
(El siguiente texto forma parte de mi columna semanal del Primera Hora en San José.)
Domingo. 11 a.m. estamos con familia extendida, cocinando y hablando de bueyes perdidos, como los viejos. Es que estamos todos más viejos. Santiago y su primo Andrés, que se llevan cinco meses, lo dejan en evidencia.
Daniel (padre de Andrés), que es un músico amateur bastante aventajado, deja la guitarra y dice:
-Che… ¿cómo habrá estado la pelea de Chris Namús?
-No sé –respondo-. Ni quiero saber.
Pero a lo mejor sí quiero, porque un minuto después estamos en el cuarto de la computadora en internet. Ya sabemos que la uruguaya perdió por nocaut y nos aprestamos a ver el episodio en el youtube.
CATARSIS Y PULSIONES AGRESIVAS. Me da un poco de vergüenza admitir que no sentí lástima por lo que le estaba pasando a la boxeadora. La colombiana, una negra fortachona y reconcentrada (cero futuro en el espectáculo, eso sí) había desatado una maraña de golpes sobre el rostro angelical de nuestra púgil más famosa que ahora se debatía entre el desmayo y la desazón. El público hizo un silencio de luto, como si en vez del Palacio Peñarol se tratara del Maracaná hace cincuenta y nueve años.
Viendo todo aquello comienzo a pensar que alguien está loco y no soy yo. Muchas veces pienso en esto, aclaremos, pero en este caso particular mi convicción es acérrima: todos los que practican deportes como el boxeo, todos los que pegan y se hacen pegar en público y a veces frente a cámaras que transportarán las imágenes hasta millones de cerebros, bueno, esos tipos están locos. Y además son parte de un negocio. Y que quede claro lo siguiente: justifico y comparto la buena cosa que es practicar algún deporte relacionado con la defensa personal. Lo que no justifico es que ver a dos personas atacarse hasta la anulación esté bueno.
La pregunta que guíe nuestra reflexión debería ser: ¿por qué nos gusta el boxeo? ¿Por qué nos gusta ver que dos seres humanos se hagan daño con sus propias manos y después se saluden como si fueran caballeros de honor en la mesa redonda del Rey Arturo o damiselas ridículas y preciosas de las cortes de los últimos Luises? Para la respuesta conviene ir a la psicología. A una rústica psicología de almacén que le haga justicia a esta sección: ¡estamos haciendo catarsis! Es decir, cambiamos de estado una pulsión agresiva que está dentro de nosotros y la volcamos hacia un mundo entre simbólico y real representado por los combatientes de ocasión. Está claro que si a mí me gustara el boxeo no serviría para otra cosa que para hinchada. No sé lo que es pegarle a alguien más allá de aquellas escaramuzas escolares o liceales que todos acometimos. Aún así, a través de este fenómeno, me queda la posibilidad de participar aunque sea desde cierta lateralidad.
Para explicar de forma mínima esta posibilidad, digamos que la catarsis es un fenómeno que tanto puede darse en el deporte como en las artes y consiste en un sutil mecanismo de identificación entre los protagonistas de determinado antagonismo (las dos palabras vienen del gr. agón, “lucha”) y los espectadores. Un efecto de la catarsis se da, por ejemplo, cuando nosotros, que nunca fuimos asesinos ni se nos pasa por la cabeza tolerar la idea de la pena de muerte, sentimos un goce intensísimo cuando el personaje principal mata al malvado. En términos del deporte, la catarsis se da cuando nos identificamos con tal o cual equipo o tal o cual boxeador. Por eso, hace siete días, miles de personas quedaron calladas, porque esas miles de personas (¿tres mil?, ¿cuatro mil?) eran de alguna forma Chris Namús y creían en lo que ella representaba.
Ahora bien…, la que estaba allí para recibir los golpes era ella sola. Y no porque alguien se lo hubiera pedido. Lo más terrible es que ella quiso, de alguna manera, recibirlos. Y por supuesto que todos nosotros, también de una forma u otra, queríamos que los recibiera.
OTRA VEZ EL FÚTBOL. El boxeo o las competencias de taek-won-do (espero que se escriba así y no suscite mi ignorancia un castigo por demás inapropiado a mi status pacifista) llevan implícita la idea de la violencia. Todos los concurrentes a esos “espectáculos” saben que va a haber golpes, caídas, sangre e incluso muerte. Van justamente a ver eso, y como van de a miles, mi reproche hacia los avances de nuestra especie quiere ser recalcitrante. Pero cuando alguien va a presenciar un partido de fútbol, por más que el mecanismo de la catarsis sea bastante similar, espera ver cuestiones más estéticas, moñas, goles, caños, fintas, etc., relacionadas todas a una manifestación de la inteligencia corporal. Uno generalmente no espera encontrarse con golpes. He aquí sin embargo que en cuatro días dos equipos de fútbol uruguayos participaron de sendos juegos (juegos…) que, tras episodios de violencia explícita, no pudieron completarse.
Vayamos a Peñarol. Parece que un jugador del cuadro rival le deja la mano enganchada a un mediocampista aurinegro. Éste reacciona de forma bastante exagerada y arremete a golpes de puño contra el otro. Vienen los demás, se arma batahola y cada cual para su casa… En el caso de River Plate la cosa fue aún más lejos: un hincha del equipo contrario (Blooming de Bolivia) penetra en el campo de “juego” y le tira el cuerpo arriba a un jugador albirrojo.
En ambos casos lo que se desdibuja es el sistema de catarsis. En el caso del jugador de Peñarol que reacciona contra el otro, lo correcto, lo simbólicamente correcto, hubiera sido jugar mejor y a través de ese comportamiento vengar de forma simbólica la violencia recibida de forma real. En el caso del hincha, lo que sucedió es que dejó de sentirse representado por los integrantes del equipo de sus simpatías y entonces, no teniendo la posibilidad de esa catarsis simbólica, actuó irrumpiendo en el plano de la realidad.
Como se ve, cada vez andamos más cruzados.
Daniel (padre de Andrés), que es un músico amateur bastante aventajado, deja la guitarra y dice:
-Che… ¿cómo habrá estado la pelea de Chris Namús?
-No sé –respondo-. Ni quiero saber.
Pero a lo mejor sí quiero, porque un minuto después estamos en el cuarto de la computadora en internet. Ya sabemos que la uruguaya perdió por nocaut y nos aprestamos a ver el episodio en el youtube.
CATARSIS Y PULSIONES AGRESIVAS. Me da un poco de vergüenza admitir que no sentí lástima por lo que le estaba pasando a la boxeadora. La colombiana, una negra fortachona y reconcentrada (cero futuro en el espectáculo, eso sí) había desatado una maraña de golpes sobre el rostro angelical de nuestra púgil más famosa que ahora se debatía entre el desmayo y la desazón. El público hizo un silencio de luto, como si en vez del Palacio Peñarol se tratara del Maracaná hace cincuenta y nueve años.
Viendo todo aquello comienzo a pensar que alguien está loco y no soy yo. Muchas veces pienso en esto, aclaremos, pero en este caso particular mi convicción es acérrima: todos los que practican deportes como el boxeo, todos los que pegan y se hacen pegar en público y a veces frente a cámaras que transportarán las imágenes hasta millones de cerebros, bueno, esos tipos están locos. Y además son parte de un negocio. Y que quede claro lo siguiente: justifico y comparto la buena cosa que es practicar algún deporte relacionado con la defensa personal. Lo que no justifico es que ver a dos personas atacarse hasta la anulación esté bueno.
La pregunta que guíe nuestra reflexión debería ser: ¿por qué nos gusta el boxeo? ¿Por qué nos gusta ver que dos seres humanos se hagan daño con sus propias manos y después se saluden como si fueran caballeros de honor en la mesa redonda del Rey Arturo o damiselas ridículas y preciosas de las cortes de los últimos Luises? Para la respuesta conviene ir a la psicología. A una rústica psicología de almacén que le haga justicia a esta sección: ¡estamos haciendo catarsis! Es decir, cambiamos de estado una pulsión agresiva que está dentro de nosotros y la volcamos hacia un mundo entre simbólico y real representado por los combatientes de ocasión. Está claro que si a mí me gustara el boxeo no serviría para otra cosa que para hinchada. No sé lo que es pegarle a alguien más allá de aquellas escaramuzas escolares o liceales que todos acometimos. Aún así, a través de este fenómeno, me queda la posibilidad de participar aunque sea desde cierta lateralidad.
Para explicar de forma mínima esta posibilidad, digamos que la catarsis es un fenómeno que tanto puede darse en el deporte como en las artes y consiste en un sutil mecanismo de identificación entre los protagonistas de determinado antagonismo (las dos palabras vienen del gr. agón, “lucha”) y los espectadores. Un efecto de la catarsis se da, por ejemplo, cuando nosotros, que nunca fuimos asesinos ni se nos pasa por la cabeza tolerar la idea de la pena de muerte, sentimos un goce intensísimo cuando el personaje principal mata al malvado. En términos del deporte, la catarsis se da cuando nos identificamos con tal o cual equipo o tal o cual boxeador. Por eso, hace siete días, miles de personas quedaron calladas, porque esas miles de personas (¿tres mil?, ¿cuatro mil?) eran de alguna forma Chris Namús y creían en lo que ella representaba.
Ahora bien…, la que estaba allí para recibir los golpes era ella sola. Y no porque alguien se lo hubiera pedido. Lo más terrible es que ella quiso, de alguna manera, recibirlos. Y por supuesto que todos nosotros, también de una forma u otra, queríamos que los recibiera.
OTRA VEZ EL FÚTBOL. El boxeo o las competencias de taek-won-do (espero que se escriba así y no suscite mi ignorancia un castigo por demás inapropiado a mi status pacifista) llevan implícita la idea de la violencia. Todos los concurrentes a esos “espectáculos” saben que va a haber golpes, caídas, sangre e incluso muerte. Van justamente a ver eso, y como van de a miles, mi reproche hacia los avances de nuestra especie quiere ser recalcitrante. Pero cuando alguien va a presenciar un partido de fútbol, por más que el mecanismo de la catarsis sea bastante similar, espera ver cuestiones más estéticas, moñas, goles, caños, fintas, etc., relacionadas todas a una manifestación de la inteligencia corporal. Uno generalmente no espera encontrarse con golpes. He aquí sin embargo que en cuatro días dos equipos de fútbol uruguayos participaron de sendos juegos (juegos…) que, tras episodios de violencia explícita, no pudieron completarse.
Vayamos a Peñarol. Parece que un jugador del cuadro rival le deja la mano enganchada a un mediocampista aurinegro. Éste reacciona de forma bastante exagerada y arremete a golpes de puño contra el otro. Vienen los demás, se arma batahola y cada cual para su casa… En el caso de River Plate la cosa fue aún más lejos: un hincha del equipo contrario (Blooming de Bolivia) penetra en el campo de “juego” y le tira el cuerpo arriba a un jugador albirrojo.
En ambos casos lo que se desdibuja es el sistema de catarsis. En el caso del jugador de Peñarol que reacciona contra el otro, lo correcto, lo simbólicamente correcto, hubiera sido jugar mejor y a través de ese comportamiento vengar de forma simbólica la violencia recibida de forma real. En el caso del hincha, lo que sucedió es que dejó de sentirse representado por los integrantes del equipo de sus simpatías y entonces, no teniendo la posibilidad de esa catarsis simbólica, actuó irrumpiendo en el plano de la realidad.
Como se ve, cada vez andamos más cruzados.
