lunes, 15 de septiembre de 2008

COSTUMBRES DE UN IMPERIO



Por GEORGES LIZARD

(mucho me temo que sea un seudónimo…)

Traducción de D. A. Tomsich

(mucho me temo que sea para despistar...)



Breve historia del Imperio


Que Dios nos desampare si aquel Imperio no era el más grande y perfecto conocido, permaneciendo sin rival al respecto por innumerables centurias.
Se extendía desde allende el mar negro hasta el mar del norte, y eso sólo en su anchura, porque el lado más largo del rectángulo que el Imperio formaba iba desde esa línea que he trazado hasta el océano más grande de todos los océanos. A veces me asaltan pensamientos acerca de nuestra pobreza de espíritu, nuestra miseria cortante y me digo, para convencerme de que así son las cosas, que esto sólo es posible gracias a que ya se ha marchado para siempre el Tiempo de los Imperios. Pero otros dirán, por supuesto, que es mejor el actual sistema donde todos tenemos la ilusión de que somos iguales, por más que en definitiva los que lo son, son muy pocos, y lo son entre sí, y probablemente no entre nosotros. En los Tiempos de los Imperios no éramos iguales, por supuesto, pero lo sabíamos, y hoy, como enanos sin peso levantados y zarandeados por el devenir de los elementos, ignoramos casi por completo nuestra condición y, cuando al fin comenzamos a sospecharla, nos callamos, desviamos la atención, atendemos otros menesteres.
Pero no quiero perderme en digresiones acerca de nuestro actual estado, sino de una buena vez ir hacia el Imperio y dejar constancia de sus costumbres, que por distintas a las nuestras, no estaría bien hacer como si no hubieran existido nunca, sino que mejor habría que tomarlas como ejemplo a seguir, hoy, que los ejemplos a seguir ciertamente no abundan, sino que escasean como el agua en el desierto, como la mujer en los monasterios (en casi todos, al menos), o como las parábolas en las versiones corregidas de la Biblia que los pastores dan a sus fieles.
Así las cosas, me referiré aquí a aspectos de la Historia de este Imperio, cuyo nombre aparentemente fuera Tien Shao, pero del que se sabe que poseía un nombre estrictamente secreto para quienes se referían a Él desde ciertas y especiales circunstancias, y como este nombre era secreto en aquel entonces, y la gente de aquel entonces ha muerto, con ella ha fenecido también ese otro nombre, dado según la fábula por Huancay I después de haber conquistado y sojuzgado a los pueblos de la franja oeste, pueblos pestilentes y desagradecidos cuyo empeño máximo no era otro que el de matar a Nuestro Emperador, que a su vez tenía un empeño similar para con ellos. Y ya que comencé por Huancay I, debe decirse que durante su apogeo recién comenzó a configurarse la idea del Imperio, porque antes el mundo había estado sucumbiendo a la nociva disposición de infinitos reinados locales que no hacían otra cosa que deshacerse en guerras y conflictos, invasiones y violaciones, muerte y maldad por doquier.
Por supuesto que Huancay I no pudo sustraerse a la forma imperante en aquel entonces para obtener el poder, por supuesto que no; por supuesto que debió invadir, y que cuando hablamos de invasiones también hablamos de muerte, violaciones, torturas con diestros aparatos, y, en definitiva, la misma sangre roja y sempiterna. Pero Nuestro Emperador tenía un motivo para todo aquello, a diferencia de los bárbaros ignorantes que se le oponían, que por cierto no tenían ninguno más que el de una pretendida libertad más ilusoria cuanto más sacada a luz por los que morían ejecutados tras la justicia del Imperio. Y ese motivo era fuerte y noble, como todos los motivos de Nuestros Emperadores, y el hecho de que nadie lo conociera, de que todo el mundo lo ignorara, no debe asentar la confusión de que el motivo era cualquiera, o, incluso como han revelado ciertos estudiosos de la historiografía del Imperio, la mucho peor confusión de que no existía tal motivo y de que Huancay I hacía todo aquello por una vocación de crueldad cuya magnitud nadie había alcanzado hasta entonces.
En resumen, el Emperador tenía un motivo y los bárbaros se le oponían. Y en este aparentemente sencillo dilema radican todas las razones que los fieles guerreros de Huancay I tenían para obedecerlo y ofrendar su vida por Él. Porque, digámoslo de una vez y en honor a la verdad, Huancay I nunca fue un Gran Emperador Guerrero, como los que vendrían después, en particular aquellos Huancay desde el IV al VII. El éxito de las campañas de Huancay I estribaba en la cantidad de guerreros de la que disponía, que siempre era al menos diez o doce veces superior a la de los rivales. Y siempre era necesario que, para que muriera uno de los guerreros enemigos, murieran tres, a veces cuatro, de los de Nuestro incipiente Imperio. Y así como los modernos historiadores hablan de la incapacidad militar de Huancay I para la guerra, otros, con criterios que vienen desde el fondo de Nuestro Tiempo, manifiestan a quien quiera oírlos que en realidad la táctica de Huancay, esa, la de ser muchos más que los otros, no deja de ser la mejor táctica de todas, lo que se constituiría en prueba fidedigna de su inteligencia superior.
Bástennos por ahora estas breves reflexiones cuyo fin no era otro que el de dar inicio a otras que vendrán después. Porque si una cosa es cierta en estos reinos sin dioses, en estos tiempos actuales tan reñidos con el Pasado Glorioso, es que muchas cosas pueden decirse de aquel Imperio, más aún de las que es necesario que se digan para el solaz de nuestros hermosos niños, cuya devoción hacia los personajes heroicos es cada vez más inusual.

3 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

Genial!!!!!!!! Viva el pasado glorioso!!!!!
No conocía este blog, pero creo que lo visitaré más seguido...

Muy bueno el análisis (y la desconfianza) de la igualdad impuesta.

Abrazo!!
A.A

Telemías dijo...

Bienvenido Archiduque de tan célebre paraje a estas páginas. Grandes saludos!!!

Ignacio dijo...

Adivino peñas detrás de ese autor...