sábado, 4 de septiembre de 2010

YACURÍ Y TABARÉ


Hace unos meses LAC posteó algo sobre su perro Chocolate e invitó a quienes quisieran a escribir sobre mascotas e infancia. En aquel entonces escribí este pequeño recuerdo que quedó muy bien grabado en mi cabeza de diez años.



Me remito a mis veraniegas infancias en los parajes de Tranqueras Coloradas, cerca de Rincón de Arias. Allí mi abuelo tenía un pequeño campo en el que ordeñaba unas pocas vacas y hacía queso, además de llevar una quinta, vender flores y plantar papas. Todo a la vieja usanza: ordeñar a mano, arar con bueyes, vender en las ferias rurales.
Tabaré y Yacurí eran los perros que servían casi para todo. El primero era el más viejo, según me insistían, en parte para que lo dejara tranquilo y, si quería jugar, encarara al otro que de seguro tendría mejor disposición. No recuerdo casi ninguna anécdota con respecto a Tabaré. Se trataba de un perro mayormente negro con ciertas manchas blancas en la cara y el lomo. Un día mi abuelo entró a la cocina (al rancho que oficiaba de cocina) y avisó que el Tabaré estaba abichado. No te le arrimes, me dijo, así que lo primero que hice cuando me dejaron salir de la siesta fue justamente ir hasta el echadero del Tabaré, al lado de la pieza del queso. Me acuerdo clarito de verlo boquear de costado, con los ojos nerviosos pero sin poder moverse del dolor.
No me acuerdo si fue a los pocos días que mi abuelo anunció en el almuerzo (o antes, a la hora del mate, que era cuando se hablaba más, en realidad) que el Tabaré estaba para morirse en cualquier momento. Estaba decidido que le ahorraría sufrimientos y creo recordar que esa misma tarde o al otro día le tiró con la escopeta 16.
Yacurí quedó solo por unos meses hasta que me le aparecí a mi abuelo con el Tique (y el Tique requiere un apartado para él solo, porque era bien chiquito e inútil, pero siempre dio mucho que hablar). Lo último que recuerdo del Yacurí es aquel triste sábado en el que mi abuelo remató todo lo del campo porque estaba para jubilarse y se venían con mi abuela a vivir a la ciudad. El animal se iba a ir con alguien, probablemente algún vecino. Ni siquiera recuerdo habernos despedido de él.

3 comentarios:

Leonardo dijo...

Usualmente, la historia de nuestros perros es como la historia de un lado bastante honesto de nuestra vida, ¿no te parece? Aparecen y desaparecen, muchas veces la llegada es difusa y la ida suele ser penosa o, en el peor de los casos, imperceptible. ¿Cuántos niños debieron creerse el cuento de "Chispa se fue al campo"? Me interesa saber más de Tique.

Telemías dijo...

Tenés razón, Leo, en lo del lado bastante honesto de nuestra vida... A tique lo encontramos cachorrito en la esquina de casa, Oribe y Bengoa, y mi madre, después de un rato, me dejó tenerlo con la condición de que, cuando fuera grande se fuera para la casa de mis abuelos. Así fue.


pd: la palabra que me piden que reproduzca es "lathro", y todo el mundo sabe que "th" en inglés es "d"...

Leonardo dijo...

¡Esas pequeñas coincidencias! ¡Guof!