada, casi rural. Un docente y un hombre que sabe mucho de leche metidos a albañiles…, había que vernos… De repente mi suegra grita desde la puerta principal, grita dos veces y vuelve a entrar. Enroscada al lado de la bicicleta de Alejandra había una víbora.Mi suegro, presto a demostrar su hombría de bien, tomó la escoba y se dirigió al lugar rodeando la casa. La mató en una serie inacabable de escobazos en la cabeza mientras yo observaba anonadado. La víbora estaba a medio metro de la puerta y a uno de la ventana de nuestro cuarto, donde dormimos con el Santi unas regias siestas todas las tardes menos los miércoles. La pregunta es cómo llegó hasta allí. ¿Vino del lado del campo? Eso no sería lógico pues estaba del otro lado de la casa. ¿Atravesó toda la cooperativa? Tampoco sería muy lógico que nadie la hubiera visto a través de la rústica y siempre poblada de niños plazoleta. No sé si conviene hacerse más preguntas...No era venenosa, creemos. Creemos que era una falsa crucera.Creemos. Y no nos hacemos más preguntas.

EL ACCIDENTE CON SUERTE

Febrero.Habíamos ido a la playa en el auto que tenemos, un Opel del 67 que de motor anda espectacular y no paga patente. Hicimos sesenta quilómetros. Después de un par de días allí (Brisas del Plata se llama el balneario, que es el más tranquiiiiloooo del muuuundoooo, puedo jurarlo) decidimos que iríamos a Colonia. Fuimos un sábado. Ciento ochenta quilómetros ida y vuelta desde la casa de la playa. Volvimos a los dos días a San José. Sesenta más.Paramos el auto.Al otro día voy al centro en él. Paso calle Herrera y, a la salida de una esquina, a dos quilómetros de mi casa, a quince quilómetros por hora, se rompe la rótula de la rueda delantera. Siento un breve espanto y a la vez un alivio. Dios o quien sea que hace estas cosas, estaba de nuestra parte, aun no estándolo.

MIRADAS

Hace un par de años hubo un encuentro tuning en San José. Alejandra, que es Lic. en diseño gráfico, le hizo carteles en vinilo para tunear autor a unos cuantos impertinentes. Muchos de ellos no le pagaron, por lo que perdimos algún dinero. El otro día vi a uno de ellos en una peluquería. Le sostuve la mirada dos segundos hasta que el tipo me reconoció e inmediatamente bajó los ojos. Se instaló una incomodidad de la que disfruté muchísimo. Disfruté en serio.
Disfruté.
Disfruté hasta que me acordé de algo. Resulta que éramos jóvenes. Tendríamos diecisiete años. Volvíamos de una noche de comida y bebida en la casa de uno de los de la barra. Pasamos por el bar Mahoma, en la esquina de la Plaza Treinta y Tres. No teníamos un mango pero igual pedimos una cerveza. Yo, yo mismo, le dije al mozo que al otro día de tardecita venía y se la pagaba. Como rematan los viejos: ¿ustedes fueron…?
Ya no pude disfrutar. Es más: creo que terminé perdonando al tipo, que por supuesto no tuvo cómo enterarse y siguió con la mirada baja, humillado.

VÍBORA II

En Brisas del Plata hay víboras venenosas. Yararás. Pican y enseguida hay que atenderse. Si no, hasta luego.
Como toda la vida he ido a veranear a esa playa, he tenido la suerte de toparme con alguna a la que he tenido que matar. Una vez estaba afeitándome en el baño. De repente miro hacia abajo y la tipa venía despacito, pronta para enroscarse. Había entrado por la puerta que yo había dejado sin cerrar para que se ventilara el baño. Había venido desde el terreno de más arriba, donde había pastos altos.
Otra vez, muchos años antes, habíamos ido a pasar unos días con una barra a una casa que nos habían prestado. Bajábamos a la playa cuando se nos cruzó en el camino otra yarará, una enorme, gruesa como un brazo pero mucho más larga. Se enroscó al costado del camino como diciendo el primero que pase la queda. De alguna manera me sentí responsable de los otros, que eran un poco más chicos y no conocían el lugar como yo. Como en la casa había una escopeta y cartuchos en la mesa de luz (es verdad, pero ¿a quién se le ocurre prestarle una casa a un grupo de jóvenes sin advertirles o al menos pedirles que no usen las armas? Por suerte éramos más o menos normales…), uno de mis amigos, Nacho Costa, fue a buscarlos mientras el resto y yo vigilábamos a la paciente criatura que se aguantó.
Llegó la escopeta. El caño estaba sucio. Mi abuelo, siendo niño, me había dicho que si el caño estaba sucio no se podía disparar porque podía estallar hacia atrás y volarte la cabeza. Miércoles… Tuve que agarrar un pedazo de papel higiénico y, con una vara, pasarle bastantes veces al caño.
Metí el cartucho.

Me acerqué a dos metros más o menos.
Apunté.
La víbora seguía enroscada, esperando la muerte.
Apreté el gatillo.
No salió el tiro.
Nacho me dijo: me parece que no la amartillaste.
Lo quedé mirando.
Tenés que hacerle ese cosito para atrás, me dijo.
Ah…
Al final salió el tiro. Por suerte no me machucó el hombro ni nada. Como eran perdigones, la víbora saltó partida como en cuatro pedazos. Me dio mucha, mucha lástima. Pero después me dijeron que no se podían dejar vivas. Que si pican a alguien en la noche, eso sí era la muerte, y más allí, a veinte quilómetros de cualquier cosa.
Algo más tranquilo me fui. Cuando regresábamos, en una camioneta que nos había ido a buscar, la camioneta de un padre, vimos otra en el medio del camino, a la que convenientemente atropellamos.
De esa última no me hago responsable.

lunes, 18 de mayo de 2009

LLORANDO DE A RATOS...


Estoy llorando de a ratos y me pregunto por qué. No debería preguntarme nada, pero lo hago.
Lloré cuando anoche leía por Internet los primeros coletazos de la muerte de Benedetti. Lloro ahora que están repitiendo algo que dicen que dijo Saramago. Después vendrán Serrat, Viglietti y Mutis.
La última vez que me sentí así fue cuando murió Seregni y empezaron a mostrarlo desde el balcón de su casa la noche del día en que lo liberaron. Es decir, hace cinco años que no me sentía de esta manera.
Debo prevenirlos acerca de que no es una mala manera. Mi ser romántico está de parabienes. Mi emotividad a flor de piel.
Igual hay algunas cosas que me generan mucha incomodidad. Por ejemplo, esa cuestión de amor-odio que genera Benedetti. Unos lo aman, la mayoría digamos. Otros lo odian. No… Otros lo ningunean, que a lo mejor es una forma del odio. Pero pocos llegan a plantear algo concreto en cuanto a juicio estético sobre su obra. Parece que Benedetti para unos era un iluminado y para otros era un escritor básicamente malo, siempre a la sombra de Onetti que, ese sí, ya se las tiene que ver con el mote de vaca sagrada, mal que le pese, por supuesto. Pero claro, Onetti es “oscuro”, Onetti es “difícil”, exige de los críticos un nivel académico superior, etc., etc. Quiero ser claro en dos aspectos: Onetti se refregaría estas consideraciones, y Benedetti es mucho más reconocido en el mundo que Onetti. Damián González Bertolino en su blog lo dice muy bien: era famoso y punto.
En definitiva: era famoso, vivía de escribir, escribía bastante, le gustaba a la gente, su prosa y sus versos suelen ser diáfanos… Conclusión: para una crítica uruguaya enloquecida por el malhumor y la oscuridad, era demasiado. En Argentina, no lo dudo, Benedetti estaría al lado de los demás íconos del siglo pasado (Cortázar, Borges, Bioy, Sábato), ocupando un nicho de mercado distinto al de ellos, pero en la misma primera línea de fuego. En Uruguay está solo. Ni siquiera Onetti se le arrima.
Lo más gracioso es que es el mismo Benedetti el responsable, al menos en parte, de estas posturas críticas que aquí expongo. Él mismo fue un amargo crítico en la mayoría de las ocasiones.
Otro lado por el que se le pega es la cuestión del compromiso. Campanella, su biógrafa, dice que su compromiso fundamental no es el político sino el literario. Discrepo: su compromiso principal es el político. Y la literatura él la usó para transmitir ideas, vivencias y cuestiones políticas. ¿Y cuál es el problema? ¿Acaso uno no puede hacer eso? El problema no es hacerlo o no hacerlo sino hacerlo bien o hacerlo mal. Y esta es la diferencia entre Benedetti y Galeano. ¿O la Construcción de la muralla china de Kafka, en toda su oscuridad, no es un documento político? ¿Acaso no lo son la mitad más uno de los poemas de Quevedo? ¿Las novelas de Pérez Galdós? ¿Fuenteovejuna? ¿Los consejos del Quijote a Sancho?
Todo esto me genera incomodidad, como decía arriba. Es una incomodidad que podría llevar el adjetivo de crítica. Pasa con Benedetti lo que pasa con los cuadros de fútbol, las murgas y los movimientos políticos: no se analiza el discurso (en el caso del fútbol, el transcurso) sino que la razón se adjudica por medio del mecanismo de la hinchada. Para mí Benedetti escribió cosas muy buenas y otras que son mediocres. Y si me apuran, lo bueno fue menos cantidad que lo malo. Pero fue muy bueno.
Finalmente quiero plantear otra incomodidad: hay discursos que me resultan chocantes a estas horas. Yo sé que Galeano era un amigo entrañable de Benedetti, pero igual me rechinan sus palabras, eso que dijo de la “inflación palabraria” o lo de que “el dolor se dice callando”, y al otro día, en vez de callar, saca una primera página en tremendo diario argentino. ¿Dónde está ese respetuoso silencio? Pero también apareció Mercedes Vigil diciendo que aquí la crítica no le hizo justicia a Benedetti porque era muy popular. Acarreó agua para su molino Mercedes, pues a ella le sucede algo similar.

Uf… Salí de todo esto que me tenía atragantado. Ahora me voy a ver la tele. Quiero llorar un poco más por alguien que lo merecía. Quiero emocionarme con la vida de alguien que escribió.

sábado, 9 de mayo de 2009

DESDE HACE UN AÑO, SANTIAGO…


Puedo creer o no creer en Dios. Elijo hacerlo o no hacerlo, al modo sartreano. Pero a mí el que me gusta es Pascal: conviene que Dios exista, así que entre que sí y que no, es mejor elegir que sí. Pascal: ni siquiera Descartes y esa absurda segunda proposición. Todo un rascacielos lógico de siglos sólo para admitir que la razón no puede con esa historia de Dios.
Una vez, no…, dos veces, sí, tuve muertes cercanas. De la primera se cuentan once años. De la segunda sólo dos. Muertes injustas de personas que no debían morir. No en un mundo en el que hay un dios. Un Dios. Recuerdo aquellos años como si hubieran sido parte de otra vida. Mía, cómo no, pero a la vez de otro. Me recuerdo peleado con cualquier idea trascendental o esotérico-mística. Siempre elaborando teorías acerca de la obvia creación de los dioses por parte de los hombres. Dioses a imagen y semejanza de nosotros, pobres criaturas que en cualquier momento morimos. Recuerdo haber aceptado la autoinvitación que dos mormones se hicieron a mi casa. Recuerdo haber estudiado todo acerca de los mormones y sus dudosos hábitos conyugales sólo para complicarlos con preguntas capciosas y razonamientos irrebatibles donde ni una pizca de fe era admitida. Recuerdo haberles hecho confesar que habían venido desde Estados Unidos porque así zafaban de cualquier amenaza de conscripción. Recuerdo que sentí placer al provocarles la confesión, que era la confesión de que Dios, ni siquiera en su versión de Utah, existía. Recuerdo, además, vanagloriarme delante de un amigo por tal hazaña.
Pero hace un año nació Santiago.
¿Quién puede explicarme esta profunda desazón en mi alma?
Hace un año nació Santiago y ahora sé que a pesar de mis ideas, a pesar de mi pétrea y encaprichada voluntad de negación, de los crímenes de la Iglesia, de las atrocidades denunciadas por Bartolomé de las Casas contra los indios americanos, a pesar de Sartre y su ojo estrábico (que un poco mira de soslayo hacia el cielo, por las dudas no le venga un rayo fulminante), a pesar, digo, de las muertes cercanas y lejanas, de los hijos de Lugo cuando era obispo, del pasado nazi de Benedicto, del pastor que vende jabón milagroso, hay un Dios. Y me lo encuentro todas las noches. Con cada uno de mis dedos rezo un Padre Nuestro, un Ave María, un Ángel de la Guarda, y dos oraciones que yo mismo me inventé, y me duermo tranquilo, pensando en el Santi, en lo mucho o en lo poco que lo vi ese día, en si dormimos juntos la siesta o no, en si está con gripe o sólo es moquillo.
No me importan ni Sagan, ni Voltaire, ni Nietzsche. Ni Mel Gibson y su espantosa película. Ni siquiera mis amigos ateos a quienes una vez me uní y ante quienes me excuso por mi imperdonable traición: creo en Dios.
Anacrónico, fuera de moda, esnob, políticamente incorrecto. No me importa: creo en Dios. Y no es por afectar rebeldía… Es sólo que no puedo hacer otra cosa.
Creo sinceramente en un estado de felicidad del ser humano que merece ser eterno.
Creo en eso desde hace un año.

lunes, 4 de mayo de 2009

LEYENDO CON EL ENEMIGO


Estoy leyendo una novela uruguaya HORRIBLE. Un mamotreto de doscientas páginas insoportable, espantoso. ¿Cómo una editorial puede jugarse a editar algo así? Los diálogos son para descostillarse de risa. El adjetivo inverosímil sería un elogio aplicado a estos personajes y estos sucesos. Pero no les diré el nombre. Sólo les diré que la acción transcurre en Montevideo y que se trata de algo así como una…, no, pobre, no digamos más nada. Dejemos en paz al/la autor/a y a la consabida editorial de llamativo nombre, seamos por una vez perfectos caballeros y abandonemos a su suerte a estas páginas innombrables.
Sólo esbozo una reflexión final en formato pregunta: ¿por qué diablos sigo leyéndola si no me gusta, no me atrapa, no me parece ni siquiera bien escrita? Creo que lo hago por puro morbo, para regodearme en el hecho de que, ahora sí, confirmado y requeteconfirmado, hay alguien en Uruguay que escribe mucho, pero mucho peor que yo, e igual lo/a publican. ¡Vamos arriba esa mediocridad!
Tengo un elogio para decir sobre el/la autor/a: tiene, inteligentemente, otra profesión, y aparentemente es bueno/a en ella, lo que nos asegura que no tiene todo el tiempo del mundo para escribir. Uf…
Por plantearlo en términos futbolístico-televisivos, terrible S P.