miércoles, 29 de octubre de 2008

Con el escritor Leonardo de León

El narrador y poeta Leonardo de León vive en Minas, donde ejerce la docencia. A sus 23 años ha colaborado en revistas culturales de Maldonado, San José y su propia ciudad. Recientemente ha concluido un libro acerca de la historia de su lugar natal. Además escribe para la revista Megafón de Buenos Aires. Como el mismo lo plantea, tal vez su destino se ciña a cierta extraña idea:

“DEJAR DE ESCRIBIR, ESCRIBIENDO...”


¿Cómo es un día en la vida de Leonardo de León?

Depende del momento del año en el que nos situemos. Durante el año lectivo me limito a dar mis clases de la mejor manera posible, a leer y a estudiar lo que me interesa, y a cansarme luchando contra el cansancio. En vacaciones es distinto, mis días son caóticos, me salgo de las convenciones y de los horarios. Me puedo quedar hasta la madrugada mirando la plaza, o dormirme a las ocho de la noche...No hay un orden. Por lo general me despierto tarde, almuerzo, e intento escribir o leer para distraerme del calor. De tardecita me gusta disfrutar de mis afectos, de mi novia, de mis padres y de mi abuela, y caminar sin rumbo siguiendo los caprichos del cuerpo. Creo que en una ciudad como Minas, compacta en su geografía, hermetizada por las sierras, los tiempos de vida tienden a homogeneizarse; y el tiempo natural de las cosas se hace más perceptible a los sentidos. Basta un mínimo de sensibilidad para sentir la “pulsión” secreta de la vida. Yo he podido sentir en más de una ocasión ese impulso vital durante mis paseos a pie, donde se desvela la vida íntima de la realidad. Me he conmovido hasta las lágrimas. Me encanta conmoverme. Me enorgullezco de ello. Cuando llega la noche miro algo de televisión, cualquier guarangada que aparezca, y leo antes de dormir. A veces me siento en el balcón a mirar los árboles...

¿Cuándo decidiste dedicarte a escribir, convertirte en escritor?

Creo que nunca lo decidí. De haber podido hacerlo, me hubiera negado. Creo que mi presente vinculado a la escritura se debe a un complejo sistema de circunstancias. Intentaré abreviar. De adolescente escribí los convencionales poemas emulando a Bécquer. Escribía también una suerte de diario que, ahora que lo pienso, tenía un perfil de escritura semejante al de mis actuales Irrupciones. Cuando se me rompió la computadora perdí todo, y me dediqué por muchos años a la banalidad. Me convertí en Skater y estuve tres años a punto de romperme la cabeza. Sospecho que mis padres no durmieron durante ese período. Se preocupaban mucho. Comencé a estudiar el profesorado menos peligroso y más reconfortante. Allí conocí a un profesor que exigía complejas monografías y que evaluaba especialmente el estilo de escritura utilizado. Por primera vez me vi pensando en las palabras. Obtuve buenos resultados y me prendí. Compré una libretita con espiral en la que escribía teorías literarias excéntricas que inventaba fusionando enfoques de diversos autores, pertenecientes a distintas épocas y corrientes. Cuando terminaba el horario de clases, esperaba hasta que todos se fueran para pegar estos delirios teóricos en la puerta de los salones, imaginando la expresión de sorpresa en las caras de día siguiente. Claro está que todo estaba escrito en computadora y firmado con seudónimo. Un día fui descubierto y el juego se acabó. Hasta hoy en día nadie comprende mis teorías. Egresé y volví a Minas donde conocí a Damián González, editor de la revista cultural Iscariote. Me invitó a participar y acepté complacido sin saber en lo que me metía. Mis artículos llegaban a una franja más amplia de gente, y el juego se convertía paulatinamente en algo cercano a la profesión. Mis temores me llevaron a redactar artículos con un lenguaje excesivamente técnico, enrevesado, insoportable; y las críticas no tardaron en llegar. Dolorido, dejé Iscariote. Un día cualquiera, aburrido, escribí un cuento fantástico que se publicó en la querida La letra breve de San José gracias a las gestiones de Damián. Luego publiqué otras cosas y redacté tres o cuatro cuentos más. Me atreví a enviar uno de ellos al concurso nacional de narrativa que organiza anualmente la Intendencia de Durazno, y gané el tercer premio. Enseguida un semanario de mi ciudad me invitó a escribir la columna cultural. Desde entonces habré escrito tres cuentos más, y uno de ellos ganó la mención del Espínola. Ahora únicamente escribo la columna de libros de la revista Megafón de Bs As. Como verás, soy un tipo con más suerte que talento. El resto, como dice Hamlet, es silencio.

¿Qué género disfrutás más (tanto en la escritura como en la lectura)? ¿Por qué?

Me gusta leer narrativa, sobre todo novelas. Leo un libro de cuentos por cada seis novelas. No sé por qué, quizá porque a mayor tiempo de lectura, mayor es el tiempo que compartimos con los personajes. Para escribir me siento mejor con la poesía, creo que se debe a que los versos se conciben contra mi voluntad y reclaman una mínima intervención de mis ideas. Los cuentos me cuestan mucho más, y escribo uno al año. Las novelas me están vedadas, presumo que para siempre. He comenzado tres de ellas, y las he abandonado en la página 14.

¿Cómo recibiste la noticia de la mención en el concurso de cuentos Paco Espínola y la novedad de que iban a publicar un libro con un cuento tuyo?

Con emoción y agradecimiento. Es raro entrar a una librería montevideana (como me ha pasado) y encontrar en la vidriera un libro parcialmente mío. Lo que más disfruté fue la ceremonia de premiación, donde pude disfrutar acompañado de mi familia y dos queridos amigos de San José. Tomás de Mattos me dijo al entregarme la estatuilla: “Espléndido cuento”. Siento que sus palabras fueron el verdadero lauro.

El escritor minuano por antonomasia es Morosoli. ¿Cómo te llevás con sus libros?

Muy bien, a pesar de no haber leído toda su obra. Morosoli es especialísimo para los minuanos, su narrativa está impregnada al plano geográfico y sensorial como un tatuaje, como un mapa eterno que se posa sobre la ciudad con la ternura de un ave sobre una rama. Ya vez, si hablo de él contesto como en versos. La mejor crítica sobre su obra la escuché de un alumno: “Cuando leo a Morosoli me parece que leo la historia de mis vecinos”.

En parte de tus “Irrupciones”, que pueden leerse como un verdadero testimonio metaliterario el tema de la vocación de escribir se asocia casi inevitablemente al dolor. ¿Cuánto hay de dolor y cuánto de disfrute en tu escritura?

Creo que del dolor emerge el disfrute, y viceversa. Los opuestos, dice Heráclito, se definen mutuamente. Las Irrupciones nacieron para gestar algún placer ante la imposibilidad de escribir. Cuando no podemos hacer lo que queremos, o, mejor dicho, cuando nos vemos privados de hacer aquello que se nos impone naturalmente, se siente un dolor ingobernable. Pensé entonces en un cuento de Chesterton donde se maneja el concepto de invisibilidad como un exceso de lo visible; es decir que para que algo pase inadvertido debemos ostentarlo. Me pasa todos los días cuando busco mis lentes por toda la casa y terminan apareciendo en el lugar más despejado y evidente. Pues bien, fue así que comencé a ostentar mi dolor. Ante el impedimento de la escritura, sólo me quedaba escribir sobre dicha imposibilidad, sobre el dolor de esa circunstancia; pero como no me atrevía a someterme a tal sufrimiento, me inventé un “alter ego” para definir una distanciamiento respecto a mí mismo. Así nació Hebert Zarrizuela y su blog.

También queda planteada en tu escritura la idea de disociación entre el escritor y la voz narrativa o lírica, que en definitiva es una manifestación más de la dicotomía entre el escribir y el vivir. ¿Qué te produce esa dicotomía, esa disociación?

Veo que hallaste el nervio de las Irrupciones, precisamente esa es la idea central: exhibir explícita o implícitamente la lucha entre Leonardo de León, un modesto profesor del interior que quiere reírse de la vida, y Zarrizuela, un perverso hombre de letras que todo lo ve y lo siente a través del prisma de la palabra sofrenada que implora la lágrima del otro, de mí, para concebirse y crecer. ¿Qué me produce esta batalla? “Cansancio” probablemente sea el vocablo correcto.

Tu poesía es rica en imágenes fuertes, de gran expresividad. A su vez, parece elaborada bajo criterios de escritura automática surrealista. ¿Cómo es el proceso de escritura de tu poesía?

Mi poema “Dormir” habla de ello. Yo no escribo los versos, otros lo hacen por mí. Por la noche, justo antes de caer en el mundo de los sueños, me visitan rostros anónimos que me hablan, que me dictan versos confundidos en una maraña de voces. Algunas veces puedo individualizar alguna de esas voces y escucharla con algo de claridad. Ahí empieza lo difícil, pues debo recordar esas palabras y hacer un esfuerzo indecible (a veces no lo logro) por despertarme y escribir esa “epifanía”. Quiere decir que mi intervención en el proceso es mínima, un mero nexo físico o de materialización. Quizá esta proximidad con el mundo onírico aporte a los versos un cariz surrealista.

He tenido la oportunidad de experimentar tu fascinación por Borges. ¡A qué responde dicha fascinación? En otras palabras, ¿qué te ha ofrecido Borges?

Sí, has tenido la desdichada oportunidad de aguantarme. Ja. Borges me ha ofrecido los mejores versos que he leído, la prosa más ajustada, y la erudición a la que anhelo inútilmente. Me ha ofrecido una vida triste y desdichada al servicio de la literatura que me conmueve. Me ha ofrecido un cuento que lo recoge como protagonista. Me ha ofrecido una suerte de aleph literario, la síntesis monstruosa de la literatura. Me ha ofrecido la triste revelación de que mi destino es un destino literario. Me imagino leyendo sus páginas en el geriátrico. Me ha permitido conocerlo en sueños, donde me ha ofrecido la mano y un adiós.

¿En que proyectos literarios estás abocado hoy por hoy?

En el proyecto de dejar de escribir escribiendo.

¿Qué cinco libros recomendarías a los lectores de T. De U.?

Recomendaría El dependiente de Bernard Malamud, La historia interminable de Michael Ende, El palacio de la luna de Paul Auster, Pregúntale al polvo de John Fante, y un libro inédito de ciencia ficción de un joven autor uruguayo que he leído recientemente y que me ha impresionado como pocos. También recomendaría cinco libros cualesquiera. Ya lo dijo Plinio: “No hay libro que no tenga algo de bueno”.

12 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

Así hablaba Zarrizuela...

Gran labor la tuya, Pedro. Gracias por dejarnos conocer a todas las jóvenes promesas (que, ojalá, dejen de ser promesas) del Uruguay a través de tus entrevistas.

Un saludo desde Applecore hacia Eldor!!!!!!!

A.A

Rafael Tortt dijo...

Digo lo mismo que archiduque: gracias por brindarnos las entrevistas con estos escritores. Muy buena. Tuve el placer de conocer a Leonardo hace poco. Una persona estupenda.
Ahora quiero un entrevista con Pedro Peña. Ja. Un abrazo.

Telemías dijo...

Bueno..., yo me haría una entrevista, pero queda medio fulero eso del autobombo... Càpaz que LDL, me autoriza a colgar una que él me hizo una vez..., yo qué sé... Habrá que dar con la plata...

Hebert Zarrizuela dijo...

Amigos:

Seré sincero. No estoy de acuerdo con este joven muchacho minuano. Se nota que la entrevista le cayó justo en un momento jodido. Ojalá se le permita, algún día, contestar otra vez a las mismas preguntas.
Pedro: tenemos que poner esa entrevista que te hice. Quedó buenaza.
Archiduque: te sonará pelotudo, pero puedo asegurarte que cada vez siento más ganas de quedarme en la promesa.
Rafael: sos un gran tipo. Me encantó conocerte.

Archiduque de Applecore dijo...

Epa!!!!!!! No se desmotive... el camino es arduo, pero lo es aún más si no se transita. Mmm... qué versos más trillados, jaja. Pareció un pensamiento de Kahlil Gibrán...

Abrazo!!
A.A

Ignacio dijo...

Paso, saludo y anoto que el Hebert es un tipo coherente. Su prédica y su escritura vibran en el mismo "enserramiento" (no, no escribí con falta...).
Che, Pedro: veo que yo tiré la pedrada y atrás de mi mano que no se escondió saliste vos a construir el edificio. Es decir, estás haciendo el trabajo concreto de recopilar la existencia de la posible generación. Ojalá hagamos ruido.

Telemías dijo...

Ignacio: eso que estás diciendo es, sí señor, la purísima verdá. Tu pedrada, digamos, fue la "pedrada" fundamental de ese supuesto edificio (¿tambaleante?)...
Te aviso que, en unos quince días, seguís vos...

fernanda dijo...

Sí, Pedro, me uno a los agradecimientos por ésta y todas las entrevistas anteriores.

LDL, me conmovió mucho esta frase:

Me ha ofrecido la triste revelación de que mi destino es un destino literario.

¡Gracias!

Archiduque de Applecore dijo...

Uhhhhh, aprontate Nacho. Si te preguntan tus cinco libros, mentí en alguno... no es bueno que tus lectores sepan tus reales gustos literarios. Luego, sus lecturas de tus obras terminan siendo una mera comparación de tus influencias (no me hagas caso, piré).

Abrazo!
A.A

Ignacio dijo...

Estaba pensando en el "Código Da Vinci" y en un libro hipotético: "El Código Da Silveira"

Telemías dijo...

¿Pablo o el gran Toto?

Ignacio dijo...

Justamente, el libro ronda en la duda acerca de si se trata del autor de un libro sobre cómo ganar discusiones o sobre un epígono del famoso buque insignia de Dale Carnegie ("Cómo hacer cosas para ganar amigos")
Ampliaremos.