sábado, 27 de septiembre de 2008

La pérdida del control (cuento)


-Siempre he creído dos cosas. La primera es que uno no puede controlar lo que sueña. La segunda es que uno sí puede controlar lo que no sueña. Es decir, aquello con lo que desea no soñar. ¿Me explico?
-Creo que sí. Continúe.
-Esto es producto de la práctica, ni más ni menos. Comencé a hacerlo cuando era joven, a la luz de determinados hechos que solían acontecerme. ¿Quiere que le hable de eso?
-¿Quiere usted hablar de eso?
-Si..., no sé. Allí nos lleva la conversación. Me parece.
-Adelante entonces.
-Bueno. Lo que a menudo me sucedía era algo muy común. Yo veía o experimentaba determinado estímulo y, al poco tiempo, soñaba con aquello. Por ejemplo, veía un documental de reptiles y, dos o tres noches después, soñaba que mi casa se convertía en un reptilario asqueroso lleno de víboras y lagartos. O en el noticiero pasaban las imágenes de un accidente y entonces soñaba con mi cuerpo destrozado entre los hierros de un auto. Cuando lo aburra me avisa.
-Quédese tranquilo. No me aburre. Además, mi trabajo es escucharlo.
-Y ayudarme, ¿verdad?
-En realidad ayudarlo a que se ayude. Prosiga, por favor.
-Bien. En determinado momento comencé a darme cuenta de eso que me sucedía y, simplemente por una conducta refleja, empecé a negarme a soñar con los estímulos. ¿Quiere que le ponga un ejemplo?
-Claro.
-Lo que hacía era pensar, al mismo tiempo que experimentaba el estímulo, que yo no iba a soñar con eso. Es decir, si veía el documental de serpientes, me predisponía mentalmente a no soñar con esas serpientes. ¿Entiende?
-Sí.
-¿Usted fuma, doctor?
-No.
-Le molesta si fumo mientras charlamos. No sé qué me pasa hoy. Nunca me habían dado ganas de fumar en su consulta.
-No hay problema.
-¿Está seguro? Debe haber pocas cosas más molestas para alguien que no fuma que alguien fumando en torno suyo.
-Le he dicho que no. Fume. No hay problema.
-Bien. Siendo así. ¿Dónde estaba?
-En lo de la estrategia para no soñar con determinadas cosas.
-Es verdad. Pero le confieso que al principio no fue una estrategia. Fue algo accidental. Empezó a ser estrategia cuando me di cuenta de que eso que hacía en realidad funcionaba. ¿Tiene cenicero?
-Allí, al lado suyo.
-Muy lindo. ¿Dónde lo consiguió?
-Eso no importa. Prosiga con su asunto.
-Una dama, ¿verdad?
-Por favor...
-Disculpe. No he querido ser indiscreto. Siguiendo con lo mío, le cuento que estaba muy feliz con mi hallazgo. No todo los días se hacen descubrimientos de ese tipo. ¿Qué piensa usted? Verdad que es una cosa importante. Es decir, poder controlar eso es casi un imposible, y yo he podido.
-Algo muy interesante, en efecto.
-Si. Me doy cuenta. Aunque tal vez usted piense que es algo más bien extraño que interesante.
-En cierta medida.
-¿Por qué lo dice?
-Porque me temo que usted, en su afán de controlar sus sueños, no repara en el hecho de que justamente allí es donde tiene la clave de su enfermedad.
-¿Puede explicarse?
-Lo haré. Imagínese que su inconsciente comienza a ser encerrado por sus ideas conscientes. Lo que usted hace es poner en una bolsa, de forma consciente, todas las cosas con las que le desagradaría soñar. El problema es que esa bolsa puede comenzar a desbordarse en cualquier momento. A romperse. Entonces usted va a sufrir, de forma inevitable, una gran cantidad de pesadillas muy intensas. Imagínese soñando con su cuerpo despedazado en el asiento delantero de un auto y que, justo en el momento de mayor dolor, porque en los sueños a veces se siente dolor, justo en ese momento, una enorme serpiente entra por la ventanilla y lo observa cara a cara, y lo hostiga.
-No podría ser peor.
-Podría. Imagínese además que usted venía en el auto acompañado de esa dama con la que podría haberle sido infiel a su esposa. ¿Cuánto habría que explicar? ¿Cómo podría alguien sobrevivir a un sueño de esas características?
-¿Cómo es que se llaman esos fenómenos en los que a uno le parece estar viviendo algo que ya vivió?
-Dejá vu. ¿Por qué esa pregunta?
-Porque justamente eso es lo que me parece ahora con esta conversación que tenemos. Siento como si ya la hubiéramos tenido. En fin. No importa. Siga con su charla.
-Esto no es una charla. Es una consulta. Estoy trabajando.
-Disculpe. Por un momento lo olvidé. Pues bien, siga con su trabajo. Yo lo escucho.
-Bien. ¿Dónde iba?
-Me estaba explicando acerca de mi bolsa de sueños evitados.
-Es cierto. Bueno, lo que he querido decirle es que por ahora, y tan solo por ahora, usted ha tenido el control de sus sueños. Pero en cualquier momento puede perderlo. Hay para todo un límite, y cuando ese límite se cruza las consecuencias suelen ser peligrosas. Sobre todo en el aspecto psicológico. ¿Me entiende?
-Más o menos.
-Usted, amigo, es decir, paciente, peca de soberbio al querer adueñarse de algo que no le corresponde. El inconsciente es una entidad independiente de su conciencia. Cualquier intento de reglarlo o inducirlo solo puede terminar en la paranoia. Por eso su hallazgo me parece relativo y le pido por favor que considere usted el dejar de “controlar” sus sueños. Dejar que su inconsciente se sienta libre de nuevo y haga lo que le parezca mejor. Verá entonces que sus miedos irán desapareciendo de a poco.
-Lo que usted me dice es algo que no puedo ni siquiera concebir.
-Pues debe hacerlo si quiere de verdad mejorar. ¿Se siente bien?
-¿Usted lo dice porque me tiembla la mano y encendí otro cigarro?
-Si. Lo noto más nervioso que de costumbre.
-Es por lo que usted me está pidiendo.
-No es tanto.
-Es demasiado. Me está pidiendo que renuncie a un don que me ha sido ofrecido. O mejor, que yo mismo he descubierto. No tiene idea de lo que eso significa para mí. La tranquilidad que me ofrece. Pero claro. Usted nunca se ha despertado en medio de la noche a punto de ser engullido por una loba que comienza por comerle los testículos. O en la madrugada haciendo el amor con su propia hermana a quien usted quiere más que a nadie, sabiendo perfectamente lo que está haciendo. Usted nunca ha estado en ese avión que va a estrellarse contra la montaña, o nunca lo ha perseguido un oso negro en un bosque de pinos violetas. Nunca se ha precipitado por una catarata durante horas y horas sin terminar de caer. Nunca ha estado en una habitación totalmente oscura en la que lo único que se distingue son los ojos de una criatura que lo está mirando.
-Lo que le pido es que se deje fluir. Que no reprima.
-No puedo. No quiero. Usted debería entenderlo. No voy a renunciar a esto.
-Usted no tiene el control de sus sueños. Olvídelo. Es solo una ilusión de su mente enferma.
-¿Qué le pasa? Nunca me había hablado de esa forma.
-Quizás debí hacerlo antes. Usted está muy enfermo realmente. Y lo sabe. Yo también lo sé. ¿Por qué no decirlo? Mírese. ¿Qué le sucede? Casi puedo adivinar que en su cabeza hay una idea fija en este momento.
-Usted siempre ha mantenido cierto respeto profesional conmigo. Yo creí que...
-Yo creí. Yo creí. Yo creí..., déjese de patrañas. Usted sabe que está loco. ¿Cómo puedo respetar a un loco? O acaso no está pensando en este preciso instante en lo espantoso que sería perder su capacidad de controlar los sueños. ¡Cómo si alguna vez la hubiera tenido!
-Esto no puede ser.
-¿Qué no puede ser? ¿Que yo sepa lo que usted está pensando? ¿Qué yo sepa que la idea que le propongo es tan aborrecible para usted que en este mismo instante se está diciendo “no..., yo ni siquiera voy a soñar con esto”?
-Usted..., hablando de esa forma...
-¿Y?
-No..., estoy pensando...
-¿Qué?
-Pero no puede ser...
-¿Qué no puede ser?
-Es decir..., no debería... Yo hice lo de siempre.
-Explíquese.
-No quería soñar esto.
-¿De qué habla?
-Me doy cuenta que estoy soñando. Soñando con que pierdo el control de mis sueños.
-Se lo advertí. ¡Págueme y despierte!

7 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

La verdad, te pasaste... Muy bueno tu cuento. Y sí, algunas cosas no se controlan (o se pierden de control). Muy bien realizados los diálogos. Uno se imaginaba al psicólogo y al paciente en todo momento.

Abrazo!!

A.A

Telemías dijo...

Archiduque: gracias por tu comentario. Otro lector de ese cuento me dijo eso mismo de los diálogos, lo que me agradó mucho, ya que el cuento es en sí todo diálogo.

Telemías dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Telemías dijo...

Archiduque: gracias por tu comentario. Otro lector de ese cuento me dijo eso mismo de los diálogos, lo que me agradó mucho, ya que el cuento es en sí todo diálogo.

Leonardo dijo...

¡Ja! Me acordaba con toda claridad de este cuento... ¡me gusta mucho! La idea de reprimir lo irreprimible, el ansia de control... creo que estuvimos hablando de esta historia largo rato, una noche, en la vereda de la casa de Rincón (mientras vos fumabas), ¿no? ¡Un abrazo!

Telemías dijo...

Leo: recuerdo muy bien esa conversación. Sí señor. En la calle Rincón, en la vereda, mientras fumaba, conversamos de muchas cosas. Parece que fuera en otra vida..., y fue ayer nomás.

Hebert Zarrizuela dijo...

¡Pedro!
Gran cuento, hermano. Coincido con Archiduque: los diálogos están elaborados con inmejorable verosimilitud. Se lee rápido, en plena sugestión. Si bien el tópico es conocido, encontrás la manera de innovarlo y camuflar el desenlace. En fin, te felicito una vez más. Sé que muchos lectores esperamos un nuevo libro de cuentos fantásticos por Pedro Peña.
Gran abrazo.
L.