
RECIENTEMENTE EN SAN JOSÉ SE HA PRODUCIDO UN PEQUEÑO Y DISGUSTANTE DEBATE SOBRE LOS HOMOSEXUALES Y LA EDUCACIÓN EN LOS COLEGIOS PRIVADOS. EN ESE CONTEXTO ESCRIBÍ ESTAS PALABRAS. A LOS LECTORES AMIGOS LES PIDO QUE SEPAN DISCULPAR ALGUNA OBVIEDAD LITERARIA. RECUERDEN QUE ESTO ES PARA MIS COLUMNAS DEL PRIMERA HORA, ES DECIR, PARA GENTE QUE TIENE LA BONDAD DE LEERME CON UN POCO MÁS DE INOCENCIA QUE USTEDES... ¡SALÚ!
(y si creen en Dios, rueguen para que no me echen del colegio...)
Por Pedro Peña
“En esta sociedad había, por cierto, excluidos, gente que no podía soportar esos límites. Porque esa sociedad resultaba sumamente apretada y aglutinante. Consecuencia: el individuo queda completamente englobado en una comunidad de la cual no puede apartarse. Y había personas que no soportaban este encierro y que decidían marcharse.
(…)
“El miedo al otro también era miedo al marginal.”
Georges Duby
RESPETO. Quisiera no incurrir en la falta de respeto hacia nadie. Por este motivo lo que haré será tratar el tema como si fuera un objeto de estudio. Las palabras del historiador francés Georges Duby que cité arriba pertenecen a uno de los mejores libros que pueden leerse sobre la Edad Media: Año 1000 – año 2000. Las huellas de nuestros miedos, cuya lectura recomiendo fervorosamente.
Y por cierto que estas palabras, aplicadas al contexto del año 1000, aún hoy mantienen su vigencia. En nuestra sociedad del siglo XXI muchos miedos nos aplastan, pero ninguno como el miedo al otro.
El otro no soy yo. Ese es básicamente el problema. Yo soy totalmente predecible, tomo determinaciones que siguen la lógica de mi vida y me amo mucho. El otro, en cambio, es alguien con el que juego una suerte de competencia, una partida de ajedrez a ver cuál de los dos se mueve mejor en el borgeano tablero de la vida. El otro siempre es diferente, y eso no debería estar mal. Pero cuando el otro es muy, muy diferente, ahí la cosa cambia. Y ese es uno de los puntos sobre los que basaré este somero análisis de la homosexualidad en nuestra vida cotidiana.
Parto del supuesto de que vivimos en una sociedad machista. La mujer, por ende, está casi siempre bajo el dominio del hombre y toca bajo su batuta en la mayoría de las familias. Desde un punto de vista físico-sexual, el hombre es quien “penetra”, “entra”, “invade” el mundo de la mujer. El cuerpo de la mujer es “penetrado”, “entrado”, “invadido”. Esto, claro, desde que el mundo es mundo y desde que el cuerpo de la mujer, en general, es considerado como objeto de pertenencia. El hombre “posee” una mujer, es decir, se adueña de ella y legisla para regular esa posesión.
Pero, ¿qué pasa cuando es un hombre el que se deja poseer por otro? Esa es probablemente una de las heridas más grandes que pueda recibir la hombría de todos los tiempos, y el sujeto que se transforme en objeto, que sea “penetrado”, “entrado”, “invadido” como una mujer, es usualmente visto como un ente de perversión, una manifestación de desorden en un mundo que, al existir un dios, tiende al orden. (Aquí conviene el recuerdo de aquella teoría de las mónadas de Leibniz ridiculizada de forma magistral por Voltaire en su Cándido: “Este es el mejor de los mundos posibles”.) (También conviene el recuerdo de esa voz afeminada con que Paco Espínola representaba al diablo cuando narraba oralmente su cuento “Rodríguez”.) Ese hombre, ese homosexual, es malo. No representa valores apropiados y su alma no puede ser salvada. ¿Por qué? Bueno, porque ha dispuesto de su cuerpo de una manera inusual, de una manera que atenta contra el status quo machista y dominante. A esa persona, automáticamente (y no es que la sociedad “piense” estas cosas cuando las hace) se le restringen los accesos y se le practican toda suerte de bromas y zancadillas. Hasta hace dos o tres años eran muy pocas las murgas que no presentaban un homosexual entre las atracciones de su couplet o de su humorada, y así hacíamos todos catarsis por esa horrenda cosa que nos parece un homosexual.
¿Y cuál ha sido su pecado? Pues bien, su pecado ha sido poseerse a sí mismos. Poseerse y decidir sobre su propia vida y no dejar que decidan la costumbre o las religiones del lugar (todas, y en esto son unánimes y más ecuménicas que nunca, todas las religiones condenan la homosexualidad).
Pero para la hombría hay un golpe aún más duro, y es la constatación de que hay mujeres que, aunque nos duela, no “reciben” placer en la relación sexual con un hombre. Algunas de esas mujeres, incluso, deciden no abstenerse de una vida placentera desde lo físico y encaran relaciones con otras mujeres. Se las conoce con el nombre de lesbianas, y son aún peor consideradas que los homosexuales hombres, pues prescinden totalmente del género masculino, lo que desde un punto de vista simbólico es un pecado difícil de perdonar en una sociedad, como ya se dijo, machista.
CONTROL DE LA SEXUALIDAD. Uno de los puntos clave de la vida del ser humano es su sexualidad. Como esbocé arriba, todas las religiones del mundo lo han entendido muy bien y por ende siempre han regulado los comportamientos sexuales de acuerdo a ciertos patrones más o menos similares: matrimonio, parejas estables, heterosexuales, etc. Aún así cada tanto surgen religiones cuyos preceptos cambian y se aggiornan o simplemente rompen con lo que era usual. Pienso en aquellos primeros mormones del siglo XIX obligados a recluirse en la entonces perdida ciudad de Utah, expulsados por los protestantes americanos debido a sus escandalosos episodios de poligamia, o en los monjes budistas de principios del siglo XX que, tras sincerarse con sus superiores, propiciaron la abolición del celibato en su religión.
El celibato debería analizarse también en la misma línea de las conductas sexuales que cuestionan la hombría de la sociedad machista. El célibe, a grandes rasgos, decide no practicar una actividad para la que ha sido naturalmente dotado. Si el lector de estas páginas cree en Dios (pues quien las escribe sí cree), digamos que el célibe ha decidido por sí mismo no utilizar algo que Dios le dio. O al menos decir que no lo utiliza y comprometerse en público a no utilizarlo. Pues bien, todos respetamos esa condición y la tenemos tan naturalizada en nuestra sociedad que no nos conmueve en lo más mínimo que haya personas que decidan de alguna manera anular la pulsión sexual. ¿Por qué estas personas, cuyo comportamiento ante la sexualidad es si se quiere tan inusual, tan singular, se convierten de pronto en jueces y censores de los comportamientos inusuales y singulares de otros? ¿No sería acaso correcto que la misma tolerancia que ellos reciben pudieran otorgarla? Monseñor Cotugno, que es la máxima jerarquía de la Iglesia Católica (y yo fui educado en el catolicismo y en los valores cristianos, que siempre defenderé), ¿qué podría responder a este respecto?
PREGUNTA. A las lesbianas les viene su nombre de la isla de Lesbos donde vivió la gran poeta Safo, figura principal del mundo clásico griego. Safo se enamoraba de otras mujeres y cantaba a la belleza de Afrodita. También Eurípides, el dramaturgo más transgresor de Atenas, era homosexual. Alejandro Magno (educado por el mismísimo Aristóteles), por supuesto, y miles de otros y otras (Simone de Beauvoir, Oscar Wilde, etc.) entre los que no puedo dejar de mencionar a Federico García Lorca, asesinado de forma muy simbólica durante la guerra civil española por facciosos pertenecientes a Franco (Franco, el mismo Franco de quien algún político uruguayo alguna vez ha hablado maravillas…). Si no hubieran existido estas fuerzas, ¿qué tipo de arte tendríamos?