sábado, 21 de agosto de 2010

EL DIOS VERDE (lo real maravilloso)


Ficción basada en sucesos de la realidad que me fueron referidos el año pasado por gente amiga de Ismael Cortinas. Cada vez que hay un muerto en la villa, los viejos tiemblan y se miran con angustia. A ellos va dedicado este post.

Todavía funcionaba el tren. Vagones viejos, sí, pero andaban. A su paso los rieles temblaban, los pájaros huían, los árboles se cimbraban y hasta era posible, en ciertas épocas más que en otras, que algunos hombres se arrojaran a sus miriñaques y salieran aliviados y por la puerta de atrás de este valle de lágrimas en el que se ha convertido el mundo en los últimos mil o dos mil años. Yo había escuchado acerca del Dios Verde desde que era niño. El asunto no aparecía muy claro pero algunas cosas se sabían y las que no se inventaban. Entre unas y otras aparecían varias muy llamativas: el Dios Verde tiene una capa de hojas de plátano que no le deja pasar la lluvia, el Dios Verde tiene una barba de medio metro, las orejas del Dios Verde escuchan mejor cuando está dormido, al Dios Verde hay que hacerle una ermita en cada pueblo por el que pasa, si no se la hacen no llueve más nunca, si no se la hacen llueve al momento de madurar el trigo y el grano se pudre, si al Dios Verde le viene tos hay que darle un litro de espinillar y dejarlo solo en una habitación sin ventanas a la calle, en una habitación sin ventanas y con un perro, en una habitación con las ventanas cerradas y con un gato, si el Dios Verde te mira a los ojos sabe cuándo fue la última vez que hiciste algo malo y le dice a Dios, es decir, al otro Dios, si el Dios Verde toca a una mujer virgen que se haya desarrollado la deja embarazada, si la mira fuerte la embaraza igual, si quiere puede parar la tormenta y dejarla perchada en el horizonte hasta que el ganado se acomode en los montes, si el Dios Verde quiere comer hay que llevarle huevos de toro recién capado, apenas cocinados en brasas y pasados por salitre, nunca dejen a una mujer sola con el Dios Verde.
Todas estas cosas tan difíciles de congeniar con el sentido común se decían acerca de este hombre fabuloso que ya debía andar por los cien años, poco más o menos. Pero nunca había estado en Ismael Cortinas. El tren pasaba, claro, pero no era una de esas estaciones que invitaran al descenso, precisamente. Las plantas del Dios Verde aún no habían hollado nuestros verdes prados ni nuestras fangosas calles. Algunos en el pueblo lo habían visto en coincidentes viajes pero nunca se habían atrevido a hablarle ni siquiera para saludarlo. Yo creo que era el miedo y el desconocimiento, que al fin y al cabo vienen siendo cosas muy de suyo parecidas.
En una reunión de la Junta alguien dijo que sería bueno invitarlo a pasar unos días en el pueblo, que atraería mucha gente, que en Ombúes de Lavalle cada vez que va aprovechan para vender choripanes y tortas fritas y que nosotros podríamos hacer otro tanto, etcétera, etcétera. Enseguida alguien se opuso: que si viene vamos a tener que hacerle una ermita, que si no se la hacemos nunca más esto, nunca más lo otro, que apróntense para tantas y cuantas mujeres embarazadas sin saber por qué, niños sin padres y tantos otros barbarismos inexplicables. Hasta que por fin primó la cordura y el Secretario de la Junta, que venía de Trinidad -una ciudad- y por tanto se había fraguado mejor en los calores políticos, propuso que la próxima vez que alguien lo viera en el tren no dudara en invitarlo a bajar y a quedarse en su casa con todos los gastos pagos, gastos que después le serían reembolsados por la municipalidad.
Una fría mañana de julio se operó el milagro. Los que allí estaban, curioseando, pudieron ver la imponente figura de un hombre escondido tras una capa de un verde raído ya casi marrón. Varios crucifijos colgaban de su cuello sin llamar la atención, y otros tantos bártulos tintineaban en sus bolsillos componiendo una serie de figuras auditivas similares al paso de una tropa que llevase varias vacas con cencerros. El hombre, que a decir verdad adjetivarle de imponente sería, ahora que lo veo, tal vez una exageración, no medía más de metro sesenta, no era robusto y no aparentaba tener fuertes miembros. Si alguna vez había trabajado en la tala de montes, como llegó a decirse, eso habría sido hacía tiempo, y justamente el tiempo había provocado el desgaste de sus otrora musculosos miembros, de suerte que lo que los habitantes de la Villa vieron aquella mañana no era ni por asomo lo que se habían imaginado.
El Dios Verde, ante la sorpresa del público, habló en un castellano típicamente deformado por los usos de estas regiones, es decir, como cualquiera de nosotros, con una voz que, además, no se destacaba por nada. Digamos entonces que, salvo por la capa, que descollaba más por la mugre que por su verdor, aquel hombre no era más que eso, un hombre, e incluso menos a juzgar por su debilidad manifiesta a la hora de caminar, y ciertamente incapaz no ya de embarazar alguna mujer sino incluso de demostrar un mínimo interés en tales menesteres. Pidió hablar con la autoridad y todos quedaron en blanco hasta que a alguien se le ocurrió llevarlo hasta la Junta y presentarlo al Secretario, que, como había venido de Trinidad, tal vez fuera el único que podría actuar con entusiasmo ante la decadencia de las expectativas forjadas de antemano.
No hay palabras para declarar la perplejidad reflejada en la cara del Secretario. A la sorpresa habría que agregarle la mala noche que el funcionario confesó haber tenido horas antes y que lo condicionó a cierta estupidez a la hora de hablar, más bien balbucear, delante del enviado divino.
Nadie supo qué habían hablado el Dios Verde y el Secretario de la Junta. Este último, aduciendo un supuesto pedido de reserva del anciano, se excusó ante todos y personalmente lo condujo hasta el cementerio, donde lo dejó. Nadie, a no ser el empleado del municipio que por las tardes se encargaba de abrir y cerrar la reja, vio en más al viejo. Según el relato de este hombre el Dios Verde se paseó por todas y cada una de las tumbas, miró y remiró los nombres y las fechas, como si sólo le importara de Ismael Cortinas lo que ya no estaba vivo, ese otro mundo de cosas que fueron y dejaron de ser, y según dicen eso es lo que les pasa a los viejos, que suelen tener más que decir de las cosas que ya no están que de las que aún pueden verse, olerse o tocarse. Llegó la hora de trancar el cementerio y el hombre lo hizo como siempre lo había hecho: rápido y pensando en irse a su rancho a tomar mate con la mujer. El Dios Verde no se veía por ningún lado. De seguro estaría detrás de alguno de los pinos, pero él tenía que irse y el Secretario le había dicho que lo dejara disponer según su antojo.
Era la noche más corta del año: víspera de San Juan. Varios vecinos se juntaron en el centro de la villa y encendieron una fogata que entonces les pareció por cierto regia y apropiada. Alguien no demoró en aparecer con una damajuana de vino casero y jarros de vidrio craquelado. Otros surgieron de galpones, casas y salones con chorizos secos, longanizas, salchichones, quesos de chancho, patés de hígado, y se pusieron a charlar sobre las carneadas o a dar voces sobre la mala campaña de Arroyo Grande en el campeonato de la capital o a quejarse del abigeato nocturno. En aquel jolgorio nadie recordaba que a quinientos metros de allí, en el cementerio, un hombre estaba encerrado con los muertos…
Al otro día el Dios Verde había desaparecido. Colgada de una rama de pino había quedado la raída capa, único vestigio de su paso por el pueblo. Varias tumbas habían sido abiertas y después vueltas a cerrar. Esa mañana Eleomar Pérez, a quien años después llamarían Lito Pérez, se levantó de su cama de colchón de paja y miró a su madre y le dijo algo que el tiempo probó como una gran verdad: “en este pueblo en cuanto muera uno mueren tres”. Y esas fueron, a los siete años, las primeras palabras que dijo en su vida.
Desde entonces, no bien muere alguien en la villa, el resto de los habitantes comienzan a mirarse por el rabillo del ojo, desconfiados, y los hijos culpables corren a ver a sus ancianos padres, por las dudas…



Nota: la foto - de muy mala calidad- que acompaña este post es de una de las varias esculturas que se han hecho en homenaje al Dios Verde a lo largo de su recorrido por la zona centro-de nuestro país. En este caso se trata de una talla en el tronco de un árbol.

jueves, 19 de agosto de 2010

FRAGMENTOS DE UN POEMARIO EN PROCESO


I

Recuerdo una esquina
y un niño atravesando el tiempo
y dos manos que empujan
y otra vez la esquina
y recuerdo la primera vez que recordé
allí, frente a la eterna plaza de armas
por la que otros soldados del tiempo
otros enfermeros de las palabras
otros, en fin,
por la que otros pasaron en tiempos
ni mejores ni peores.


II

Recuerdo un muro y un cinto presto
la cuchilla que corta la masa
como una guillotina a destajo
aquella de Robespierre que no dormía
el taconeo de una mujer rubia
una mujer que toca el piano por las tardes
y por las mañanas taconea por la vereda
esa mujer es buena
por añadidura vuelve con el bolso y el pan
desliza sus dedos por la superficie rugosa
toma un trozo y se lo da al niño que recuerdo
que es el niño que tal vez no fui.


III

Ni me dieron ni me quitaron
entonces
en la impositiva de la infancia
mi saldo es cero, cero, cero
parece como si estuviera hablando
de aquel bollón de bolitas que tenía
que supo tener
más de doscientas y que ahora
no hay ni bolitas ni bollón ni nada
cero, cero, cero.

Cero.

IV

La nada.
La nada ni nadie.
La nada de Adán. Mi hermano, Adán.
Mi madre llegó con algo en los labios
y lo soltó sobre la mesa
y mi padre…
mi padre…
no recuerdo qué dijo mi padre
porque de mi padre sólo recuerdo
que un día llegó con un bidón anaranjado
con una calavera en un costado
y la palabra que debía hacer juego con esa calavera
sólo que no la recuerdo, aunque tal vez fuera
por qué no
danger
peligro de muerte
ojo la muerte
y esa es la enseñanza que recuerdo de mi padre
y no es poco por cierto
pero cuando mi madre vino con aquello
con aquellas palabras enjauladas y las soltó
como quien suelta un pájaro en un salón de fiestas
bueno
aquellas palabras me gustaron, creo,
aunque no las recuerdo sí recuerdo que me hablaban
decían “hermano” por algún lado
decían Adán
que es lo mismo que la nada al revés
o sea, el todo.

lunes, 16 de agosto de 2010

PROPUESTA ARTIFICIOSA


Acabo de leer parte de la revista digital Otro Cielo. Había algunos cuentos de amigos que ya había leído, así que no transité por ellos. Por otro lado, como estoy engripado y me cuesta bastante fijar la vista en la pantalla durante mucho rato, debía escoger muy bien qué cosas leer. Decidí enfocarme en las respuestas de los escritores a ciertas preguntas. Entre ellas la infaltable sobre influencias. Pero claro…, ninguno de los entrevistados (salvo uno, creo recordar) habló de poesía, y esto es comprensible si asumimos que el contenido básico de la propuesta de Otro Cielo es la narrativa. Es así que se me vino a la cabeza otra propuesta muy muy muy artificiosa que dejo a la consideración de los amables lectores de este blog: ¿por haber escrito qué obra poética usted sería capaz de quemar todo, de renegar de todo lo que ha escrito a favor de convertirse en ese otro al que admira? Dicho de otra manera: ¿qué poesía le habría gustado escribir hasta el extremo de renunciar a su propia escritura por ello?
Obvio que todo esto es metafórico y que nadie va a querer dejar de ser lo que es, y menos si es feliz con lo que es. Por eso, digámoslo de nuevo, se trata de un juego, simplemente.

Creo que mi lista es esta:

1- Florentino y el diablo, de Alberto Arvelo Torrealba (cada vez que lo escucho me parece que no hay mejor poesía latinoamericana que estos versos de corrido venezolano).
2- “The two trees”, de W,B. Yeats, al que ya he mencionado muchas veces en este blog, un poema místico-amoroso de una belleza excepcional.
3- “La noche oscura del alma”, de San Juan de la Cruz, que va por el mismo lado aunque no lo parezca.
4- Coplas por la muerte de su padre, de Jorge Manrique.

viernes, 13 de agosto de 2010

ALGO EN TU ROSTRO (llegada y realidad)


Cuando lo vi después de diecinueve días mi mirada se cerró en su rostro. No ocurrió de inmediato. Antes, en dos segundos, vi que a esperarme habían ido no sólo Ale, Santi y Pablo sino también mis padres, mi hermano y mis suegros. Pero eso fue en dos segundos. Después, en el trayecto desde la última puerta a la valla, mis ojos sólo pudieron distinguir la cara de Santiago. Lo demás se borró rápido, se volvió oscuro y fue como esos efectos de las películas de ciencia ficción en los que se quiere dar a entender que la nave alcanza la velocidad tal o cual y se pierde en la negrura. Sólo brillaba la cara de Santiago, como un sol. Es decir, era un sol. Dijo papá y le hizo fuerza a su abuelo para tirarse por arriba del obstáculo. Lo recibí temblando y sin llorar. Siempre creí que en ese momento iba a llorar. En realidad no podía más de la felicidad. Santiago se prendió a mi espalda y después lo saqué para darle besos y él me miraba fascinado. Sentí una mano suave en la espalda y supe que era Ale. Nos agarramos los tres, que bien mirados somos cuatro, y nos dimos un abrazo de emoción y nadie lloró. Todos felices.
En el camino les conté que desde el avión había identificado clarito a San José por las luces de las calles del centro, por las luces de la cooperativa (increíble: ¡vi desde cinco mil metros, mientras descendíamos en la noche negra, los postes del alumbrado público!), por las del frigorífico que está a un par de kilómetros. Santiago no se me despegaba: habían llevado su silla para vehículos pero terminó por dormirse en mi falda contraviniendo cualquier buen consejo referido al tránsito.
Después vino la realidad: mis alumnos (parece que al menos algunos me extrañaron), mis compañeros (algunos ni se enteraron que me había ido), mis cuentas, los arreglos de la citroneta, el peso a peso hasta fin de mes –esto vino enseguida-, los conflictos y hasta los paros.
Y también más realidad: antesdeayer (miércoles 11) una noticia en la tele: “Cae ómnibus al abismo en el norte de Perú. Veintidós muertos.”
A veces pienso en el azar. En el libre albedrío. En la ilusión de que tomamos decisiones por nosotros mismos…

viernes, 23 de julio de 2010

PERÚ III


I

Llega a su fin la segunda parte de la gira. Al momento de escribir estas líneas estoy en un hotel de Piura que se llama Melodi. Sí, con i latina. Este es el momento de todo viaje (al menos de todos mis viajes, que tampoco son tantos) en el que lo único que deseo es ir quemando etapas hacia mi regreso definitivo con Alejandra, el Santi, la panza, mi hermano, mis padres y mis amigos, mis alumnos y mis compañeros. No se interprete algo así como que he pasado mal. Nada que ver. Todo lo contrario. Tanto Harold como Willy han demostrado ser excelentes anfitriones, al igual que la familia de Willy, tanto en Ayacucho como en Lima. Las personas que hemos conocido nos han tratado de maravillas y para mejor la convivencia con mis compañeros de viaje ha estado muy bien. Lo único que me pasa es que ya van muchos días sin ver a lo que más me importa en la vida. Intento no obstante pasar el mejor rato posible y escribir cada poco las cosas que nos van sucediendo. Eso me es muy grato y realmente ayuda a acelerar.
Ya pasamos una noche aquí, en Melodi, y deberemos pasar otra ya que nuestro regreso a Lima se inicia mañana. Esperemos que esta noche no sea, para los otros huéspedes ocasionales del hotel, tan divertida y escandalosa como la anterior. Déjenme explicar que en Piura y al parecer en todo Perú, el hotel y el motel son la misma cosa. Anoche esto era un concierto de felicidad en otras piezas de los alrededores mientras a mí me tocaba ver un programa de fútbol de Quique Wolf sobre Marcelo Salas e Iván Zamorano. Hace un rato, en la mañana, todos intercambiamos comentarios y risas al respecto, en particular por cierta pareja que, según Juan Manuel Rodríguez Biedermann, habría iniciado una y otra vez el combate al grito de “papacito”, “papacito”. Cosas que quedarán en la memoria…

II

El primer encargado de esta segunda parte de la gira fue el editor adjunto Harold Alva, quien nos acompañó durante los primeros tres días. Como Harold no deseaba conducir (o no sabía, o no quería, o a lo mejor sentía que le va mejor de copiloto, vaya a saberse…), el lugar del chofer lo cumplió alguien de quien desafortunadamente no puedo dar el nombre, no porque él me lo prohibiera (por el contrario, me autorizó y me pidió que así lo hiciera) sino porque en realidad me da cierto pudor personal. Pero pongámosle al menos un sobrenombre: Cholito CP.
No conocimos a Cholito CP de la mejor manera, admitámoslo. El tipo llegó tarde a buscarnos por la casa de Willy. Más de una hora tarde. Desde que bajó de su propio coche ya se vio cómo rugía esa fiera. Saludó rápido, a las risas y en menos de lo que canta un gallo ya atravesábamos las afueras de Lima hablando de deudas, sexo, fidelidad y los cinco hijos que sus correspondientes amores le habían adjudicado. Todo en términos muy risueños, pícaros y a veces chabacanos. Cholito CP no tenía vergüenza ninguna en hablar por celular en voz alta en diálogos como este:
-Pos que ya te pagaré. No te preocupes. Tú hazlo.
-…
-Pos que la culpa la tiene este otro… sssuuu madre… que me ha hecho poner doscientos soles de mi bolsillo y ahorita no puedo pagarte.
-…
-Que ya no molestes, que voy saliendo de Lima y voy conduciendo y no puedo hablarte. Sssuuuu madre…

En determinado momento nos para un policía de tránsito que había visto que Cholito CP venía manejando mientras hablaba por celular. Nuestro conductor disimula muy groseramente y mientras abre la ventanilla ya va espetando:
-Mira que yo no estaba hablando por móvil. Si me quieres agarrar me agarras por otra cosa, pero yo no venía hablando. Naíta más lo tenía en la mano.
-Los papeles, señor…
-Que te digo que no venía hablando por el móvil, que has visto mal.
El policía tomó los papeles y se retiró hacia sus compañeros. Harold empalideció de miedo al ver que Cholito CP salía del auto impulsivamente. Todos nosotros, incrédulos, festejamos un poco y después Juan Manuel preguntó si habíamos visto el arma que llevaba Cholito en la guantera.
Chan…
Nos quedamos mirando. Cholito realizaba ademanes frente al policía como si fuera un padre amonestando a su hijo. Harold se revolvía intentando desarticular el enredo y, cuando finalmente subieron, a mí me tocó preguntar de forma directa si en el auto llevábamos un arma.
-Anda, pos que sí, cholito, que no te preocupes que tengo licencia.
Aún así, no me pregunten por qué Cholito CP, después de todos estos insucesos, nos ha resultado una de las personas más entrañables y queridas de toda la gira. Empezó raro, lo admito, pero al final todos quedamos con la sensación muy fuerte de que había sido un privilegio conocerlo y compartir con él tantos equívocos. Se robó un lugar en nuestros corazones y más de alguna participación como personaje en nuestras probables e improbables narraciones futuras.
¡Salud, hermano!
Finalmente aviso que dejo pendientes un par de cosillas tanto de Cholito CP como del poeta piurano Harold Alva, un tipo muy cómico, movedizo y gran imitador de políticos peruanos.
Será para la siguiente.

domingo, 18 de julio de 2010

PERÚ (II)


Dedicado a todos mis amigos bloggeros, particularmente a LAC, que ha estado cerca de mi familia estos días de mi ausencia: ¡gracias amigo!

Perú es una cosa grande. Todo es grande en Perú. No sabría definirlo mejor. Montañas enormes, laderas interminables, caminos largos y sinuosos, ríos caudalosos que bajan del deshielo. Todo es exceso en Perú, desborde de la naturaleza. Uno siente, como Pascal, que el hombre no es nada pero que a la vez es todo. Se empequeñece la percepción de uno mismo aunque en contraste se termine admirando al animal capaz de haber construido casas, poblados, ciudades y rutas a esa altura irrespirable aderezada con cierta proporción de pobreza material que podríamos catalogar de extrema.
El domingo llegamos a Ayacucho, en particular a su capital, Huamanga, una ciudad universitaria y totalmente movilizada por el tema cultural. Miramos la final del mundial (¡verdad que parece que fue hace más, mucho más de una semana!), comimos y salimos al hotel. Juan Manuel Ramírez, el escritor paraguayo autor de la novela El fondo de nadie (ya la veremos en el blog del club de catadores cuando pueda ponerme a escribir sobre eso) y quien les habla fuimos alojados en un hotel céntrico a dos cuadras de la plaza. Desde ese momento en adelante mis peripecias se resumieron a conseguir agua caliente para el mate y a tratar de calmar el potente dolor de cabeza que las nueve horas de viaje (salimos a las 4 de la mañana y llegamos a las 15) y la altura me habían provocado. De noche caminé por la ciudad con Miguel, encargado de un proyecto interesantísimo de lectura que trabaja con Ediciones Altazor (entre otras editoriales), tomamos un café y finalmente charlamos mucho sobre uno de los tópicos fundamentales de esos dos días en Huamanga: Sendero Luminoso y sus inicios justamente allí, en Ayacucho, particularmente en esa ciudad.
El lunes se incorporaron a la gira los escritores Ernesto Carlín de Perú, Claudia Apablaza de Chile, Jorge Enrique Lage de Cuba y el argentino Oliverio Coelho, autor de Borneo, la novela que estoy leyendo precisamente en estos momentos (porque cabe agregar que nos hemos impuesto la tarea de leernos). Resumiendo, en esos dos días fuimos a varios colegios, a la Universidad de la Educación de Huamanga, al Centro Cultural e incluso al teatro de la municipalidad, donde han tenido el desatino de nombrarnos Huéspedes de honor (tengo una medalla y un diploma que así lo certifican, los miro y me pellizco a ver si es cierto).
Uno de los puntos más significativos de nuestra aventura en esta ciudad fue el desayuno del día miércoles en la casa de un referente de la cultura quechua a quien prefiero no nombrar por ahora. Pues bien, fuimos y desayunamos junto a su esposa y a un amigo cuyo segundo apellido era Vallejo y de quien el inefable Willy del Pozo me hizo creer que era sobrino de César… en fin, volvimos a hablar de Sendero, conocimos de primera mano los movimientos iniciales (esto lo sabe todo el mundo, claro) y el desarrollo y la escalada, los fundamentos ideológicos del movimiento y su penetración en el campesinado y en las clases cultas. Después fuimos deleitados por dos huaynos ayacuchanos cantados allí mismo por la dueña de casa y salimos hacia Huantha.
Para ir a Huantha lo hicimos en el Altazor móvil (una linda y amplia camioneta donde viajamos horas, horas y más horas…). Llegamos y Miguel se convirtió en nuestro guía pues esta es su ciudad. Visitamos un colegio de mañana y volvimos a ese lugar en la tarde pero ya con un perfil de actividad más para público adulto. Huantha también se convirtió en una gran anfitriona.
Al otro día arrancamos la cosa con una novedad hermosísima que me llegó a través de un mensaje de Alejandra que decía así: Buenas noticias. Ganaste una mención en el concurso Banda Oriental. Ganó Leonardo D L. Pegué un grito en la camioneta y expliqué a Juan Manuel Ramírez (íbamos juntos a tomar el ómnibus hacia Huancayo) lo que significaba todo aquello y cómo me quedaba la sensación de que ciertas cosas del círculo van organizándose y cerrando de a poco. En referencia a esto, en cuanto tuve oportunidad entré a los blogs de IFDP y DGB y me encontré con el desarrollo de la novedad y con comentarios cuyo contenido tenía que ver con dos alegrías: primera: ganó Leo, pero segunda y fundamental: tenemos partido en Minas (gracias, obvio, a que ganó Leo).
Pero no todo lo que empieza bien sigue bien… Este día pasará a la historia como el día en el que sentí más miedo en mi vida. Ya una vez en este blog conté la historia de una canoa que se me dio vuelta a kilómetros de la isla más cercana en un lago canadiense y con adolescentes a mi cargo. Allí me asusté como nunca, pero esta vez la cosa fue aún más fea. Expliquemos: la ruta de Huantha a Huancayo bordea los Andes centrales, sube a más de 4000 metros y baja hasta los 3300. Es el único tramo no asfaltado de todo el recorrido por lo que se decidió que dos de nosotros fuéramos en ómnibus y aliviáramos así la camioneta. ¿Quiénes se ofrecen? Pedro y Juan Manuel. Juan Manuel me refiere unas historias muy, muy, muy interesantes para su novela larga (que ya lleva unas cuatrocientas páginas según le entendí) y después se duerme como un angelito justo cuando el camino se vuelve angostísimo y totalmente malo, pedregoso, peligroso. Yo no hago otra cosa que pensar en Alejandra y en Santiago y en el nuevo hijo o nueva hija que viene y me digo que esto no lo hago nunca, nunca, nunca más en mi vida. De repente (el asunto ya era grave de andar nomás a dos pasos de precipicios de dos mil metros y así tomar curvas, frenar, etc.) el ómnibus se para en una curva en U. Del otro lado venía un camión con zorra cargado de piedras y ya no podía retroceder para dejar lugar. Afortunadamente el encuentro no ocurrió a gran velocidad. Se bajaron los choferes, coordinaron una maniobra y de improviso el ómnibus echa para atrás en la curva y se coloca al borde, al borde borde, no a dos metros del borde, sino al borde del precipicio, para que el camión pase entre él y la montaña. Yo ya estaba nervioso, pero de a poco los otros pasajeros fueron levantándose a ver qué sucedía y cómo se resolvía todo aquello y empezaron a proferir quejas indignadas y a ejecutar movimientos de rechazo e incluso alguno se agarró la cabeza. Es decir, el asunto era peligroso incluso para ellos, que supuestamente estarían acostumbrados. Me senté en mi asiento y me puse a rezar mirando en el celular la foto de Ale y Santiago.
¡Dios! ¡Dios existe! (Aunque es fácil tener fe cuando uno tiene miedo…)
¡Gracias Dios!
Llegamos a las cuatro y media de la tarde a Huancayo. Nos llevaron a un Hotel en el que me tocó alojarme en el quinto piso. No es fácil subir hasta el quinto piso de un lugar cuando ya estás a 3300 metros sobre el nivel del mar. Pero me poseía una felicidad que hasta entonces sólo había experimentado aquella vez en el lago canadiense: ¡vivía!
Bueno, nuevas visitas a universidades, presentaciones de las novelas, etc.
Viernes: de Huancayo a Tarma, donde también fuimos declarados huéspedes ilustres (nuevas medallas, nuevos diplomas, nuevos pellizcones a ver si era verdad). La gente nos ha tratado de maravillas, en particular los jóvenes que, como las novelas no están a precios inaccesibles, suelen aparecer en cantidades importantes, después de cada presentación, con su ejemplar a conseguir autógrafos.
Sábado: de Tarma a Lima por la montaña (pero ya en ruta asfaltada y segura), donde me tocó hacer de copiloto (se estila, en Perú, que el acompañante vaya asesorando al conductor en sus decisiones sobre adelantar, frenar, etc.). Seis horas y pico de viaje con almuerzo incluido en un exclusivo club en los accesos a Lima y un hermoso embotellamiento que por suerte no nos demoró más que media hora.
En la tardecita nos fuimos a un lugar llamado Polvos Azules, una mezcla de feria y shopping en la que compré unas cuantas cositas que necesitaba y que estaban a muy buen precio. Entre ellas un pantalón deportivo de los baratos para jugar hoy domingo al fútbol contra unos escritores y allegados peruanos. Por suerte Lima está a nivel del mar. A propósito, el tema del fútbol se ha vivido con una intensidad importante aquí: todos hablan de Forlán y de la justicia de que se lo haya designado mejor jugador del mundial. Tengo que decir que eso me encanta.
Ahora la gira sigue hacia el norte. No vamos a subir ni medio metro (de eso ya me aseguré para poder escribir esto, no vaya a ser que Alejandra se preocupe…), todo va a ser al nivel del mar y sobre la costa del pacífico.
Cosas sueltas: hemos conformado un grupo hermoso y simpático. Nos llevamos muy bien y la gente nos mira como si fuéramos locos. Todos los acentos son diferentes (incluso el de Oliverio, que debería parecerse al mío, es bien distinto). Hemos conversado mucho sobre temas políticos, particularmente con Juan Manuel (es increíble cómo ha leído este muchacho y cómo reinterpreta la realidad política y social de su lugar) y con Jorge, que además debe soportar, en cada presentación, la pregunta obligada en referencia a la apertura o no de Cuba, etc., etc. Sobre lo literario, digamos que al parecer Claudia, Oliverio y Jorge transitan por caminos fantásticos, distópicos, caminos de la imposibilidad del ser, mientras que Juan Manuel y yo, en estas dos novelas breves, nos hemos planteado partir del realismo y plasmar, en el caso de Juan Manuel, un dolor existencial y, en el mío, una anécdota más o menos divertida. Parecerá raro lo que voy a decir, pero las novelas se venden muy bien en cada auditorio.
Por último quisiera dejar unas palabras sobre Willy del Pozo, el editor. Este hombre está loco. Su celular suena cada cinco minutos incluso en los momentos más incómodos que uno pueda imaginarse. Trabaja de forma incansable para la editorial, con una energía y una dedicación que ya le envidiaría cualquiera. Nos ha procurado todo lo que hemos necesitado y se ha preocupado constantemente de nuestra buena estadía. Eso sí: cuando discute sobre algo de lo que está convencido (por ejemplo sobre si el pisco es peruano o chileno) no parece haber oportunidad para su oponente ocasional. También menciono a Miguel Campos, Profesor de Letras y artífice de un buen proyecto de lectura familiar para los colegios que ya me gustaría copiar para mis alumnos de San José. Pero además gran tipo, sencillo, trabajador, amigo.
En fin, no aburro más: ¡un saludo a todos!

PERÚ (I)


PERÚ


I

11 de julio de 2010. 20:12 h.

He pasado dos días en Perú. Dos días en los que hicimos poco y viajamos mucho. Para empezar los vuelos fueron dos aunque en el mismo avión, pues salimos de Montevideo y paramos en Asunción antes de la etapa final a Lima. Se me hizo largo en parte por esta incomodidad que me causan ahora los aviones y también porque no pude pegar un ojo. Al lado mío venían un niño de cuatro años y su padre (habían subido en Asunción) y realmente me resultaban simpáticos, sobre todo por su forma de relacionarse el uno con el otro, puro cariño y hablando mitad en castellano y mitad en inglés.
Bueno, la verdad es que no sé cómo es que el avión aterrizó en el aeropuerto de Lima pero lo hizo a la perfección. No se veía nada de nada por la niebla y aún así el piloto, cada vez que hablaba, transmitía una tranquilidad digna de la más absoluta confianza. Una cosa notable.
Me estaban esperando tres personas relacionadas a Ediciones Altazor. A la primera que vi fue a Roger Antón, novelista peruano, sosteniendo un ejemplar de La noche que no se repite. Suena raro llamarla así cuando sé perfectamente que era, que fue, otra cosa. Pero ahora es eso. Después vi a un poeta (un poeta que confesó escribir sólo para él) y finalmente a Willy del Pozo, el divertido editor. Me condujeron a un hotel en la camioneta de Altazor. En el trayecto por cierto que hablamos de todo un poco, pero sobre todo de autores peruanos y uruguayos. Mencionaron a Benedetti, Onetti y Galeano, en ese orden.
Llegamos al hotel y me dispuse a dormir. Me desperté para ver el partido de Uruguay. Historia conocida sobre la que no abundaré. Digamos que se trató de un momento bien solitario.
El mejor momento del sábado sin duda fue la comunicación con Alejandra y Santiago vía Skype. ¡Maravilloso! El segundo mejor momento fue la cena en casa de Willy del Pozo, compartida con Juan Manuel (escritor paraguayo), Sara y la madre de Willy. Además conocí a Alejandra, la hija mayor de la pareja, una niña de seis años totalmente histriónica y buena, y también a Valeria, que tiene dos meses de nacida y es muy bella. Aproveché tal circunstancia para entregar como presente a Willy ejemplares de los libros de Damián, Leonardo y Valentín que previamente me habían sido dados en Banda Oriental. Willy comentó que la idea para el próximo año es que se continúe con las giras así que parece que de algo va a servir. Hablamos sobre muchas cosas pero hubo un tema que nos fue cercando por una mezcla de interés histórico y mito: Sendero Luminoso y el terrorismo. Sobre esto hablaremos después…
Volvimos al hotel a las doce con la amenaza de que a las tres y media debíamos despertarnos para comenzar el viaje (suplicio agrego yo ahora) hacia Ayacucho.