domingo, 2 de agosto de 2015

LAICIDAD, VELOS Y CUERPOS DESNUDOS


Comencemos por una pregunta sencilla: ¿por qué nos vestimos?
Las respuestas podrían incluir conceptos tales como el abrigo, la protección, las posibilidades de migración y conquista de nuevos territorios. Pero tal vez la respuesta tenga que ver con nuestra forma de organizar el desorden natural de nuestras pulsiones. La vestimenta se convierte entonces en un freno, una primera barrera que la convención social impone a la pulsión reproductiva y una victoria de lo cultural sobre lo que podríamos llamar natural. Porque una cosa es segura: lo “natural” sería que anduviéramos desnudos.
Según el Éxodo (segundo libro de la Biblia), Moisés recibió del propio Yaveh las Tablas de la Ley cuando conducía a su pueblo fuera de la esclavitud en la que los egipcios los habían sumido. Más allá de la lectura religiosa que puede hacerse del relato bíblico, es posible realizar una aproximación de corte más sociológico especulativo. Un pueblo al que se le dice, entre muchas otras cosas, que no debe adorar dioses falsos, que no debe codiciar ni pretender las pertenencias del prójimo (y entre ellas se menciona claramente a la mujer), que no debe robar, cometer adulterio o matar, es un pueblo que adora dioses falsos, codicia lo del prójimo, comete robos, adulterios y asesinatos. Los diez mandamientos del Antiguo Testamento no son solo el pedido del Ser Supremo a sus fieles. También son la manifestación clara de un estado de las cosas que debe ser cambiado para bien. ¿Quién puede dudar de los avances que implicaron para la sociedad del momento la regulación de las relaciones humanas tal y como se visualiza en el texto escrito sobre las tablas de piedra?
Y desde allí en adelante nuestra naturaleza ha cedido espacio ante lo que hemos concebido desde la cultura. La vestimenta es simplemete una muestra ilustrativa de este fenómeno. Y las distintas civilizaciones, culturas y hasta manifestaciones religiosas tienen al respecto algo que agregar. Lo que es tolerable para algunas de ellas no lo es para otras. Nosotros, sin ir más lejos, no podríamos andar desnudos de cuerpo entero o portando solamente adornos en nuestros penes o senos, como lo hacen algunas tribus del Amazonas. Imagínense una reunión política, una velada en el teatro, un partido de fútbol, una clase de la universidad, en esas condiciones. Sin dudas que no sería cómodo para todo el mundo. Y desde esa constatación ya no debería ser un problema imaginar lo que ocurriría si a niñas que profesan el Islam se les obligara a no usar el velo con el que cubren su cabello amparados en un criterio de laicidad que sencillamente está mal enfocado. Porque la laicidad no es, como ha planteado recientemente Julio María Sanguinetti, neutralidad. La neutralidad, al igual que la objetividad de juicio, no existe.
La laicidad en el plano educativo debería ser entendida como un valor que debe resignificarse todo el tiempo con las actitudes de los agentes sociales sujetos a él. De su formulación no deben estar ausentes los intereses de los estudiantes, las familias y los docentes. Desde un punto de vista religioso, la laicidad no implica la negación de los principios de la religión sino la tolerancia hacia los principios, usos y costumbres de otras religiones siempre y cuando estos no atenten contra el bien público. Y así como no se me ocurre que atente contra el bien público la enorme cruz que fue erigida en el gobierno de Sanguinetti para conmemorar la visita de Juan Pablo II, tampoco creo que lo haga el uso del velo por parte de niñas educadas y criadas según los preceptos del Islam y, cabe aclararlo, no precisamente del Islam más radical.
En las sociedades actuales los flujos de migración tienden a enriquecer los paisajes culturales de las naciones. Los inmigrantes deberían ser bienvenidos en nuestro país y nuestro país debería ser lo que, según dicen, fue en el pasado: un espacio propicio para que las personas que han vivido dificultades en sus propios países puedan afincarse y progresar sin hacerle mal a nadie, y sin que nadie se arrogue el derecho de pretender regular sus creencias más íntimas, si es que estas no vulneran los derechos de otros que no las practican. Tenemos, en este punto, la oportunidad de dejar de ser conservadores de la última hora. Por una vez en la vida, convendría tomar esa oportunidad.