miércoles, 15 de octubre de 2008

Entrevista: DAMIÁN GONZÁLEZ BERTOLINO



“NO PUEDO DEJAR DE VER NUESTRA NARRATIVA COMO ALGO MONOCORDE.”





Damián González Bertolino vive en Maldonado y dedica su tiempo a escribir y dar clases de literatura. En el año 2002 su libro inédito Historia de la agresión obtuvo una mención en el importante concurso de narrativa de Ediciones de Banda Oriental. Además, ha sido fundador y editor de la revista fernandina Iscariote, y colaborador de la revista maragata La Letra Breve. En dichos medios publicó cuentos, reseñas, artículos de opinión y hasta una novela corta por entregas: Los trabajos del amor. Actualmente escribe en la revista montevideana Freeway, además de continuar embarcado en diversos proyectos literarios.

Primera parte



¿Qué es la literatura para vos?

En este instante me gustaría que fuera mía la definición que da Stephen King en el comienzo de Mientras escribo. Porque allí dice que la literatura es telepatía. Pero yo tengo ganas de decir que a mí la literatura me parece magia. Sé que puede sonar poco previsible o poco original una respuesta de ese tipo, pero en realidad creo que la actividad literaria, el escribir o el leer, dependiendo de qué lado del mostrador uno se ponga, no se diferencia mucho de aquello que nosotros consideramos como magia. Porque, ¿qué es, radicalmente, la literatura, si se lo tuviéramos que explicar a un niño? Y bueno, digamos que por lo menos es un montón de manchitas de varias formas sobre un papel, y que cuando la gente se fija en eso se hace "la película", como dicen los adolescentes. Allí, en el papel que uno tiene enfrente cuando lee, hay un montaje, una puesta en escena, una pura ilusión, y la gente proyecta sobre todo eso sus expectativas, temores, deseos, etcétera. Aparte, es necesario creer. Si voy a ver a un mago y no me creo nada de lo que hace, si me parece trucho, me voy porque no me ilusiona. Bueno, con los libros pasa lo mismo. Uno tiene que creer, y si no, no pasa nada; entonces la literatura no sucede, no ocurre. Y es así porque la literatura es algo personal. A veces, por ejemplo, me conmueven los esfuerzos de la teoría literaria por desentrañar qué es la literatura, pero en el fondo, la cuestión va a ser siempre íntima. El misterio de la literatura, o ella misma, va a ser eso: el hecho de que a alguien una obra no le mueva un pelo, mientras que al de al lado ya no le quedan pelos de arrancárselos debido a la emoción que está viviendo. Creo que ahora se me pueden empezar a ocurrir algunas preguntas como para complicar más lo que estoy diciendo, pero de última, el estatuto de la literatura no es algo que me esté replanteando todo el tiempo: simplemente escribo y leo, como mucha gente, en base a un recorrido que me es dictado por los intereses o las emociones de turno. Y tampoco es que los magos me gusten mucho. Si miro tele y ponen algún espectáculo de magia, seguro que cambio de canal. Más bien esas cosas me aburren; por eso quiero que lo de la magia se entienda sobre todo en un sentido más primitivo.
Otra cosa que quiero decir de la literatura es que, para mí, es un lugar. Si bien me parece importante y he hecho de ella uno de los puntos en los que se apoya mi vida, también tengo que decir que no lo es todo. Porque obviamente está la vida, que es otra cosa. En la vida están las cosas más importantes. Así que la literatura se transforma en un lugar al que puedo ir, una especie de "vientre de la ballena" o un espacio de meditación mientras el mundo sigue esperando allí afuera. Es como cuando uno era chico y se enojaba con sus padres o se peleaba con otros niños y entonces se iba corriendo a una parte del patio que quedaba oculta tras un montón de cachivaches. Algo así.

¿Cuándo fue que decidiste dedicarte a escribir?

De niño yo quería llegar a dedicarme a dos cosas. La primera tenía que ver con la zoología. Más tarde supe que la rama de la zoología que más me hubiera interesado era la entomología, la rama que se dedica al estudio de los insectos. En la época de la escuela yo tenía una libretita donde dibujaba los insectos que veía tanto en mi casa como en un monte que quedaba enfrente, y anotaba debajo de cada dibujo observaciones acerca de las conductas de esos animales. La segunda cosa a la que me quería dedicar ya estaba presente también en esas libretitas, y era contar historias. Si miro más detenidamente hacia los recuerdos de mi infancia me veo a mí mismo sabiendo que siempre iba a estar tratando de inventar historias. Las escribía o se las contaba a mis compañeros de clase, que se las creían de la misma manera en que yo me creía las mentiras que ellos contaban. Porque yo era bastante ingenuo y crédulo. En realidad, creo que hoy en día sigo siéndolo, y que eso puede ser tanto un defecto como una virtud. La cuestión es que llegó un día en el que en la escuela dijeron que iba a aparecer una revista y pidieron que alguien se animara a escribir un cuento. Yo escribí un relato que hasta el día de hoy me causa gracia, porque no sé si al momento de escribirlo era consciente de lo disparatado que era. Se trataba de un tipo que estaba aburrido en la casa y salía de Maldonado con un perro y una escopeta rumbo a África para cazar un tití pigmeo, para cazarlo a balazos, una cosa que si uno se pone a pensar en las proporciones debe ser como querer matar a un hombre golpeándolo con una heladera. Bueno, el cuento se publicó, las maestras me dijeron algunas cosas elogiosas, mi madre se puso contenta, etcétera... Cuando salió el segundo y último número de esa revista yo ya tenía pronta mi siguiente entrega. Recuerdo que entonces una maestra me dijo que el mío no iba a salir, que iba a salir el cuento de otro niño. Me puse furioso y rompí mi cuento. Fue un berretín, pero a mí me parece que yo ya tenía esa idea fija, la de escribir, la de saber que mis textos no estaban completos hasta que no llegaban a alguien. A diferencia de la mayoría de los niños y los adolescentes, yo no tenía ninguna vergüenza de que se leyeran las cosas que escribía. Pero a lo que quiero llegar es que recuerdo estar sentado y tener el sentimiento claro y contundente de que siempre iba a estar escribiendo, de que eso no se acababa más. Así que por eso digo que no hubo un momento preciso en el que decidí escribir. Simplemente las cosas iban de ese modo. A todo esto hay que sumarle lo que yo experimenté en todo momento que escribía: placer. Un placer que no se deterioraba cuando una profesora de Idioma Español en segundo del liceo me tiró casi en la cara, y sin leer ni un renglón, un cuento de casi treinta páginas y con dos partes, la primera ambientada en Tanzania y la segunda en Rusia. El argumento de la docente fue que ella había pedido de tarea domiciliaria un cuento, no eso. Bueno, "eso" era lo que yo había pasado escribiendo dos noches seguidas en un estado febril y emocionado. Tenía trece años. Mi madre sacó plata de un monedero y me compró unas hojas de esas de escrito. La frustración que sentí luego de esa clase no pudo deteriorar lo que yo sentía. Yo sentía un impulso, algo parecido al síntoma de una enfermedad. Además, yo pasé una infancia y una adolescencia con muchas privaciones. No tenía casi juguetes, no tenía muchas cosas que muchos otros tenían. Pero cuando me encerraba en mi cuarto y escribía yo sentía que no podía ser más feliz, porque aquello era el mejor juego posible.


Muchas veces, en tu blog, repetís el concepto de diversión asociado a la labor artística (la literatura, la música). ¿El arte es sólo lo que divierte?

Por supuesto que no. En mi blog, cuando menciono esa idea, hablo de mi propia experiencia, como dije hace un momento. A mí escribir me genera placer, diversión. Hay veces en las que paro de escribir y me río de alguna cosa que se me ocurre, me levanto de la silla, doy unas vueltas por la casa y me vuelvo a sentar. Pensar en un problema y en la solución para ese problema puede llevar horas, pero cuando escribo el camino se allana y no puedo evitar ponerme feliz o satisfecho, porque, como dije, me encanta escribir, aunque a veces escriba sobre cosas tristes. Claro está que no quiero dejar de lado que la escritura también tiene que ver con otros procesos, distintos a la diversión. ¿Cómo desconocer y no entender el dolor? Todos, en algún momento de la vida, tenemos nuestra "temporada en el infierno", en mayor o menor medida. A todos nos alcanza el dolor del mundo. Como los judíos, escribiendo a pesar de y por la Shoah, o como James Ellroy, escribiendo de forma insufrible sobre una actriz que fue violada y descuartizada, tal como le pasó a su propia madre.


Hablemos concretamente de tus trabajos más recientes. Entre ellos se cuenta la novela Los trabajos del amor, que aparece por entregas en tu blog. ¿Cómo surge la idea de una novela de esas características?

En principio, la historia surgió en una noche en que iba en bicicleta con mi hermano hasta el barrio Kennedy (el lugar donde me crié). Era una noche de invierno, y atravesábamos unos bosques cerrados y oscuros. Para reírnos un poco nos pusimos a contar anécdotas graciosas sobre malandros, cosas que escuchábamos en el barrio. Entonces salió la primera idea para Los trabajos del amor. La idea de dos tipos que tienen el encargo de transportar un cadáver. Eso fue en julio de 2006 y yo estaba viviendo del lado de Maldonado. Así que cuando regresé a mi casa estuve hasta bien entrada la madrugada haciendo notas para trabajar la historia. Al comienzo pensé que era un cuento. Yo había publicado en los dos meses previos en La Letra Breve "El clavo en la cruz", un relato que había aparecido en dos entregas. Esa forma de hacer llegar un texto al público me había interesado. Sobre todo la expectativa que se había generado en muchos lectores acerca de lo que iba a hacer el protagonista, porque al final de la primera entrega yo lo había dejado en una encrucijada. Por lo tanto, eso me había entusiasmado de tal forma que me imaginé que Los trabajos del amor podía ser otra oportunidad de vivir una experiencia similar. Le escribí a Leonardo Cabrera, el editor de la revista, diciéndole que tenía otro cuento para publicar en un par de entregas, y la idea le gustó. Pero ocurrió que una tarde, unos días antes de enviar la primera de las entregas, salí a caminar por la playa con Valentín Trujillo (N. de R.: Valentín Trujillo es otro escritor fernandino, autor del libro Jaula de costillas y ganador del XIV Premio Nacional de Narrativa, Narradores de la Banda Oriental) y le conté el argumento total de Los trabajos del amor. Me dijo algo que quizás yo no había querido aceptar. Que eso no era un cuento, era una novela. Y tenía razón. Cuando envié la segunda entrega ya era obvio que había muchas cosas por cerrar en la historia, y que una tercera parte iba a ser insuficiente. Entonces le dije a Leonardo que eso era una novela. Casi se tomó el primer ómnibus que salía a Maldonado para estrangularme. Fue muy cómico. Aunque lo cierto es que la idea le encantó y le deparó también ciertos desafíos como editor, desafíos que tomó de buena gana. Si uno se fija en las tapas de esos números, se puede dar cuenta de que Los trabajos... pasa de ser anunciado como cuento a ser anunciado como novela. Entonces empezaron a pasarme cosas muy emotivas. Pero la principal fue estar disfrutando de ese modo de escritura que se extendió sobre todo en el siglo XIX, y me refiero básicamente a una relación entre el autor y el lector que termina influyendo decisivamente en la misma construcción del relato. Dickens, Tolstoi y Dumas, que son escritores que me apasionan, publicaron novelas por entregas e hicieron patente un vínculo con el público que llega a ser muy especial, ya que el autor está prácticamente mostrando la obra en el tiempo real de escritura. Eso tiene tantos encantos como riesgos. El mayor de los encantos está vinculado con lo que los lectores suponen que va a suceder, porque a quien escribe, esas opiniones le permiten conocer lo que sería el ingenio o la sabiduría popular para el relato, que es la manera que tenemos de articular la realidad.










Segunda parte de la entrevista a Damián González Bertolino


Dice el entrevistado:
...Los trabajos del amor surgió, por lo tanto, mediante la puesta en práctica de un procedimiento específico derivado del hecho de que es publicada por entregas. Ese procedimiento consiste en tener en cuenta las reacciones de los lectores, de tal modo que el curso de la narración pueda estar supeditado a las mismas. Y eso ha sido así, efectivamente. Algunas apariciones o reacciones de los personajes las he tomado o creado a partir de cosas que me plantearon algunos lectores. Hace poco tiempo Leonardo de León, que también fue colaborador de La Letra Breve, me escribió en un mail que para él el Toto va a matar a Morales. Quizás decir esto sea una infidencia. Leonardo me lo dice al término del décimo capítulo, y la verdad es que no sé qué pensar de esa especulación. La tengo en cuenta, la guardo, la estudio, pero el caso es que siempre va a estar regida por algunos aspectos que de todos modos son inamovibles, y que tienen que ver con el final de la historia.

Los personajes, particularmente el Toto y Morales, son básicamente impredecibles, y el fluir de los hechos que tienen lugar en la novela es avasallante. Supongo que uno de los riesgos a la hora de escribirla tienen que ver con la incongruencia. ¿Cuál es el proceso de escritura de cada capítulo?

A las consideraciones de los lectores que tenga en cuenta o no, tengo que sumar en el proceso de armado de cada capítulo un par de cosas. Antes que nada una estricta coherencia con ciertas tensiones o cosas pendientes que se generaron en los capítulos anteriores. Porque cada capítulo nuevo tiene que ser solidario con los previos. Otra cosa que nunca quiero descuidar es, como decís, el carácter sorpresivo de los hechos, eso de que el lector no pueda asegurar con contundencia qué va a pasar, por más que muchos ya saben cuál es el final que les espera al Toto y a Morales. Pero lo que yo me propongo es que en cada nuevo capítulo pase algo nuevo, algo que no esté dentro del horizonte de expectativa generado por el capítulo precedente y que, al mismo tiempo, sea coherente con todo el conjunto. Es difícil, sí. Muchas veces he estado al borde de la incongruencia, si no es que en algún pasaje caí en ella. En cuanto a algo específico como lo imprevisible de las acciones del Toto y Morales, debo reconocer que son personajes que suelen ser contradictorios o, mejor dicho, poco consecuentes. Y eso es algo que he hecho a conciencia. Lo de las conductas de los personajes en el género novelístico ya pasa a ser todo un tema. Hace unos días leía una entrevista a Julian Barnes en La Nación. Barnes decía que, a la luz de los nuevos descubrimientos en neuro-psicología que están haciendo tambalear lo que pensábamos acerca la conducta humana, la novela por venir iba a tener que ponerse a la altura de esas revelaciones al momento de presentar sus personajes, porque cabe la pregunta de si un individuo puede ser reducido a un patrón uniforme.
Otra cosa que no dejo de tener en cuenta cuando escribo un capítulo es el final del mismo, para que funcione como puente al siguiente, manteniendo la tensión en la lectura. Lo que pasa es que para algunos eso es insoportable. Tengo amigos que se han disculpado diciéndome que no piensan leer un solo capítulo hasta que la novela tenga el punto final, porque sencillamente no aguantan la duda o la espera. Mientras tanto almacenan cada capítulo puntillosamente, aguardando la publicación del último. Eso es gracioso, ¿no?...

A través del humor presente en la novela, de determinados giros inesperados, incluso del lenguaje, es posible encontrar un cierto aire de picaresca española. Pienso, por ejemplo, en Rinconete y Cortadillo. ¿Qué influencias reconocés a la hora de analizar tu trabajo?

Lo de la picaresca puede ser. De hecho, mencionás una de las Novelas Ejemplares de Cervantes que a mí más me gusta, junto con El coloquio de los perros. En algún instante, de hecho, escribiendo Los trabajos... me acordé de algunas cosas de Rinconete y Cortadillo, pero la leí hace muchos años y no la recuerdo toda. Si entendemos por picaresca un género en el que prevalece la noción de abrirse paso en el mundo orillando o directamente franqueando los límites de la ley y la moral, ya sea para ganarse el pan como para asegurarse una cierta comodidad de vida, agregando lo jocoso, entonces Los trabajos... puede tener que ver, aunque más no sea ligeramente, con eso. Siguiendo con las influencias, un amigo me apuntó que algo le hacía acordarse a Jules y Vincent, dos de los personajes principales de la película Pulp-fiction, de Tarantino. Y puede ser, porque es una de mis películas favoritas. Hubo un tiempo en que tenía una copia en DVD, y hasta la colocaba cuando me iba a la cocina a lavar los platos, sintiendo los diálogos solamente. Así que como quien no quiere la cosa creo que tuve que haberla visto más de treinta veces. Otra cosa, los diálogos me parecen el principal prodigio de esa película. Porque, ¿a quién le importan las banalidades que Jules y Vincent comentan acerca de la droga en Holanda o acerca de los masajes de pies? Pero cómo quedamos enganchados de esas palabras, como si fueran las buenas nuevas. Lograr eso es dificilísimo, y Tarantino lo hizo. Siguiendo con el cine, creo que habría otro ejemplo de supuesta influencia o afinidad. Es la película Bajo el peso de la ley, de Jim Jarmusch. Hace un par de semanas volví a verla y al otro día ya estaba con el frenesí de querer seguir escribiendo. Lo que pasa es que siempre me pareció afín con la atmósfera de Los trabajos... la visión que se muestra de la noche y de los problemas con la ley en esa película. Sin embargo, por sobre todas estas supuestas influencias, creo que hay que rastrear la principal en la vida misma, en las cosas que viví o que he sentido que otros han vivido. No es que haya hecho una copia fotográfica, pero cuando pienso en Los trabajos del amor pienso que sus hechos formen parte de una realidad que he frecuentado de algún u otro modo. No hay mucho misterio en decir que viví veinticuatro de mis veintisiete años en un asentamiento, el "famoso" barrio Kennedy, de Punta del Este. Es obvio que escribo sobre cosas que he conocido, que podría haber conocido o que voy a conocer. Voy a contar una anécdota... Hace un tiempo alguien me dijo que era una exageración o un error de apreciación el hecho de que a un personaje le llamaran "Cara con semen". Sobre todo porque quienes lo llamaban así eran el Toto y Morales, personajes que, por su procedencia social, utilizarían la palabra "leche" antes que la palabra "semen". Bueno, queridos amigos, tengo algo para contarles: "Cara con semen" existió. Cuando yo era niño había un hombre al que le decían así, vaya uno a saber por qué, y los que lo llamaban de esa manera no eran egresados de la carrera de filología, sino los caddies del club de golf que queda al lado de mi casa. Lo que sucede es que hay que tener mucho cuidado, porque si uno subestima la realidad se le cruzan todos los cables. Yo conocí delincuentes, malandros o como se los quiera llamar que sabían poemas de Benedetti de memoria. Me acuerdo de uno que era fanático de El conde de Montecristo, de Dumas, y otro que solamente leía la novela Papillón, una y otra vez, la terminaba y al otro día la comenzaba una vez más.

Hoy por hoy el Toto y Morales están metidos en un problema bastante serio. Cualquier error les puede costar caro. ¿Qué podemos esperar para el final?

¿Puedo prometer algo?... No sé... Cuando esta entrevista se publique es probable que me vaya a arrepentir de esto que voy a decir... Así que acá va... Dejen toda esperanza...

¿Qué reflexión te merece la literatura uruguaya actual?

¿Qué querés decir con "literatura uruguaya actual"? Yo por eso entiendo "literatura montevideana". Y mi reflexión es que me parece bastante triste. Aunque en realidad me parece que en mi caso tengo que sustituir la palabra "literatura" por "narrativa", que es lo que más sigo. Generalmente no suelo estar al tanto de qué se está publicando en poesía en este país como sí lo estoy de la narrativa, al menos por esta época. En cuanto a la dramaturgia, lamentablemente, menos que menos. Así que hablemos de narrativa para volver a decir que me parece "bastante triste". Hay narradores que me gustan, que respeto y que sigo, como Lissardi, Fornaro, Carlos Mª Domínguez o Henry Trujillo, quizás Juan Carlos Mondragón. Pero en general siento que hay cierta falta de fuerza en la narrativa y una cierta repetición en los enfoques o los procedimientos. No puedo dejar de ver nuestra narrativa como algo monocorde. Además, a todo esto hay que sumar el factor crítica. Uno lee los suplementos culturales montevideanos y en seguida nota entre líneas las rencillas provincianas de aquel lado, los favores, los compromisos adquiridos. Eso da como resultado un ambiente en el que la discusión se hace difícil. En estas últimas dos semanas las notas de Ignacio Bajter y de Roberto Echavarren aparecidas en Brecha, a partir de una novela de Ercole Lissardi, dan la pauta de toda la tierra que estaba escondida debajo de la alfombra. Entonces esa discusión me pareció valiosa. Hay que recordar también el tema de los "levreristas", los seguidores de Levrero que llevan a cabo una especie de apostolado publicando libros que son una falsa sombra de la obra del maestro. La muerte de Levrero, entendida como la clausura del crecimiento de su obra, trajo consigo un rompecabezas que las nuevas generaciones tienen que armar, porque cierto tipo de relato se agotó con el autor de La novela luminosa. Y me estaba olvidando de la narrativa que revisa el último proceso dictatorial, que es poco generosa con el lector, ya que se deshace en otros cometidos que dejan lo literario por el camino. La novela sobre la dictadura que a mí me parece una obra maestra, y que debe ser insuperable en cuanto al abordaje de ese tema en nuestras letras, es Las ventanas del silencio, de Amílcar Leis Márquez. Pero estamos hablando de un libro que debe ser de 1983, creo. Por eso digo que la actual narrativa uruguaya, con las excepciones que hice, me parece aburrida, poco original. Me parece que esa abstracción llamada "literatura uruguaya actual" en algún momento va a tener que reventar, es preciso que así sea. O saltar por los aires, a ver qué baja...

Cinco libros que te gustaría recomendar a los lectores de T. de U. ...

Bueno, van cinco libros que se me ocurren ahora, sin ningún propósito canónico ni nada de eso. Son obras que se me vienen a la cabeza en este instante, como mañana pueden venírseme cinco distintas... De todos modos, son libros que yo aprecio considerablemente. La balada del café triste, de Carson Mc Cullers; La costurera y el viento, de César Aira; Confesiones, de San Agustín; Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift, y Naufragios, de Álvar Núñez Cabeza de Vaca.

14 comentarios:

Archiduque de Applecore dijo...

¡Dam!
¡The best writter ever, man!

Hug!!!!!

A.A

Hebert Zarrizuela dijo...

Damián, como siempre, un capo.

Ramiro Sanchiz dijo...

Me parece interesante retomar algunas de las ideas de González Bertolino. En realidad, retomar varias. Primero, estoy completamente de acuerdo en lo referente a lo "monocorde" de la narrativa montevideana, con una gran salvedad: existe una corriente subterránea de ficción montevideana que se rige por otros códigos y exhibe otras virtudes. Segundo, creo que todavía tenemos que indagar el rol de Levrero en la producción narrativa contemporánea. Creo que más de un lector de las obras de Mario coincidirá conmigo en que las obras de los "levrerianos" en rigor tienen pocos puntos en contacto con la obra del maestro; en cualquier caso, estos seguidores inmediatos retoman la faceta de exploración del yo a través de una narrativa en 1era persona que construye esa suerte de metafísica de lo cotidiano que nos conmueve en "La novela luminosa" o "El discurso vacío"; sin embargo, otras líneas de la narrativa levreriana (las fronteras de lo fantástico, la exploración de lo inconciente, la experimentación formal) parecen no recibir la misma atención. ¿Por qué será? Del mismo modo, creo que nadie retoma las preocupaciones espirituales (por llamarlas de alguna manera) de Levrero, tan profundas y honestas, que lo hermanaron con otro grande como es Philip K.Dick.

Ignacio dijo...

1- El que perdió el pelo de la emoción fui yo.
2- Terminé de leer anoche el de Rossiello ese de Banda y me pareció interesante, salvo el aburrido parte de uno que rescató a los náufragos del Fiercy Albion. Quizá lo sacaría de lo monocorde.
3- ¿Es monocorde la literatura uruguaya? Lo he sentido. ¿Hay algo en Uruguay donde no manden los mediocres? Algunos de nosotros trabajamos en la educación y sabemos cuáles son los criterios que la rigen desde altas esferas. Después de la constatación, viene el desafío, que sé que algunos han asumido, no por la literatura como corpus sino por cada texto. Me parece que el esfuerzo consiste en gozar del presente, imaginando mundos.

Telemías dijo...

Ramiro: gracias por tu comentario sobre las ideas de DGB. La existencia de esa corriente narrativa subterránea que vos decís que aporta otro tono, tiene su correlato en otros departamentos, Maldonado, Lavalleja, San José, y sin dudas algún otro.
Saludos,
PP

Rafael Tortt dijo...

Gracias Pedro por brindarnos esta entrevista con Damián. Encontré cosas que no conocía de él. Un abrazo.

Ignacio dijo...

Treinta y Tres... Se ve que algún olimareño te hizo algo...

Telemías dijo...

Adelanto de la entrevista con IF de P.

TdU - ¿De dónde sos?
IF - Treinta y Tres.
TdU- No, la edad no. Dónde naciste...
IF- ya te dije, Treinta y tres.
TdU -Sí, yo también. Voy para 34. ¡Qué casualidad!
(continuará...)

Hebert Zarrizuela dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Hebert Zarrizuela dijo...

Ramiro: Creo que los "levrerianos" están lejos de serlo. Subsumirse en la estética de Varlotta los ha hecho distanciarse de la voz propia, siempre colgados del artificio. Al mismo tiempo, esa metafísica de lo cotidiano, o esa estética de la confesión que propugnó Levrero, define una tendencia de escritura que relega el entramado de la historia; la línea argumental se vuelve difusa, y se somete prácticamente a cualquier capricho del inconciente o criterio de turno. ¿Dónde quedó el trabajo de la historia en sí? Tal modalidad del relato ha sido, a mi entender, malamente universalizada por sus seguidores.

Ignacio dijo...

¡juna gran siete!

Guillermo Alvarez Castro dijo...

¿Con qué criterios define Damián González Bertolino “literatura montevideana”? ¿Es la literatura que se edita en Montevideo, la escrita por montevideanos o por quienes habitan hoy la capital? Por ejemplo: Hugo Fontana nació y permaneció durante cincuenta años en Toledo y, después de haber publicado la mayor parte de su obra, se mudó, hace tres, a Montevideo; Juan Carlos Macedo, poeta oriundo de Rivera, fue médico en Migues por decisión propia hasta su muerte; Elder Silva, nació en Pueblo Lavalleja y se recibió de maestro en Salto; Víctor Cunha es de Tacuarembó; Mario Delgado nació en Florida, vivió en Minas y estuvo exiliado en Argentina y Paraguay; Tomás de Mattos es tacuaremboense por adopción y sólo se radicó en Montevideo cuando lo nombraron Director de la Biblioteca Nacional; Carlos Ma. Domínguez es argentino, Henry Trujillo es mercedario. ¿A ellos –y a un largo etcétera – se refiere el entrevistado cuando habla de “literatura montevideana”?

Segundo, ¿qué tienen que ver entre ellos? El calificativo “monocorde”, aplicado al barrer por DGB, significa monótono, insistente sin variaciones –de acuerdo con la tercera acepción del diccionario de la RAE -.
La afirmación no se convierte entonces en un juicio de valor –tal como podría haber sido: toda la literatura que se escribe en el Uruguay es mala –sino en una síntesis: toda es igual.
En ese supuesto, ¿en qué se parece el costumbrismo de Rosencof al minimalismo de Fontana? ¿las novelas históricas a los relatos que tratan sobre lo cotidiano? ¿los “levreristas” –así nombrados por DGB –a quienes no lo son? ¿Lissardi a Trujillo? ¿Fornaro a Mondragón?
Deben existir innumerables ejemplos más, que no conozco porque tampoco he leído todo lo que se ha publicado en Uruguay en los últimos años.
Existe, ciertamente el riesgo, de que generalizaciones de esta naturaleza terminen convirtiéndose en estereotipos.
Una última acotación: no es tanta la narrativa que “revisa el último proceso dictatorial” como para permitir una opinión definitiva sobre el tema. Si la que existe "se ha deshecho en otros cometidos que dejaron lo literario por el camino", cada autor asumirá "su falta de generosidad con los lectores". O no.
En el Uruguay nada "revienta ni salta por los aires a ver qué baja". Nunca ha sucedido y me temo que nunca sucederá fuera de los discursos de la clase política. Me parece que habrá que buscar otras formas de evaluación. O sentarse en los andenes con la mirada perdida a la espera de que vuelvan a circular los trenes.

Telemías dijo...

Guillermo, Ramiro, Leo D L., Ignacio, gracias por lo expuesto. Habría que ver qué dice el entrevistado, que por cierto se ha mantenido ausente. Si alguien le avisa...
Saludos a todos
Archiduque y Rafael: voy a sus blogs.
Otros saludos

Ignacio dijo...

Me encanta que se arme relajo. Capaz que salimos con Rial y todo...