Estábamos con mi suegro trabajando. Me estaba ayudando a construir una explanada de ladrillo al costado de la vereda de nuestra casa en la cooperativa de viviendas que, como ustedes ya sabrán, queda en los confines de San José, en una zona apartada, casi rural. Un docente y un hombre que sabe mucho de leche metidos a albañiles…, había que vernos… De repente mi suegra grita desde la puerta principal, grita dos veces y vuelve a entrar. Enroscada al lado de la bicicleta de Alejandra había una víbora.Mi suegro, presto a demostrar su hombría de bien, tomó la escoba y se dirigió al lugar rodeando la casa. La mató en una serie inacabable de escobazos en la cabeza mientras yo observaba anonadado. La víbora estaba a medio metro de la puerta y

EL ACCIDENTE CON SUERTE
Febrero.Habíamos ido a la playa en el auto que tenemos, un Opel del 67 que de motor anda espectacular y no paga patente. Hicimos sesenta quilómetros. Después de un par de días allí (Brisas del Plata se llama el balneario, que es el más tranquiiiiloooo del muuuundoooo, puedo jurarlo) decidimos que iríamos a Colonia. Fuimos un sábado. Ciento ochenta quilómetros ida y vuelta desde la casa de la playa. Volvimos a los dos días a San José. Sesenta más.Paramos el auto.Al otro día voy al centro en él. Paso calle Herrera y, a la salida de una esquina, a dos quilómetros de mi casa, a quince quilómetros por hora, se rompe la rótula de la rueda delantera. Siento un breve espanto y a la vez un alivio. Dios o quien sea que hace estas cosas, estaba de nuestra parte, aun no estándolo.
MIRADAS
Hace un par de años hubo un encuentro tuning en San José. Alejandra, que es Lic. en diseño gráfico, le hizo carteles en vinilo para tunear autor a unos cuantos impertinentes. Muchos de ellos no le pagaron, por lo que perdimos algún dinero. El otro día vi a uno de ellos en una peluquería. Le sostuve la mirada dos segundos hasta que el tipo me reconoció e inmediatamente bajó los ojos. Se instaló una incomodidad de la que disfruté muchísimo. Disfruté en serio.
Disfruté.
Disfruté hasta que me acordé de algo. Resulta que éramos jóvenes. Tendríamos diecisiete años. Volvíamos de una noche de comida y bebida en la casa de uno de los de la barra. Pasamos por el bar Mahoma, en la esquina de la Plaza Treinta y Tres. No teníamos un mango pero igual pedimos una cerveza. Yo, yo mismo, le dije al mozo que al otro día de tardecita venía y se la pagaba. Como rematan los viejos: ¿ustedes fueron…?
Ya no pude disfrutar. Es más: creo que terminé perdonando al tipo, que por supuesto no tuvo cómo enterarse y siguió con la mirada baja, humillado.
VÍBORA II
En Brisas del Plata hay víboras venenosas. Yararás. Pican y enseguida hay que atenderse. Si no, hasta luego.
Como toda la vida he ido a veranear a esa playa, he tenido la suerte de toparme con alguna a la que he tenido que matar. Una vez estaba afeitándome en el baño. De repente miro hacia abajo y la tipa venía despacito, pronta para enroscarse. Había entrado por la puerta que yo había dejado sin cerrar para que se ventilara el baño. Había venido desde el terreno de más arriba, donde había pastos altos.
Otra vez, muchos años antes, habíamos ido a pasar unos días con una barra a una casa que nos habían prestado. Bajábamos a la playa cuando se nos cruzó en el camino otra yarará, una enorme, gruesa como un brazo pero mucho más larga. Se enroscó al costado del camino como diciendo el primero que pase la queda. De alguna manera me sentí responsable de los otros, que eran un poco más chicos y no conocían el lugar como yo. Como en la casa había una escopeta y cartuchos en la mesa de luz (es verdad, pero ¿a quién se le ocurre prestarle una casa a un grupo de jóvenes sin advertirles o al menos pedirles que no usen las armas? Por suerte éramos más o menos normales…), uno de mis amigos, Nacho Costa, fue a buscarlos mientras el resto y yo vigilábamos a la paciente criatura que se aguantó.
Llegó la escopeta. El caño estaba sucio. Mi abuelo, siendo niño, me había dicho que si el caño estaba sucio no se podía disparar porque podía estallar hacia atrás y volarte la cabeza. Miércoles… Tuve que agarrar un pedazo de papel higiénico y, con una vara, pasarle bastantes veces al caño.
Metí el cartucho.
Me acerqué a dos metros más o menos.
Apunté.
La víbora seguía enroscada, esperando la muerte.
Apreté el gatillo.
No salió el tiro.
Nacho me dijo: me parece que no la amartillaste.
Lo quedé mirando.
Tenés que hacerle ese cosito para atrás, me dijo.
Ah…
Al final salió el tiro. Por suerte no me machucó el hombro ni nada. Como eran perdigones, la víbora saltó partida como en cuatro pedazos. Me dio mucha, mucha lástima. Pero después me dijeron que no se podían dejar vivas. Que si pican a alguien en la noche, eso sí era la muerte, y más allí, a veinte quilómetros de cualquier cosa.
Algo más tranquilo me fui. Cuando regresábamos, en una camioneta que nos había ido a buscar, la camioneta de un padre, vimos otra en el medio del camino, a la que convenientemente atropellamos.
De esa última no me hago responsable.